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Maria Salicrú-Maltas

Maria Salicrú-Maltas: Aquesta cançó, no!

Comanegra (2024)

Aquesta cançó, no! aborda con valentía el modo en que se ejerció la censura musical durante los 40 años que duró el franquismo, centrándose sobre todo en su particular ojeriza contra todo el movimiento de la Nova Cançó en Catalunya. Para hacerse una idea de las proporciones, entre 1960 y 1966 se vetó la radiodifusión de 4343 canciones, de las cuales no se llegó a amnistiar ni el 20% en 1976, cuando el dictador ya había muerto. yH5BAEAAAAALAAAAAABAAEAAAIBRAA7 - Maria Salicrú-Maltas

Eran tiempos de gran inventiva e inteligencia literaria, pues era conveniente esquivar la censura para hacer llegar la esperanza y la sed de rebeldía hasta el pueblo cultivado en las artes de la retórica y el doble sentido de las metáforas. Por entonces se creía en el poder subversivo de la palabra como transmisora de la fuerza civil necesaria para resistir, pero también capaz de remover las conciencias e incitar a la revuelta social. Por eso, una de las mejores armas de la Nova Cançó era traspasar los filtros de la censura sirviéndose de la ironía, la poética y la polisemia, pudiendo así expresar con las palabras justas las referencias veladas y abrir de ese modo todo un espectro de significados con que escurrirse del férreo control ideológico de la dictadura. Piénsese al respecto que el Ministerio de Información y Turismo (el MIT) podía secuestrar por orden judicial toda la edición de un libro, de una revista o de un disco, lo que suponía un gasto enorme para el sello editorial y para el artista, cuando no la posibilidad de su encarcelamiento y difamación pública.

Aquesta cançó, no! surge de la tesis doctoral de Maria Salicrú-Maltas, la cual ya había abastecido ampliamente los contenidos del celebrado documental La cançó censurada. Se trata de un libro que bascula entre la crónica periodística y el relato de investigación, huyendo del estilo ensayístico que habitualmente adoptan los textos de formato erudito. Su estructura narrativa va saltando continuamente del pasado al presente introduciendo de vez en cuando breves cuñas que recrean escenas de lo que pudo haber sido el día-a-día de aquellos marginados censores que pueblan el libro. Se trata en su mayoría de personajes a menudo entrañables, otros algo friquis y algunos misántropos arquetipales. Pero el libro, compuesto por capítulos muy cortos que hacen más ágil su lectura, también está trufado de anécdotas y chascarrillos que ponen de manifiesto las constantes contradicciones a las que se veían sometidas estas personas en su desagradecido rol de censores. El ejemplo paradigmático es el de aquella censora enamorada de Joan Manuel Serrat que se confrontaba diariamente entre lo que dictaba el deber laboral y lo que le decía la conciencia personal.

De Serrat también se cuenta la patética anécdota de que, cuando hizo ciertas declaraciones contra el gobierno en una gira por Sudamérica en 1975, en el Ministerio de Información y Turismo sufrieron una pataleta descomunal y, evidenciando una vez más la gratuituidad de sus propósitos, prohibieron de inmediato su regreso a España, lo que llevó a Serrat a solicitar asilo político en México. Como consecuencia, el Estado español amenazó con multar a todos los canales de radio que emitieran una sola canción de su repertorio, además de rancheras o de cualquier otro artista de origen mexicano.

Conviene decir que no todo el mundo desempeñaba estas labores por gusto. En algunos casos descritos en el libro se sugiere que cierto número de funcionarios -aunque no todos lo fueran oficialmente- parecían haber sido “rebajados” a hacer trabajos de censura por faltas de desafección al régimen o a la iglesia católica. No obstante, entre mediados de la década de 1950 (cuando se inaugura RTVE) y mediados de la siguiente, los censores eran generalmente curas y militares que no tenían conocimientos musicales o idiomáticos suficientes como para disponer de criterios sólidos en sus motivos. Es a partir de la denominada época del “desarrollismo” cuando se produce un significativo cambio en el poder, sustituyendo a aquellos por nuevos tecnócratas que, justamente por estar más preparados, fueron más despiadados con todas aquellas formas culturales que se embebían del aperturismo que presuntamente parecía promover -con cuentagotas, eso sí- el Ministerio de Información y Turismo de Fraga Iribarne.

