Matthew Herbert

matthew.jpg Matthew Herbert
Festival del Mil·leni
Barcelona, Palau de la Música

12 de diciembre, 2009

A la espera de su trilogía One (un disco íntegramente realizado por Herbert, incluyendo la voz; otro procesando los sonidos grabados durante una sola noche en una discoteca; el tercero dedicado al ciclo vital de un cerdo) que verá la luz el 2010, Matthew Herbert vuelve a Barcelona con su big band para realizar un show casi calcadito al que ofreció el año pasado en este mismo marco arquitectónico (y ahora lamentablemente famoso por razones extra-musicales). Tras abandonar la bata del Dr. Rockitt, pinchar como Radio Boy, denunciar a las empresas de comida basura en Plat du jour (Accidental/Pias, 2005), e idear todo un discurso de política y ética estética sobre el sampler -el Pccom: "Contrato personal para la composición de música", obligándose a crear a partir de sonidos siempre nuevos y nunca sobre música ajena; esto es, (de)construirse continuamente, como en una obra abierta-. Matthew Herbert exhibía en esta ocasión el contenido de su último There´s me and there´s you (Accidental, 2008), un disco en el que insiste en su mensaje-protesta aunque sin el punch y la gracia que destilaban sus pretéritos Bodily Functions (Soundslike/K7 Records, 2001) y Goodbye Swingtime (Accidental/Pias, 2003).

Eso da igual, en directo es todo otra cosa. Herbert consiguió contagiar al público con sus artes con el collage sonoro como ingeniero improvisando, mientras una big band de más de quince músicos dirigida por el imprescindible Peter Wraight (arreglista de casi todos los trabajos orquestales de Herbert) daba cuerpo a las ideas de aquél. Pero no sería justo no citar la auténtica estrella de la noche: la cantante Eska Mtungwazi, dotada de una voz de tal fuerza e intensidad que era inevitable pensar en la gran Shirley Bassey. De amplio registro expresivo, Eska jugueteaba con las notas como un gato con un ovillo de lana, pasando del susurro más leve a las atropelladas onomatopeyas, capaz de acometer inflexiones de voz que van desde lo brusco a verdaderos estallidos de gorgoritos soul. Ni qué decir tiene que arrancó los aplausos más apabullantes al final de la velada.

Requiebros, cambios subrepticios y la voluntad de despertar la sorpresa constante fueron las premisas sobre las que se sustentó el concierto, mezclando influencias de lo más variado -aparte de la electrónica, se dan cita en el lenguaje de Herbert el jazz, el dixie e incluso la música de cabaret, y hasta algunos guiños a Igor Stravinsky, Charles Mingus, Kurt Weill o Henry Mancini-, revalorizando de nuevo el uso de los silencios y los ruidos pregrabados y haciendo de su swing disonante un cuadro cubista, lleno de planos superpuestos, volúmenes, cortes, clicks y cuts. La "marca Herbert" consiste en descontextualizar unidades de sonido y devolverlas intercaladas en el conjunto, previamente procesadas. La elaboración, a diferencia de otros dj´s, se hace in situ y sobre la marcha, con material cocido allí mismo. Por eso es disculpable -y hasta agradecido- que de vez en cuando "algún botón esté de más", errores del directo que remarcan aún más la frescura artesanal del músico. Herbert rompe así con el tópico de que trabajar con máquinas electrónicas y un medio virtual como es el bit digital deba ser algo desnaturalizado. Errare Humanum est, y por eso algunos experimentos no siempre funcionaron: sonidos a los que no consiguió hallar el tono adecuado, secuencias que no acompasaban del todo bien la base orquestal, zumbidos fuera de lugar, etc. Pero la intención era la de contagiar alegría con el ritmo, marear la big band (a veces hasta agresivamente a través de crescendos infinitos) con salidas sincopadas y falsas entradas, interactuar con el público para disfrutar el doble de la fiesta que se oficiaba en el escenario…

