Israel Galván & Los Mellis
Sandaru. SFB El Dorado. 19 del 6 del 2025
No podíamos pedir mejor final de trimestre en El Dorado, nos visitaba nada menos que Israel Galván y para rizar el rizo, con un espectáculo titulado, precisamente, El Dorado. Según Galván era la segunda vez que lo llevaba a escena, el día anterior había estado en el Museo Picasso con otro formato. Ahora en el Centre Sandaru venía acompañado de Los Mellis, Antonio y Manuel Montes Saavedra dos hermanos de Huelva, que empezaron, hace unos años, de la mano de su paisano Arcángel y desde entonces son muchos los artistas que les llaman para acompañar sus espectáculos, Los Mellis son capaces de improvisar dentro del baile más libre de Galván o de acompañar por rumba el momento más festivo de cualquier espectáculo.
Decía Pedro Barragán, en la presentación, que Galván nació en una familia de bailaores, por lo que se vio abocado a bailar desde pequeño, pero una vez que paso a ser profesional, era el momento de usar el baile para expresarse, sin ataduras. Israel Galván hace años que ha demostrado que su baile no se parece a ninguno, con lo que esto implica. Desde hace años, sus espectáculos, van en busca de sensaciones que se reinventa en cada momento. Barragán citó muchos de sus montajes que ya han quedado para la historia del baile, pero por mi parte, prefiero centrarme en lo ocurrido en la sala Sandaru.
La sala, modificada para la ocasión, ofrecía, en plan ring, un espacio en medio para los artistas y el público a su alrededor. En un rincón, una especie de yeso medio molido que serviría más tarde para que Galván jugase con los sonidos que produce al chafarlo y arrastrarlo por la escena, no dudó el bailador en usar todo el espacio disponible, subiendo por las escaleras, magnífico ese compás en los escalones. Usando la rampa de subir al antiguo escenario y las cortinas del mismo para sus ideas. Mezclándose entre el público, o en la escena siempre desarrollando sus movimientos sin trabas de ningún tipo.
Uno de esos espectáculos en que a la salida, hay una parte de público que cree que ha sido todo improvisado y otros que piensan en la capacidad del artista para memorizar todos esos pasos.
Cosas que me sorprendieron y agradaron: primero la capacidad de usar escenas y posturas que no se repiten, es como si su fondo de imágenes fuese infinito, segundo la habilidad con que transforma movimientos cotidianos (que hacemos tú o yo en cualquier conversación o situación de la vida corriente) en movimientos de baile, y por último esa capacidad para pasar de una secuencia que crees que podría durar un par de minutos más a otra totalmente diferente, como si no quisiese aburrirse con su baile.
Empezó con unos sonidos guturales, como “hablándoles” a Los Mellis, mientras su cuerpo se movía por escena, con gestos casi robóticos. Hubo muchos momentos en que pensé que si hubiese llevado una nariz de payaso hubiese arrancado la risa de más de un espectador. Lo digo como una alabanza.
Las percusiones de Los Mellis entran a saco y tenemos tres percusionistas en escena. Del traje de Galván ni diré nada, mejor lo observáis en las fotos. Es difícil de describir.
“Agua, agua, agua”, decía Galván mientras seguía descargando su baile tremendo, atronador, sin que el público se atreviese a interrumpir con aplausos, no es fácil sabe si el espectáculo va a ser un solo de 50 minutos o estos artistas son humanos y necesitan descansar. A los dieciséis minutos y al grito de sarandonga de Los Mellis parecía que auguraba un descanso, pero falsa alarma, los racimos de metralla seguían disparando sin parar, la chaqueta pasaba a servir para otras funciones, los ritmos cambiaban de parecer, Galván seguía creando imágenes, Los Mellis improvisando jaleos y apoyos de todo tipo. Era como una conversación entre ellos que nos absorbía, tan pronto se transformaba en un paso de Semana Santa, como en una escena torera, muy suavecito se van callando y a los 21 minutos llega el primer aplauso. Si tiempo para reponernos, Los Mellis se instalan a ambos lados de una mesa / cajón donde poder percutir, y Galván se sienta en una silla a su lado, pero no aguanta mucho tiempo, enseguida descubre la pasarela para subir al espacio que suele servir de escenario y por allí que se va, después paseará por detrás y entre el público que ocupa ese espacio.
Vuelve a ese juego de gritos, susurros, él mismo se jalea, se arrulla, es como si estuviese probando imágenes nuevas delante de un espejo, ahora su chaqueta es la capa de un torero, está solo en escena, no necesita a nadie. Pero cuando menos lo esperas, arrancan Los Mellis por rumba, y el espectáculo da un giro de 180 º “yo voy a hacer una casa en el aire, para que no te moleste nadie” cantan los hermanos onubenses, pero la rumba igual que ha venido de improviso se va de golpe y ahora Los Mellis empiezan por fandangos y Galván se lanza a imitar el movimiento de un caballo. ¡Este hombre es increíble!
Los Mellis se van ahora al bolero “Toda una vida”, por supuesto que Galván no tiene ningún problema en que su baile pase a ser una manera de acompañar tan válida como el cante de las grandes folclóricas.
Los Mellis se pasan al metal, martillos, yunques y demás artilugios, Galván con pluma en mano se erige en director. Es un momento de total compenetración, las percusiones deben estar atentas al director que cortará o incitará según disponga, pero también hay momentos de pregunta respuesta y aquí los envíos son alternos, Galván vuelve a los gritos ancestrales y su baile es frenético. La seguiriya se adueña del cante, Galván con golpes secos y contundentes marca el compás con energía, el cante es escueto, enseguida vuelve el metal a apoderarse de la secuencia. Ahora es el bailaor quien de repente insinúa un cambio a bamberas y “La leyenda del tiempo” es la letra escogida. Los Mellis han decidido que Lorca tenga la misma fuerza que Camarón y la letra puede interrumpirse por jaleos y en el caso de Galván por gestos y plantes siempre únicos e irrepetibles. Vamos, una fiesta por todo lo alto. ¡Qué maravilla! + info | Fotos: Joan Cortès