La persona que se dedicaba a tales menesteres era generalmente un personaje gris y desencantado, encerrado en una sala pequeña y oscura durante horas con un empleo algo romantizado por el secretismo, pero sumamente aburrido. Al respecto, el más llamativo era el “radioescucha”, quien pasaba toda la jornada oyendo simultáneamente varias emisoras para detectar comentarios o canciones que no fueran del gusto del gobierno. Por supuesto también hubo entre sus filas personas más o menos tolerantes que, a pesar de su cargo público (o quizá gracias a ello) hacían todo tipo de triquiñuelas burocráticas para que no se sentenciara a determinado artista o se condenara su obra para que ésta no pudiera ser radiada o publicada en España. De hecho, se permitía la publicación de libros, revistas y discos en cualquiera de las lenguas del Estado español, pero bajo ningún concepto se consentían las referencias al denominado “separatismo” o a valores que fueran contrarios al régimen. Aunque se autorizaron canciones en japonés con la manga muy ancha -más que nada porque nadie en el MIT entendía un pijo de lo que decía la letra-, se impuso más mano dura sobre otras canciones en castellano, catalán, gallego, euskera, inglés, francés, italiano, portugués e incluso en ruso.

No obstante, no todos los censores que trabajaban en la delegación barcelonesa del MIT eran de tierras castellanas. Los que dominaban el catalán como lengua materna no precisaban de una copia traducida de las letras a censurar, por lo que a veces resultaba más difícil hacer la vista gorda ante ciertos versos descaradamente blasfemos o contestatarios. Si un censor era experto en una lengua –y para algo servían todavía los estudios de filología-, más complicado era esquivar la censura. Ejemplo de ello es el caso de una funcionaria que leía o escuchaba directamente las canciones en catalán y que tomaba in situ la decisión de si se podían registrar o cantar en público, sin haber solicitado el permiso al propio Ministerio de Madrid. Cruzarse con ella era, en palabras de algunos managers y representantes artísticos, mucho peor que la Santísima Inquisición española.

Y es que, en efecto, también fueron muchas las mujeres que, provenientes de la Sección Femenina del partido falangista, consiguieron un trabajo bien remunerado que se desmarcara de las típicas labores del hogar, de secretariado, de docencia o de auxiliares sanitarios a los que el régimen las iba marginando sin ningún disimulo. La mayor parte, sin embargo, fueron relegadas al Departamento de Censura Infantil, siendo a pesar de todo también implacables con el cancionero dirigido al público más joven. Entre los documentos seleccionados por Salicrú-Maltas se destaca incluso la surrealista prohibición de un anuncio de Chupa-Chups (pág. 296). A tenor de lo dicho, cabe advertir que muchos censores combinaban su trabajo en el MIT con los de la enseñanza, lo que para cualquier sistema de totalitarismo no deja de ser más que otro mecanismo para el lavado de cerebro. yH5BAEAAAAALAAAAAABAAEAAAIBRAA7 - Maria Salicrú-Maltas

Junto a éstos también hubo censores que actuaban doblemente como críticos de música, cine o teatro, lo que se deduce de muchas crónicas policiales que bien podrían haber pasado por reseñas periodísticas – evidentemente en revistas afines al ideario franquista-. Por descontado, la prensa nunca fue del todo inocente, sino más bien cómplice. La influencia mediática podía dictar sentencia sobre la peligrosidad de un artista, en absoluta comandita con el gobierno. Hoy en día también hace lo que puede para venderse a los intereses ajenos, pero ahora la dictadura es la del mercado, por lo que podemos afirmar que el sentido de la libertad de la masa pública sigue siendo igual de limitada que antes, aunque actualmente se piense que no lo es por motivos políticos.

Entre los censores, la autora del libro que nos ocupa rastreó a muchos que procedían de familias acomodadas y que no querían trabajar en algo que les ocupara demasiado tiempo ni mucho esfuerzo. Y por descontado también hubo sacerdotes que, dedicándose a los asuntos de la moral, medían con la mirada la amplitud de los escotes de las cupletistas en los espectáculos de noche. Con ello no se pretende denigrar a toda la institución eclesiástica, pues incluso los discos de contenido religioso como los de villancicos y misas cantadas tuvieron que pasar por el sedazo de la censura para obtener el nihil obstat. Es necesario subrayar que muchos conciertos se pudieron organizar clandestinamente con la colaboración de pequeñas parroquias de barrio regidas por curas progresistas que, como Lluis Maria Xirinacs, también fueron vigilados y procesador por sus proclamas antifranquistas. Sirva de ejemplo la reapertura de la Universitat Autònoma de Barcelona, la cual sólo se consintió “desde el margen”, es decir, bajo la protección del monasterio de Sant Cugat en el que se acogía al escaso alumnado matriculado que se atrevía cada día a asistir a sus clases en el claustro, siempre bajo la atenta vigilancia de agentes de policía. Éstos a menudo se infiltraban vestido de paisano como si fuesen compañeros de estudio con el fin de hacer una lista de posibles militantes de izquierda y erradicar futuros actos subversivos y contestatarios. Topos de la policía los había también dentro de editoriales y discográficas e incluso en los comités de organización de las fiestas de barrio, o se hacían pasar por fans de algún cantante que nunca se perdían ni uno solo de sus conciertos, aunque su principal motivo no fuese el de la admiración artística y personal sino una estrecha vigilancia.

Si bien de las aleatorias razones para gestionar la censura se encargaba el citado Ministerio de Información y Turismo, la aprobación o no de los actos públicos se encomendaba a las delegaciones de la Gobernación Civil, mientras que los agentes de la Brigada Político-Social, junto a los efectivos de la Guardia Civil, se personaban en todos los eventos musicales para constatar que el artista no se saltara el repertorio tolerado. En caso de descubrirse alguna actuación que no hubiera sido anunciada previamente a las autoridades, podía legitimarse la detención de todas las personas que asistieran a dicho recital. Pero de los azarosos argumentos para denigrar tal o cual canción casi nadie podía hacer previsiones claras, como muestra la acusación contra Raimon por haber escogido entre su repertorio un tema como Elogi dels diners porque, en el siglo XV, se cantaba públicamente para ridiculizar al Papa de Roma. En cambio, a la censura se le escapaban a veces canciones como la orgasmática Je t’aime… Moi non plus de Serge Gainsbourg & Jane Birkin, con la consabida polémica que eso generó a nivel nacional.

El libro de Salicrú-Maltas pone en evidencia las muchas incongruencias que argumentaban estos censores para justificar su más que discutible trabajo. Por un lado, estaban aquellos jóvenes censores que iban a los conciertos para corear entre el público los temas que sabían prohibidos porque, según declaran en estas páginas, compartían a escondidas los ideales que se estaban reivindicando. Pero, por otra parte, con el ejercicio de su profesión estaban alimentando a una bestia política que ponía en serio peligro la obra (¡cuando no la vida!) de muchos artistas y representantes. ¿Se puede perdonar a quien contribuyó con su obediencia a tales mecanismos del horror?

A pesar de ello, la autora muestra a cada uno de los censores con su idiosincrasia personal, tan humanos e imperfectos como cualquiera. Entre sus muchas incongruencias, los más jóvenes de la plantilla del MIT que acudían a los conciertos para desempeñar su innoble función acababan coreando las mismas canciones que presuntamente debían censurar, porque en el fondo compartían los ideales que estaban proscritos. O bien aprovechaban los discos que habían escuchado en el trabajo –Jethro Tull, Abba, los Stones, etc.- para regalarlos por Navidad. El capítulo titulado Peça 7 está íntegramente dedicado a los motivos oficiales que se esgrimieron para censurar tal o cual canción o artista, algunos tan gratuitos como ridículos. En Peça 6 se recoge el listado de todos los temas de la Nova Cançó sentenciados por el régimen, mientras que el último capítulo reúne todos los nombres de los censores que se han ido citando a lo largo del libro. Por su parte, La nota informativa se centra en la burocracia franquista para los procesos de censura, usándose para tal labor los eufemismos de “denegado” para prohibir una canción y “servicios de información” para evitar hablar de control y espionaje civil. Es a su vez muy significativo -por infantil y por previsible- que todo censor acudiese al curro armado con un lápiz de dos colores, siendo el rojo para tachar y el azul para aprobar. No obstante, el mejor capítulo es el que abre el libro, dedicándolo por entero a contextualizar el nacimiento de la Nova Cançó de forma sintética.

Por descontado, la censura musical no fue algo exclusivo del franquismo, pues también se impuso en Argentina, Brasil y Chile de manera incluso más descarnada y violenta -recuérdese el caso de Víctor Jara, por ejemplo-. Paradojas del destino: en España la mayor parte de censores se hicieron funcionarios de la Biblioteca Nacional tras la Transición Democrática; muchos de ellos, además, cambiaron de chaqueta política y militaron luego en el PSOE para mantenerse estables en sus poltronas… Y, por supuesto, quedan flecos colgando, pues, por un lado, muchos documentos se han perdido (¿expresamente?); por otra parte, algunos archivos están aún pendientes de catalogación; y, por último, ciertas carpetas no pueden abrirse todavía hasta que no haya pasado un tiempo determinad por imperativo legal.

Es Aquesta cançó, no!, en suma, una lectura imprescindible tanto por su contribución a la historia de la música como, sobre todo, a la historia nacional, para vergüenza de muchos que, por desgracia, han visto cómo se pasaba página sin que nadie les hubiera juzgado por sus crímenes contra el pensamiento y la dignidad humana.

Iván Sánchez-Moreno | +info | Relacionados | Foto: Maria Casas

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