Josep Maria Martí: Ad Álgea
Josep Maria Martí Duran: Ad Álgea (2020, Temporal)
Ad Álgea (2020, Temporal) es el primer recital de tiorba en solitario que registra Josep Maria Martí Duran, tras formarse con maestros de la talla de Xavier Díaz-Latorre y Eduardo Egüez (ambos vinculados en mayor o menor medida con Jordi Savall). Su estreno discográfico enteramente a su nombre fue justamente elogiado por la revista Codalario, a la que se suma este humilde medio para testificar cuánta razón tienen.
A lo largo de su trayectoria, Josep Maria Martí Duran ha acompañado a primeras figuras como el tenor Zachary Wilder –Eternità d’amore (2018, Harmonia Mundi)- y las violagambistas Johanna Rose –Histoires d’un ange (2019, Rubicon) y Sofía Diniz –La Lyre d’Apollon (2018, Conditura)- y participado en proyectos diversos de L’Arpegiatta de Christina Pluhar –Himmelmusik (2018, Erato)-, L’Estro d’Orfeo dirigido por Leonor de Lera –L’Arte di Diminuire (2020, Challenge Classics)-, Hespèrion XXI y Le Concert des Nations del citado Savall –Terpsichore (2018, Alia Vox)-, además de formaciones como La Terza Prattica, Los Músicos de Su Alteza, Les Arts Florissants, Il Giardino Armonico o Café Zimmermann, entre otras.
Tras acumular semejante currículum, Josep Maria Martí tenía que dar el salto a la piscina, y lo hizo con una apuesta de riesgo. Con Ad Álgea debutaba en solitario intavolando un puñado de motetes y arias de Georg Friedrich Händel (1685-1759), Henry Purcell (1659-1695) y Robert de Visée (1652-1730), esto es, adaptando la sonoridad de otros instrumentos distintos para los que inicialmente fueron concebidas las obras escogidas. Asimismo, secundaba el disco (editado en formato CD y vinilo) un libro preciosamente encuadernado e ilustrado por Marta Cerdà que contiene un bello texto de Ramón Andrés -texto, por cierto, que viene también traducido al inglés-.
Según nos explica este autor, los poetas del Barroco asociaban la tiorba y el laúd con los sentimientos de nostalgia y melancolía por aquello que su música infligía en los corazones de quienes sabían escuchar más allá de la música. Pero, a diferencia de la melancolía, que supone un camino de no retorno, el de la nostalgia implicaba el deseo de regresar a algún punto ya perdido o inalcanzable del pasado. Preferentemente, este objetivo se encarnada en los recuerdos de infancia por ser el período de mayor pureza e inocencia de nuestra vida, antes de sucumbir a lo más prosaico y mundanal. Si el Ulises de Homero es el adalid por excelencia de la nostalgia es porque su mal del alma -la infructuosa búsqueda de una Ítaca imposible- se curó al regresar a casa y ganarse de nuevo el respeto de su hijo y el amor de su esposa. No en vano, la etimología de la nostalgia deriva de las palabras griegas nostos y algos, que se refieren respectivamente al retorno y al dolor.
Quizá con el fin de evocar el sufrir del viejo Odiseo, la tiorba solía acompañar al músico itinerante en su vuelta a casa; téngase en cuenta que su nombre remite al vocablo eslavo con que se denomina al fardo ligero de equipaje. De ahí la costumbre de intavolar piezas ajenas y aliviarlas de lastre orquestal. No debe entenderse este ejercicio musical como una mera transcripción notacional porque la evocación adquiere aquí un peso importante, siendo ésta interpretable como un acto de recuperación reverencial de la memoria personal.
En el Barroco se juzgaba la buena (o mala) música según si podía transmitir un claro sentimiento sin necesidad de palabras. La música nunca se contemplaba fuera de unos márgenes melodramáticos concretos, lo que hoy en día se invierte tan sólo por los ojos a través de los videoclips, recatando así toda la inmersividad que suponía la experiencia estética de la música. Justo lo que hace Josep Maria Martí es despojar las arias escogidas del texto cantado y dejar sólo la parte instrumental, manteniendo casi fielmente la melodía original. La carga subjetiva del músico es, por ende, fundamental para dotar de sentido nuevo a lo ya sentido. Y en esto, nuestro tiorbista se aplica notablemente en los arreglos que reúne Ad Álgea.
