GASTRONOMIA MAFIOSA: LA COCINA DEL DELITO.

Las historias de Al Capone, Lucky Luciano o Don Vito Corleone no hubieran sido las mismas sin las reuniones para cucinare il delitto (“cocinar el delito”) en torno a los manteles, sin las suntuosas bodas y fiestas de cumpleaños y, evidentemente, sin esas cenas lujosas en las que a lo largo de ellas se eliminaba a algún comensal que no interesaba y después proseguían como si nada hubiera pasado.
No sabemos si los carabinieri tuvieron que preparar un menú como aquel con el que el diputado Onorevole Petrani fascinó al empedernido criminal Don Vito Cascio Ferro en 1909 para sacar de su escondite de más de cuarenta años (la última vez que se le había visto fue el verano de 1963) al capo de los capos, Bernardo Provenzano Binnu, jefe de Cosa Nostra y el mayor prófugo de la historia de Occidente. Pero lo que sí está claro es que junto a las mujeres, los coches, los trajes elegantes y los casinos, la gastronomía siempre ha sido una debilidad especial de un vero mafioso. Además del citado banquete que ambos comensales iniciaron con un obligado aperitivo casero a base de aceitunas asadas y judías a la menta, a lo largo de la historia mafiosa son muchos los encuentros destacados alrededor de la buena mesa.

En cuanto a ingredientes, en un convite de mafiosi nunca pueden faltar las anchoas sicilianas que se utilizan para elaborar salsas y para acompañar pastas, pescados y carnes, ni el queso calabrés Caciocavallo o el Groviera, ni tampoco la exquisita mozzarella de la Campania, además de la salsiccia a metro –también conocida como luganega–, los mariscos y las piernas de cordero.
De postre, ninguna comida de la “Honorable Sociedad” puede prescindir de una auténtica cassata a la siciliana: un delicioso pastel a base de ricotta –queso blando y grumoso de leche de vaca o de oveja–, frutas confitadas y chocolate amargo. // María José López Vilalta, ‘La Morocha’
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