Orquesta Nacional Checa

checa.jpg Orquesta Sinfónica Nacional Checa
Festival Internacional de Música Pau Casals
Auditori Pau Casals, El Vendrell (Tarragona)
12-13 de agosto de 2009

Planteada casi como una sesión continua –repartida en dos días–, la actuación de la Orquesta Sinfónica Nacional Checa dirigida por Jan Chalupecky dentro del amplio cartel del 29º Festival Internacional Pau Casals suponía una de las citas a priori más interesantes. Fundado hace tres lustros y especializado por supuesto en repertorio checo, el conjunto orquestal contó en los días señalados con los solistas Jakub Tylman y Jan Fiser respectivamente. Planteado como un diálogo entre Viena y Praga, los autores escogidos cimentaron su carrera entre ambas ciudades, erigiendo un puente entre el clasicismo tardío y el romanticismo. Al respecto, el público bohemio siempre supo acoger mejor que el conservadurismo austríaco las obras más “experimentales” de los autores citados. Tanto es así que Mozart eligió Praga para estrenar su arriesgado Don Giovanni y la 8ª Sinfonía de Beethoven fue concebida en la capital checa, donde relajaba la “angustia de la hoja en blanco” durante la creación de la . Pero sobre eso hablaremos más adelante…
Primero revisaremos el “debut” de la orquesta en tierras catalanas. El día 12 abrieron con la Overtura de La novia vendida de Bedrich Smetana (1824-1884), en realidad un compendio de danzas y cantos folklóricos hilados con un mínimo argumento pastoril. Pero lo que en principio no pasaría de ser mera música alegre y con aires de fiesta mayor se convirtió ante la batuta de Chalupecky en una orgía de ritmo y vitalidad. Nada más salir al escenario arrancó a saco con endiablada velocidad y máximo recurso de los vientos, mientras que por cuestiones de acústica de la sala la sección de cuerda sufrió un sonido metálico y mal empastado.
No pasó igual con el Concierto para chelo de Antonin Dvorak (1841-1904), última de las obras que el autor compuso en su periplo estadounidense diez años antes de morir. Prendado del paisaje y las alternativas de futuro que inspiraba la nación “recién” estrenada, América sería una constante en el catálogo de Dvorak, como se pude apreciar en la 9ª Sinfonía –subtitulada poéticamente El Nuevo Mundo y que, quizá también por ello, suena ante su tumba en un arreglo para campanas a las 5 de la tarde– y el Cuarteto para cuerdas nº 12. Despojado de la solemnidad sentimental que se escurre al empezar, el Concierto para chelo de Chalupecky/Tylman enfatizaba en cambio la épica tropezando a veces con cierto efectismo apoyado en los cambios agrestes y un volumen diríase telúrico que adoptaba a ratos rizos de cariz wagneriano. A ello contribuyó mucho el estilo agresivo y de gesto enérgico –en la estela de Mstislav Rostropovich– del joven Jakub Tylman, carente de la ligereza de Anne GastinelJacqueline du Pré (EMI, 1989) en el rol protagonista de versiones que el tiempo ha devenido clásicas. Si acaso las cuerdas se cobraron el traspiés acústico en la pieza de Smetana –tocada con la agilidad y las ganas de una banda punk–, en el Concierto de Dvorak la presentación que hicieron los vientos del tema que da entrada al chelo trastabilló un tanto, aunque el flautista, de tacto fino, recobró el pulso que un exceso de fuerza le perjudicaba a la delicadeza que requiere este Dvorak. Sin caer en la sensiblería almibarada de un Karajan, por ejemplo, el buen hacer de Chalupecky rompía sin embargo con el tono plañidero del Adagio y que tan sólo el sonido de oboe y clarinete parecía sostener. Pese a todo, la estridencia sonora la iba como anillo al dedo al tercer movimiento, un Finale cuyo mayor peso rítmico reposaba en los graves –sobretodo en contrabajo y percusión– y en el que Tylman podía explayarse con solera con mayores filigranas sin virtuosismos de escaparate, con frases cortas y tajantes. Sin duda, la orquesta tenía más soltura en los guiños marcadamente folklóricos. Al final, el largo adiós que cierra el Concierto aunaba las últimas notas de chelo con un lazo orquestal que resolvió de forma natural la tensión que “el modo Tylman” impuso en escena.
Mejor suerte corrió Beethoven a continuación. Más apropiado al estilo de la Nacional de Praga, la Sinfonía nº 8 derrochaba tal vitalismo y buen humor que no se diría compuesta por su colérico autor. Concebida como “descanso” de un bloqueo creativo, Ludwig van Beethoven (1770-1827) la escribió en apenas doce semanas tras una escapada a Praga para –según dicen las porteras– un encuentro furtivo con su churri (la condesa von Brunswick) y, de paso, refrescarse el genio con un divertimento musical. No hay más que echar un vistazo a la forma de cada movimiento: Allegro vivace e con brio, Scherzando, Allegretto, etc. Injustamente ensombrecida por la –tan protuberante ella–, Beethoven parecía reírse en la sinfonía en cuestión de los bailes de salón y del ocio cortesano sin la frivolidad que caracterizó a Mozart, otro “praguense de adopción”: valses, minuetos y un constante encadenamiento de bromas que los instrumentos iban respondiéndose entre sí, hasta llegar a un brillante final que fue todo explosión de colorido y alegría. Y aunque la sección de vientos hubiera sido reducida considerablemente, la saltarina
(Auvidis, 1996) y el dramatismo de dirección de a la orquesta que le acompañaba. Considerada una pieza Chalupecky –en la onda de Lawrence Foster o Eiji Oue– devolvió a una obra menor la gracia que se merece, en una versión sin aristas (y sin matices, al menos no muy pronunciados) tan breve como intensa. Diríase feliz metáfora de un Beethoven enamorado. Para no decaer la noche, el concierto acabó con un bis fuera de programa, que no de previsión: la Danza Húngara nº 5 de Brahms con la misma muestra de fuerza del inicio, una de esas piezas idóneas para un final de fiesta por sus aires de chimpón porrompompero, quedando más claro aún que lo de Dvorak entremedias no fue más que un espeso paréntesis.
Todo esto por lo que se refiere al día 12. Para el 13, se partió del mismo autor con que se cerró el concierto anterior, abriendo con una Overtura académica que Johannes Brahms (1833-1897) compusiera en agradecimiento a su doctorado en la universidad. No sería gratuito por tanto oír colarse entre los temas el himno Gaudeamus Igitur en un emocionante pasaje de trompetas. El arranque, sin embargo, hacía pensar en que la orquesta se acomodaría en la piltra de la edulcorada frialdad, pero pronto estalló el colorido para desembocar en el festival instrumental del final. A Brahms, aunque hamburgués de nacimiento, por germánica cercanía en el programa se le subió al mismo barco vienés. Su conexión personal con Praga vendría no obstante de la mano de Dvorak, su discípulo y protegido durante el tiempo que le sirviera de padrino en su promoción europea. Dedicando buena parte de la velada a la Sinfonía nº 8 del citado Dvorak, la orquesta recuperaba la pasión que el día antes quedó diluida en el Concierto para chelo. Basándose en el cancionero patrio el autor homenajeaba con esta obra el legado musical bohemio, eslavo y moravo, trastocando la supuesta majestuosidad de un acto de ingreso en la Academia con aires de fiesta popular. De ahí el tono amable, el estilo gracioso, los ritmos de vals y la fanfarria a lo peplum que abre el movimiento final. Lo que empezaría como una tormenta eléctrica de rayos, truenos y lágrimas de San Lorenzo pasó a convertirse en castillo de fuegos en el aire, haciendo peligrar con mucho gusto los cimientos del auditorio. De gran complejidad armónica, repleta de cambios, requiebros, entradas y salidas, su construcción “narrativa” serviría de fuente de la que beberían tantos grupos de rock sinfónico como Yes, Moody Blues o Procol Harum. El resultado, ante la hábil batuta del director, fue una interpretación de vértigo seguida de una danza eslava destroyer. Con sumo placer, las escalas musicales parecían de Richter.
Antes, sin embargo, la orquesta volvió a perder fuelle con otra obra para solista, en este caso el Concierto para violín op. 61 de Beethoven en manos de Jan Fiser, actual concertino de la Filarmónica de Cámara de Praga. Aunque pupilo de Pinchas Zuckerman y a las antípodas del exhibicionismo fatuo, las de Fiser pasarían por unas formas rígidas que hacían bajarle el swingmaldita durante años por su dificultad interpretativa, Beethoven compuso el Concierto aún prendado de su amor por la condesa checa (aunque el rollo no prosperaría cuando le pidió en matrimonio, of course). El primer movimiento es una de esas cimas compositivas del sordo de Bonn, pero Fiser despachó la técnica por encima de la expresión, y aunque sus cadencias fueras generosas, la cosa mejoraría sobre todo en el Larghetto siguiente –gracias a una orquestación menos frondosa, todo sea dicho–, rindiéndose al final en el Rondó ante la dinámica del director y consiguiéndose así un contundente sonido tan robusto como un frontón de portland. En el bis que regaló luego, Fiser escogió unas variaciones sobre un tema de Bach, dejando clara su preferencia por un autor más racional y menos pasional, de emociones reprimidas –no hay más que leer a Kundera y Kafka para entender esa idiosincrasia que Praga destila–.
En definitiva, ni Praga ganó por goleada a Viena como se esperaba ni tampoco a la inversa, pero el empate plantea más dudas respecto a la mutua influencia de las dos escuelas musicales o, como poco, la notable solvencia de un ensemble capaz de amoldarse a repertorios foráneos. Con esta miniserie de conciertos, el Festival Pau Casals sale de su formato habitual de cámara y se adentra en el sinfonismo que tan buenos réditos aporta en vista del éxito de convocatoria. La felicidad quizá no sea un estado de ánimo, sino un hacer: el don de saber ganarse el aplauso de la gente. Y a veces incluso las manos duelen. // Iván Sánchez Moreno