Marisa Sannia

marisa-sannia.jpg Marisa Sannia
“Rosa de papel”

Felmay / Karonte, 2008

Pocos son los artistas que se preocupan por superar el éxito del pasado, viviendo de la renta mitómana con más cara dura que talento. Por eso la trayectoria de Marisa Sannia resulta tan encomiable como ejemplar. Consciente de su validez como intérprete y compositora, consiguió con sumo esfuerzo trascender más allá de su famoso debut en el Festival de San Remo en 1968 (donde quedó injustamente relegada a un segundo puesto con la canción Casa Bianca, por detrás de la remilgada Canzone per te del siempre tan empalagoso Roberto Carlos –sí, sí, el del gato azul–). Desde entonces Marisa profundizó en la investigación musicológica del folklore de la Cerdeña, sorprendiendo a propios y extraños con oscuros discos cantados con su lengua materna y alejados por completo de la de balada ñoña de radiofórmula. A ello ha contribuido de modo considerable su acertada elección de arreglistas y directores musicales –como Luis Bacalov, Francesco di Gregori o Marco Piras, aquí también a cargo de teclados y contrabajo–, así como un repertorio basado en la literatura, tanto clásica como popular: ahí queda su homenaje a los antiguos bardos sardos del medievo –Sa oghe de su entu e de su mare (Tekno Record, 1993)–, su estrecha colaboración con el escritor Francesco Masala en Melagranada (Nar, 1997) o su compilación de canciones de cuna Nanas e Janas (Nar, 2003). Entusiasmada con la lírica lorquiana, quiso rendirle tributo al poeta granadino en esta póstuma Rosa de papel, contando con la inestimable ayuda de músicos de la talla de Fabrizio Fabiano (cello), Mauro di Domenico (guitarras), Alfredo Verdini (percusiones) y Fabio Ceccarelli (flautas y acordeón), además de las aportaciones creativas del citado Marco Piras. Con un castellano más que digno y de clara dicción y dotada de una voz grave y dúctil, Marisa Sannia confiere a los textos menos conocidos de Lorca una fuerte personalidad, elegante y muy independiente… acaso la voz fuera espejo del alma. Hace ya más de un año que Marisa nos abandonó huérfanos de su llanto, dejándonos este testamento que tiene sin embargo en las dos versiones ajenas a la poesía de LorcaLa canción de la mariposa, de Amancio Prada y, sobretodo, Pequeño vals vienés de Leonard Cohen, inspirado asimismo en el simbolismo del autor del Romancero Gitano– los picos más intensos de este reposado trabajo que no obstante olía ya a despedida. Por eso parece tan revelador y a la vez tan emotivo oír de su boca versos como éstos: “Duerme, duerme, duerme, y no temas a la mirada errante. (…) Duérmete sin cuidado, pero despierta cuando se muera el último beso de mis labios”. // Iván Sánchez Moreno