Yo le cambiaría el final
VV.AA. “Yo le cambiaría el final”.
Dilema Editorial, 2013
Mucho vitriolo y arsénico desprenden estas páginas, aderezados con humor inteligente y apuntando talento. Yo le cambiaría el final (Dilema Editorial, 2013) es el resultado de los talleres literarios que organiza anualmente la Librería Deusto de Bilbao, perpetrados por el colectivo Somos Cuentos y Lunes de papel. Secuela de Historias de la rana ebria (Editorial Narradores, 2008) y Viajar con desconocidos (Dilema Editorial, 2011), los 85 relatos y microcuentos que compendia su abultado volumen surgieron de los agudos ejercicios de estilo que se enseñan en dichas clases. Escritos en castellano con alguna alusión al euskera, todos ellos son propicios al inesperado giro final; de ahí el título genérico.
Este hilo común engancha encomiablemente al lector, pero también contribuye a priori la acertada inclusión en las solapillas de algunas frases destacadas extraídas de los cuentos, escogidas con muy buen criterio. No obstante, y dejando de lado la mejorable revisión de errores tipográficos, se echa de menos una breve biografía de cada autor/a (edad, experiencia literaria anterior, algún premio de mención, etc.) o cualquier mínima información que ayude un poco a dar más relieve individual. Quizá hubiera bastado con una corta presentación de la trayectoria del colectivo al cual pertenecen. En el prólogo de Mikel Alvira que abre el libro ya se avanzan ciertos datos, si bien es verdad que alguno de los nombres que se reúnen aquí en orden alfabético ya ha cultivado un significativo número de fans a través del blog El susurro del gato. Muchos de ellos, de hecho, repiten respecto al precedente Viajar con desconocidos: Pedro Alonso, Mikel Gil, Agustín Salazar, LLum Saumell, Elisabet Yécora…

Los estilos son, por descontado, muy diversos, oscilando entre la inocencia y una grata tristeza comedida, por un lado, y un tono más despiadado, frío y duro, por el otro. Al respecto, son ejemplares las escenas dramáticas contadas con una candidez que consigue helarnos la sonrisa en el rostro, como logran Ana Villanueva o Pedro Alonso; o los sorprendentes giros anecdóticos de Rocío Proy y Maixol Aranguren. Otros, en cambio, se muestran más irónicos: Inmaculada Avedillo, en La Belleza, es magistral por su concisión y elegante mala uva, mientras que Estibaliz Etxebarria y la citada Proy introducen sendas obritas de teatro –cabe matizarlo, porque el relato del Papa negro escrito por la primera bien podría llevarse a escena como si de un sainete cómico de Mihura o De Laiglesia se tratase–. Isabel María Paniagua (Remiendos, Círculos de mujeres) y Agustín Salazar (Ausencia) se atreven con la poesía, a la par que Ana Molina nos ofrece varios cuentos románticos como los que dieron fama a Bécquer (Seis días, El fantasma que amaba la música). El género policíaco, por su parte, asoma entre los textos de Karmele Herranz-Pascual y el citado Salazar –con el perverso trío con las hermanas gemelas– e incluso, si se quiere, el diálogo post mortem que tiene lugar en un aeropuerto entre LLum Saumell y Carvalho/Montalbán.
Saumell es quien firma una preciosa revisitación al recuerdo de Anna Frank que lacera el corazón, junto a la emotiva prosa de Osvaldo del Valle, cercano al del gran Eduardo Galeano. Del Valle también nos presenta el desternillante cuento de un yayo anarca (El paso cambiado) y el sentido monólogo de un emigrante (No viajo). En ese mismo estilo poético, aunque en una onda más similar a la que esgrimen autores como Kirmen Uribe, Kike Babas o Manuel Rivas, situaríamos a Mikel Gil, quien nos deleita además con algunos acertados acercamientos al surrealismo como los que –salvando las obligadas distancias, claro– tan bien nos malacostumbró el genio de Cortázar. Y, sin salirnos del surrealismo, pero con un tono más trash, hay que destacar las peripecias de una Santa Teresa de Jesús zombie en pos de su brazo incorrupto, de José Miguel Sánchez, que hará las delicias de los más friquis. +info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno
