Conciertos

Marina Martín & JOSB

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Marina Martín & JOSB

28 de setiembre, 2025

Teatre Monumental (Mataró)

Uno de los mejores conciertos de la 22ª Temporada de Música organizada por el Foment Mataroní tuvo lugar en el Teatro Monumental, agraciando aquí con una acústica espléndida el buen sonido de la Jove Orquestra Simfònica de Barcelona (JOSB) dirigida por Carlos Checa.

Nacida hace una década por iniciativa de la Associació Barcelona Ciutat de Música, la JOSB se ha convertido en un referente para las becas de estudios internacionales en lo que respecta a la promoción de los valores sociales y culturales vinculados a la difusión de la música clásica. En su formación se ha llegado a contar con más de 70 músicos en el foso, con giras anuales por toda España y media Europa, destacando en su currículum su estreno en el Festival de Bratislava, el Cadogan Hall de Londres y el Palau de la Música, entre otros prestigiosos auditorios del mundo.

De los 45 programas concertísticos que han ido ensayando, para la ocasión escogieron uno de corte romántico, del todo acorde con el estilo de Carlos Checa en la dirección musical y artística de la JOSB y, por otra parte, con la edad y el espíritu de sus integrantes. Es evidente que una de sus principales características es la juventud de los músicos, como pone en evidencia que se traigan la partitura digitalizada en una tablet –¿se ha diseñado ya un atril para el siglo XXI?–. Eso también es un rasgo que inevitablemente se manifestó en la pasión de su acometida instrumental. Hágase notar que el uso de la cursiva en la frase anterior remite a la responsabilidad de su director titular, pues el riesgo de canalizar ese vigor post-adolescente a las furias del sinfonismo romántico podría haber provocado un desastre armónico. yH5BAEAAAAALAAAAAABAAEAAAIBRAA7 - Marina Martín & JOSB

Por suerte no fue el caso que nos ocupa, a pesar de la manera a veces algo afectada de Checa en los tutti. Algunos pasajes precisaban de una mayor contención para permitir derivar la catarsis del público hacia los momentos de inflexión. La resolución de las tensiones emocionales que buscaban los compositores del Romanticismo siempre resulta más efectiva cuando llega sin avisar, como Richard Wagner sabía hacer tan bien. Por el contrario, Checa se dejaba llevar por el exceso de pasión de sus músicos, lo que para el caso del repertorio elegido puede traducirse con una gran entrega. Pero en la música clásica nunca hay que confundir la cantidad de energía con la calidad de la música. Perder de vista esta regla implícita hizo que a menudo un director solvente como Herbert von Karajan traspara la delgada línea que separa la medida justa y precisa de una dirección bien equilibrada y cruzara hacia el lado de lo empalagoso y edulcorado sin remisión.

El recuerdo a Karajan era sucintamente inspirado por los ademanes de Checa, pero quizá también por el programa seleccionado. El concierto se abrió con una licencia para el público asistente –mayoritariamente parroquianos de edad provecta y muy gustoso de las veleidades nostrades–, así que no podía faltar una pieza del maestro Eduard Toldrà (1895-1962) como Camperola, entretejida por una amable melodía que va desarrollándose a través de diversas variaciones, entre ellas algunas cercanas a la sardana y con sendos crescendos épicos de los que ha dado buena cuenta otro autor catalán como Albert Guinovart para su propia obra. yH5BAEAAAAALAAAAAABAAEAAAIBRAA7 - Marina Martín & JOSB