Conviene aclarar que la música barroca siempre ha estado de moda desde el feliz acontecimiento de Glenn Gould reverdeciendo a Bach para ser recreado con un instrumento ajeno a la época del compositor, como es el piano. Desde entonces se ha ganado el respeto -o más bien se han superado los miedos- de muchos artistas del pop y el rock que han descubierto las virtudes de las que presume la música antigua. Sin duda mucho hay de esnobismo en esta elección, pero bien es cierto que su incursión en el género -tomada por algunos críticos como un intrusismo y, por otros, como quien esto suscribe, como una puerta abierta a explorar nuevas sendas- ha generado cambios profundos en el curso madurativo de dichos músicos. Piénsese por ejemplo en el trabajo de Sting junto al laudista Edin Karamazov revisando a John Dowland –Songs From The Labyrinth (2016, Deutsche Grammophon)- o los acercamientos a la obra de William Byrd por parte de Steve Hackett, el que fuera guitarrista de Genesis, y cuya influencia se notaría sobre todo en sus posteriores composiciones para orquesta y guitarra solista como Metamorpheus (2005, Inside Out) y A midsummer night’s dream (1997, EMI).
Volviendo al proyecto Ad Álgea, éste se inspira en realidad en un trabajo precedente de William Babell, cuya versión de Lascia ch’io pianga para clavicémbalo solo dejó alucinado a nuestro tiorbista. En su proceder, Josep Maria Martí opta por mantenerse contenido, esquivando toda tentativa extremadamente plañidera.
Para el disco que nos ocupa, el músico ha seleccionado diez piezas de Purcell, Händel y De Visée cuyo análisis merece entrar en detalle. When I Am Laid In Earth, por ejemplo, habla de la soledad de la reina de Cartago en Dido & Aeneas por un amor no bien correspondido. En la lectura que hace Ramón Andrés de esta aria, la melodía de Purcell transmite el sufriente convencimiento de la imposibilidad de trascender en la persona amada, de acceder a la disolución del propio yo dejando de ser uno o una, y convertirse en el resultado ignoto de la fusión con otro ser, y resolverse en algo o alguien distinto a lo que fuimos al final de este extraño proceso alquímico que es el amor.
El propio Purcell insistirá unos años más tarde con el mismo tema en Fairy Queen, una pequeña ópera que compuso para conmemorar el 15º aniversario del enlace real entre Guillermo I y María II de Inglaterra (1692). En If Love’s A Sweet Passion es una ninfa del bosque la que sufre de mal de amores. En el mundo pastoril y feérico que propone el libreto, el motivo de todos los lamentos no es otro que el de la paradoja del amor, pues, si tan dulce es a ojos de los enamorados, ¿por qué deja tan amargo poso?, ¿por qué hiere y deleita a la vez? Purcell no ofrece ninguna respuesta, pero Josep Maria Martí pone los acentos que convenga para transmitir ese dolor con digna solemnidad sin caer en lo grotesco. Y no es fácil perder la compostura, puesto que Purcell es tan capaz de escribir maravillas así, como también de firmar coplillas guarrillas como las canciones de taberna a tres voces que arregló para divertimento del rey Carlos II de Inglaterra.
Tras la danza imperiosa de la Chaconne de Robert de Visée, Les Sylvains nos sumerge en la propuesta musical con que aquél recrea el imaginario mitológico de los silvanos, los silenos y los faunos que componían el cortejo del dios Pan, mientras que de Händel se destaca Ombra Mai Fu, extraída de la ópera dedicada a Jerjes. Según las crónicas de la época, fue éste un hombre siempre irascible, tanto que un día, encabritado contra el mar -un mar más embravecido que él, si cabe- porque destruyó un puente que había mandado construir, lo condenó a ser castigado con trescientos latigazos y ponerle grilletes. Pero Händel supo apiadarse de su alma como hizo Albert Camus con su Calígula, y por eso le hace llorar al amparo de un platanero porque, como expresa doliente en esta aria, nunca pudo gozar de mayor protección ni refugio en vida que con la gratuidad de una simple sombra. Porque el poder, concluye el tirano, no abriga ni fortalece, tan sólo te expone aún más ante tus enemigos.
Los elogios del disco que estamos reseñando no son sólo para el solista, pues es justo reconocer la excelencia de su sonido, tan pulcro y cristalino, y del que es enteramente responsable el buen hacer técnico de Alfred Fernández.
Iván Sánchez-Moreno | +info | Relacionados | Fotos: Marta Cerdà





