Les cançons perdudes d’en Xesco Boix
Maria Mora & Carla Aledo: Les cançons perdudes d’en Xesco Boix
(2026, Pol·len Edicions)
Hubo un tiempo en que el folk y la canción de protesta podían llegar a transformar almas y conciencias y, de paso, el curso previsto de la historia. Bajo esta premisa no era nada ingenuo el lema que se leía en la guitarra de Woody Guthrie (“Esta máquina mata fascistas”), uno de los autores más versionados por Xesco Boix (1946-1984), que es el protagonista absoluto del libro que nos ocupa.
Les cançons perdudes d’en Xesco Boix (2026, Pol·len Edicions) pretende recuperar la memoria de este cantautor que fundó, entre otros el Grup de Folk (1966) y Ara Va De Bo (1971), pero cuya mayor labor fue la de adaptar al catalán el cancionero de otros popes de la canción contestataria como Bob Dylan, Joan Baez, Pete Seeger y el citado Woody Guthrie.
Escrito por Maria Mora e ilustrado por Carla Aledo, el libro arranca en una villa catalana cualquiera en un tiempo indeterminado, pero que el lector más aventajado puede situar en el período de la Transición Democrática. La historia se enmarca en los preparativos de la Fiesta Mayor, con los niños del pueblo excitadísimos por la inminente llegada de un bardo -el añorado Xesco Boix– cuyos temas se conocen al dedillo por ser el pasto diario en todas las escuelas catalanas del momento. Sin embargo, el artista acude al pueblo con su guitarra, su atril, su gorra y su barba características, pero apesadumbrado por un gran inconveniente –“un problema greu, gros i grupal”-: el cuaderno donde apuntaba sus canciones ha amanecido ese día vacío y va a tener que suspender su actuación. De inmediato, los niños deciden organizarse en varias facciones para reivindicar sus canciones por las calles de la villa y los campos circundantes.
No es difícil leer entre líneas la soterrada crítica a la censura que sufrió Xesco Boix en vida, ni tampoco se hacen esfuerzos por disimular la metáfora de las izquierdas unidas por una misma misión, dado que la pista más evidente que nos ofrece el texto es que todos los niños y las niñas visten de rojo para recibir a su cantante favorito. Al respecto, se suele reinterpretar El gripau blau i babau como una analogía de Francisco Franco, mientras que Vull ser lliure fue una de las diversas canciones sentenciadas por el régimen; la versión original de esta última, por cierto, de título Oh Freedom, estaba inspirada en los cantos de los esclavos negros de las plantaciones de algodón en EEUU, así que encajaba perfectamente en el temario musical y el ideario político de Xesco Boix.
El grueso de la narración versa sobre la fructífera búsqueda de las canciones perdidas por parte de los niños que, a su vez, representan la conciencia popular frente al descreimiento de los adultos: unos claman por el progreso, otros por el desarrollismo rural; aquellos piden más atención a la tercera edad, estos otros expresan su querencia por recuperar sus raíces culturales; estos reclaman un transporte público barato y asumible (La bicicleta), otro grupo exige veladamente recordar a los caídos y exiliados por la Guerra Civil (La vall del riu vermell), el derecho a la propia lengua y la autogestión (Aquesta terra és la nostra terra), al amor libre (Estima, estima), al respeto por el sector obrero de los polígonos (La Pepa Maca) y hasta la protección de ecosistema forestal. Y, por supuesto, todos y todas anhelan el retorno de la libertad constitucional (Vull ser lliure).
El libro está preciosamente encuadernado entre tapas duras y repleto de dibujos que recuerdan el estilo de Anna Llenas –El monstruo de colores (2017, Flamboyant), El vacío (2022, Lumen)- y las composiciones cubistas de Joaquín Torres-García (1874-1949). A su vez, Les cançons perdudes se incluye dentro del proyecto Bon Vent articulado por el grupo de folk Ebri Knight con la intención de recuperar el legado artístico de Xesco Boix y el de otras personalidades que, con su obra musical y poética, fueron referentes por su propuesta de divulgar tanto su credo político como también ético por todos los pueblos del mundo. Planteado como un libro-juego -como demuestra el mapa desplegable insertado en las primeras páginas-, combina los principios de la sostenibilidad y la transparencia editorial por los materiales y las tintes con las que está confeccionado, así como adjunta las letras del “cancionero perdido”.
El cuento acaba bien (“vet aquí un gat, vet aquí un gos, aquest conte ja s’ha fos”), pues al final las nuevas generaciones, vestidas de solemne color rojo y con la conciencia social y comunitaria bien reforzada, bailan y cantan con alegría por haber revitalizado los colores que les fueron sustraídos en el pasado, cuando imperaba la tonalidad gris de cara al sol. Y es que la fantasía y la ilusión no son sólo patrimonio de la imaginación infantil: las utopías son, también, una necesidad de primer orden para el mundo adulto. Quizá más importantes aún que la vida misma, porque sin ellas la vida siempre resultará demasiado gris y dictatorial.
Iván Sánchez-Moreno | +info | Relacionados