Una vez ganado un seguro primer aplauso, tras esta breve introducción llegó el turno de Marina Martín como violín solista para defender el siempre feroz Concierto en mi menor, op. 64, de Felix Mendelssohn-Bartholdy (1809-1847). Se trata de una obra condenadamente retorcida y difícil desde el primer compás que, además, empieza a saco y sin miramientos. Mendelssohn fue un joven músico talentoso que obtuvo su éxito muy pronto y que, justamente por eso, apenas imprimió cambios en su estilo sinfónico y concertístico. Consecuentemente, su inclusión en este programa casaba a la perfección con la impulsividad que derrochaba la JOSB, con un primer viola entregadísimo y de una intensidad contagiosa. En paralelo, la concertino se desgañitó hasta deshilachar las cerdas de su arco. La dulzura del 2º movimiento contrastaba con los dos Allegros que lo enmarcaban, siendo el último mucho más pizpireto y juguetón y en el que los vientos se compenetraron muy bien con las cuerdas en sus entradas puntuales. Por su parte, Marina Martín estuvo brillantísima en las cadenzas del primer movimiento.

Coronó la tarde la Sinfonía nº 6, op. 74 de Piotr Illych Tchaikovsky (1840-1893), un autor que nunca debe faltar cuando se trata de lucir a jóvenes músicos como los que componen la JOSB. Haciendo honor al título con el que popularmente es conocida, la Sinfonía “Patética” ofrece un inicio tremendo para la audiencia que, en otras manos menos avezadas, hubiera sonado como un elefante en una cacharrería. Sin embargo, es en su primer movimiento donde el trabajo armónico cobra un mayor protagonismo y donde, de paso, se hace más patente la maestría de la dirección al acentuar y resaltar unos aspectos de la partitura en detrimento de otros. Aquí, Checa puso el foco sobre todo en las notables intervenciones de flautas y clarinetes y en el refuerzo de chelos y contrabajos. El resultado era espléndido porque empastaba con solvencia toda aquella maquinaria orquestal que, de no haber sabido poner freno, podría perderse en una espesa bruma cacofónica, pues es éste el gran problema de la música sinfónica del Romanticismo cuando se confunde la pasión con el genio. yH5BAEAAAAALAAAAAABAAEAAAIBRAA7 - Marina Martín & JOSB

Tras un primer movimiento salvaje pero bien domesticado se nos coló ese Allegro con grazia de modos valseados y tan amablemente cortesano que, consecuentemente, ligaba a la perfección con la precedente pieza de Toldrà. El tercer movimiento, también de aires alegres y desenfadados, se erigía como un reflejo inverso del carácter sobrio y casi fúnebre del primer Adagio de la Patética –téngase en cuenta que la muerte le sobrevino a Tchaikovsky apenas una semana después de su estreno–. Si se atiende a aquél como un ejercicio dialogado de contrastes, este Allegro Molto Vivace adquiere entonces un valor especial por prestarse al juego por su rica cantidad de giros. Así, irá avivando una mayor solemnidad conforme avance el movimiento, hasta adoptar la forma de una marcha triunfal que parece burlarse de quien la desfile. Que este tercer movimiento de la Patética fuera recurrente en los conciertos de un grupo de rock sinfónico como The Nice –capitaneado por el añorado Keith Emerson (1944-2016)– no es tan extraño al hacerse tan notoria la inclusión de las percusiones en sus minutos finales, lo que confiere a este pasaje de la Patética uno de los más apreciados por su ductilidad a la hora de adaptarla a géneros “tan paganos” como el heavy metal y otros dislates más pedestres.

Como colofón, el Adagio Lamentoso del 4º movimiento, entendido como un regreso al tremendismo con el que se abrió la sinfonía que no estuvo tan bien engastado como los precedentes, con algún gallo de fagot y oboe y con los timbres bajos y rasposos de trompas y tuba. En cambio, las cuerdas sonaron de fábula en un crescendo à la Bernard Herrmann (1911-1975). Checa cerrará muy apropiadamente la obra con pasajes largos de chelo y contrabajo hasta ahogar el sonido en el silencio. Y así, tras 90 minutos imparables, dio por acabado un concierto que se merecía mayor ovación y aplauso. Quedará sin duda un perecedero recuerdo en esta agradecida sala.

Iván Sánchez-Moreno | +info

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