El inicio parecía apuntar hacia horizontes más serios, con esa fanfarria con que abría la potente sección de viento liderado por Wraight. Pero pronto el maestro le dio la vuelta a la severidad trastocando las ondas con efectos de dibujos animados (aquí una sílaba de la cantante, ahí una nota aguda de trompetas, allí una cadencia estirada de piano, todo ello robado al momento para reconvertirlo con sus teclados al instante). Los bailoteos histriónicos de Herbert ponían de manifiesto la diversión reinante. No en vano, su propuesta es de una frivolidad inteligentísima, pervirtiendo los valores de la sociedad actual con revestimientos cínicos de una música aparentemente sólo bailable. Sin embargo, Herbert es un artista honesto y comprometido que no vende el aire con pose mesiánica como tantos otros. Como muestras de su postura contestataria, el numerito de tirar condones contra las obsoletas y apolilladas "leyes" de la Iglesia vaticana; la escenificación del icono más dramáticamente conocido de los prisioneros de Guantánamo, con Eska y Herbert interpretando a ciegas con la cabeza metida en una capucha negra; o el patadón moral que es One Life Is, canción que crece sobre un incesante bleep que va sonando de fondo cada vez con más insistencia y velocidad. La explicación dada por el propio Herbert aclara que su fama de enfant terrible de las vanguardias electrónicas no le viene grande, sino que, por el contrario, se la tiene bien merecida con creces. Cada bleep supone una víctima en la guerra de Irak; si la pieza dura más de seis minutos y el pulso de ese pitido obsesivo se va haciendo más y más rápido, pueden imaginar cómo iba afectando a los nervios del oyente sensible. En la actualidad, ya probablemente cada bleep equivale a un centenar de muertos en cualquier otra guerra. Herbert concibió el tema durante el ingreso fatídico de su hijito en el hospital. Grabó cada bleep de la máquina que le mantenía con vida y que tan generosamente el Estado británico costeaba con dinero público… mientras que en otro lugar del planeta se invertía en el exterminio de tantos otros niños como aquél. Cuando la constancia de bleeps se fue acelerando mientras se elevaba la flauta, la piel se me escamaba como a un pez. Herbert impedía ser indiferente a ese "ruido de fondo", obstaculizando sensiblemente la percepción y apreciación de todo lo que un sonido puede ocultar en sí mismo.

Tampoco faltó el "gag del periódico", consistente en procesar la mutilación de un ejemplar de diario de derechas. Pero la prensa escogida no fue El Mundo o ABC, sino La Vanguardia y As (alguien debería asesorar mejor a Herbert  y compañía). A partir del frotamiento contra el micro de la portada de un periódico, Herbert produjo el sonido de una ametralladora que si bien en disco originariamente pudiera ser una crítica al intervencionismo anglosajón en Irak, sería ahora extrapolable allende montes y montañas hasta Afganistán, donde un "representante de la paz" (alguien debería asesorar mejor a los académicos del Nobel) y otros sicarios suyos mandan a sus tropas con fines "humanitarios". Los demás miembros de la banda se dedicaban a rasgar las hojas y a tirarse bolas de papel entre sí, planteando así un contraste grotesco entre versos que hablaban de democracia y esa lluvia de confetis que asemejaba las esquirlas de la metralla al rojo vivo en mitad de la noche.

Herbert sacó punta a otros experimentos como la destilación del soplido de sordinas y boquillas para reelaborarlos como un sibilante oleaje trufado de sirenas de barco y graznidos de ave, el chasquido de dientes tecnofacturado para la pista de baile, la nota a coro que Herbert capturara del público dirigiendo un micrófono a la platea, etc., y sonaron entre otras Waiting, The Audience y una soberbia, inquieta y dinámica versión de The Battle con más fugas paralelas que en la Modelo en tiempos del Vaquilla. Y como colofón, dos bises más después de hora y media de swing y "electrónica orgánica", despidiéndose de cada uno de los integrantes de la big band hasta dejar el piano pelado y la sonrisa de oreja a oreja. Calidez, mensaje, estilo propio y un respeto evidente por su público, al cual impele a pensar… ¡ah, qué extraño lujo en esta época de estulticias virulentas! www.festivalmillenni.com. Relacionados. www.matthewherbert.com // Iván Sánchez Moreno