Carlos Coronado
Posidònia Fest – Mataró (4 de septiembre, 2026).
…Y Carlos, coronado, fue rey. Ésta es la impresión generada tras el breve concierto que Carlos Coronado ofreció en La Mundia, uno de los espacios escénicos incluidos entre los fastos del Posidònia Fest.
A solas con su guitarra, sin el apoyo del cuarteto de cuerda que le acompaña en su último disco –Melodías del retiro (Segell Microscopi, 2026)-, el joven Carlos Coronado reunió en la primera mitad un puñado de temas flamencos arreglados con armonías cercanas al jazz y la música clásica y, en una segunda parte, los de mayor complejidad técnica, más adecuados para un ambiente de introspección y de silencio.
Éste es el principal sentimiento que sugieren sus Nocturnos III y VI que, como los de Frédéric Chopin, convidan al recogimiento. A pesar de los géneros más cultivados en su repertorio (rondeñas, soleás, alegrías, granaínas, bulerías, seguiriyas, tarantas y mineras), el guitarrista planteó su austero recital como una velada íntima compartida con un puñado de amigos. El lugar se ofrecía a ello, no sólo por aprovechar al máximo una acústica muy buena, sino también por la corta distancia que le separaba del público. Ensayando a puerta abierta, Carlos Coronado daba la bienvenida con una sonrisa a cada uno de los asistentes a medida que iban sentándose, mientras él iba caldeando el instrumento antes de dar comienzo al recital. La cercanía de Carlos es tan real como su humildad, sencillez y amabilidad, quizá más acorde con la timidez, pero sin duda muy agradecida en tiempos de tan falsos dioses.
Concentrado en el toque, ensimismado durante todo el concierto, como si escuchara atentamente la música callada de la que hablan los versos de San Juan de la Cruz, Carlos Coronado parecía estar conectado con esa voz interior que nos habla -si sabemos sentirla- desde más allá de la conciencia y que se escapa de los asideros cotidianos de la vida materialista.
No es para menos viniendo de un artista cuya música adquiere casi un significado místico, como se deduce de cortes como Ànima, Alma o las referencias a la fuente sanjuanesca de la que brota la esperanza (Font Martina) y para quien la luz cobra una importancia capital en su obra, destacando en ella los símbolos del sol y de la luna, tanto en muchos títulos de sus composiciones como también en los vídeos grabados en espacios naturales a la hora del ocaso en su canal de YouTube.
Asimismo, su propuesta sonora ganó en frescura y proximidad al abrirse a la belleza del azar, integrando los ruidos de fondo y los accidentes e imperfecciones propias de un directo desnudo y a pelo, sin coberturas técnicas ni amplificaciones -que, según confesión del artista, se debían a que la humedad del ambiente afectaba al temple de la guitarra-. La filosofía oriental del wabi-sabi no sólo estuvo presente en espíritu, sino también la bendición en la sombra de Toti Soler, a quien Coronado encumbra como a un maestro en la distancia.
Como único escenario, Carlos Coronado contaba con una silla plegable, el estuche de su guitarra abierto de par en par -como un reflejo de su plena confianza y transparente agradecimiento en quienes vinieron a escucharle- y una aguamarina azul de tonos Klein pintado por Pere Fradera (Mar blava amb peixos). Como apunte se podría animar al músico a servirse de algún fondo visual sobre el que proyectara los paisajes que suelen inspirar a Ignasi Roqué, responsable de la dirección gráfica de sus discos y vídeos musicales.
Ataviado con una camisa flamenca con dibujos de granadas, Carlos Coronado iba marcando los acentos con golpes de nudillo en la madera de la guitarra en las piezas más animadas. El guiño granadino no es nada casual. Para los fenicios, la granada era símbolo de vida, muerte y resurrección; para los antiguos griegos, el fruto consagrado a las diosas de la fertilidad; y en muchos tratados medievales de la alquimia, remite al ajuste de lo múltiple y lo diverso en la unidad. Karl Kerenyi interpretó el arquetipo de la granada como el fruto del yo que se va recogiendo grano a grano a lo largo de la vida para recomponer desde el inconsciente la verdadera esencia de la persona. También cuenta el mito de Perséfone que, al negarse ésta a que volviera a brotar la granada en la corteza terrestre desde que fuera secuestrada en el infierno, Hades no tuvo más remedio que transigir para que regresara a la superficie con cada nueva primavera. Desde entonces, en algunos ritos iniciáticos que premian el ayuno tan sólo se concede la gracia de romperlo con la ingesta de unos pocos granos de granada, manjar absoluto de los dioses. Así fue la degustación lenta de las miniaturas sonoras que brindó Carlos Coronado: cada acorde, un regalo para los oídos; cada sentimiento encontrado a través de su música, una imagen clara entre los velos de la conciencia.
Las referencias al Nocturno III, la Oda a la primavera y Ànima abrieron la velada, planteando un inicio intimista que pronto encendió el brasero de la calidez hogareña. Luego fue el turno de un medley entre Luna y Tema de amor, una música que sugiere la danza de una llamita en el pábilo de una vela como única iluminación en una alcoba enlutada en penumbras. Los arreglos para El silenci de Sant Jordi subrayaron los aspectos de ensoñación que inspira en el artista el marco idílico que glosa aquí sin palabras: un rincón de meditación muy cerca del Mirador de la Divina Pastora, en Palafrugell (Girona).
Como primicias de un nuevo disco en curso, Carlos Coronado adelantó Badia de Roses –un tango flamenco que compusiera en sus años de formación en el Conservatorio del Liceu– y una particular revisión del Cant dels ocells de Pau Casals que es siempre un caballo ganador, aunque en este caso abrillantado con arreglos de aires andalusíes. Como bis, Carlos escogió un cover muy personal de Nothing else matters de Metallica que no desentonó en absoluto con el resto del repertorio y que sin duda podría competir con la reducción para chelo que popularizaron Apocalyptica.
Dice la leyenda que el rey David contaba en la corte con un salmista que consolaba su insomnio tañendo un arpa o un laúd. Y era tal la magia sanadora del bardo que despuntaba de nuevo el claro del día sin que el admirado monarca hubiera cerrado ni una sola vez los ojos salvo para no ver más a Dios frente a él. Esta imagen rondaba mi mente cuando, tras un silencio delator, el guitarrista daba por clausurado su recital con un merecidísimo trago de agua cristalina. Y fue así, con tan simple gesto, como Carlos Coronado se hizo rey.
Iván Sánchez-Moreno | +info | Relacionados | Pintura: Pere Fradera




