B!ritmos en Beefeater In-Edit 2012

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Beefeater In-Edit
Del 25 de octubre al 4 de noviembre de 2012

El Beefeater In-Edit lleva consolidándose una década, ganando en prestigio internacional y clonándose en otras ediciones paralelas (Barcelona, Argentina, Chile, Brasil, Alemania y México). Abierto a todo tipo de lenguajes y públicos –en su parrilla pueden hallarse platos para todos los gustos: desde hip-hop a techno, desde música clásica a jazz, desde punk a pop-rock…–, el festival ha dedicado este año un breve ciclo a Julien Temple, director vinculado tanto a David Bowie como a los Sex Pistols o los Clash, pasando por los Stones ¡y hasta Verdi! (por su intervención en la obra coral Aria, de 1987), así como revisa otros títulos legendarios del cine documental musical como The Last Waltz (Martin Scorsese, 1978), Stop Making Sense (Jonathan Demme, 1984), This Is Spinal Tap (Rob Reiner, 1984) o Don’t Look Back (D.A.Pennebaker, 1967). Con más de 50 propuestas –entre films, conferencias, master-class, exposiciones y maratones–, el Festival In-Edit llega de nuevo cargadito de referencias del interés de nuestra revista. He aquí un repaso a algunas de ellas.

Je Suis Venu Vous Dire… Gainsbourg par Ginzburg (Pierre-Henry Salfati, 2011)

Romántico y misógino, feo y seductor, cínico y sensible, y sobre todo un tipo sumamente contradictorio que asumía su doble naturaleza humana (Gainsbourg vs. Gainsbarre, su otro yo primitivo y abisal, como canta en Docteur Jekyll et Monsieur Hyde). Quizá incluso triple, si contamos también con sus orígenes judío-eslavos de los que nunca renegó. De hecho, justifican parte de sus principios anarquistas por el colaboracionismo francés durante la ocupación nazi.

Sí, la vida de Serge Gainsbourg está tan llena de misterios como muchas de sus crípticas letras. Nacido del indulto de una madre que no se atrevió a abortar (lloró más por la muerte de su perrita Nana que por ella), Gainsbourg mamó tantas botellas como también de la férrea doctrina de su padre, con quien tocaba durante horas en su niñez. Con él aprendió los primeros acordes de Rhapsody in blue de Gershwin, estándares de Charlie Parker y Art Tatum y, sobre todo, consolidó su respecto a los clásicos (Bach, Chopin, Dvorak, Rachmaninov), que pronto subvirtió al lenguaje de la chanson y el pop-rock.

Sus frustrados inicios como pintor –Gainsbourg era un dibujante excepcional– no amilanaron su obsesión para conquistar las artes (y de paso, también las mujeres). Incapacitado, por feo, para destacar como un buen crooner, prefirió sacar partido de sus dotes como songwriter y cazatalentos, componiendo para jovencísimas promesas de belleza epatante y voz susurrante: Brigitte Bardot, Anna Karina, Jane Birkin, France Gall, Vanessa Paradis y su propia hija Charlotte, entre otras muchas musas (y amantes). Pero esa fealdad realzaba aún más sus virtudes personales, su poesía, su facilidad para construir hits, su afilada visión de la vida, entre el descreimiento y la gélida seguridad con que arrojaba verdades como bombas del cielo. Su exceso de orgullo, rayando en ocasiones el puro narcisismo, era muchas veces un ineficaz mecanismo de defensa contra una autoestima demasiado herida, que le empujaba hacia una exacerbada misoginia por miedo a ser juzgado, al alcoholismo para huir de su condición física, al cinismo cargado de brutal sinceridad, al talento sin genio –Gainsbourg admitía que el talento da dinero, mientras que, históricamente, los genios siempre fueron unos incomprendidos–.

De todo ello habla, y muy bien, esta película documental de Pierre-Henry Salfati que se ha paseado en los últimos dos años por diversos festivales y salas de cine con notable éxito. Con fugas continuas al pasado y la sempiterna voz del protagonista como hilo conductor, Salfati no se limita a revisar cronológicamente la biografía del cantante, sino sugerir breves pinceladas de sus camaleónicas facetas, además de introducirnos en tiernas estampas de su intimidad doméstica que apenas podríamos intuir de un personaje como éste. Por ejemplo, ese don que tenía para encandilar a los niños, quienes acababan siempre tan fascinados por su carácter juguetón y cariñoso. O esos aires de macarra –de los que Leonard Cohen daría tan buena cuenta en los años ’80 del pasado siglo– con que provocaba al personal. Ahí está como prueba su particular explicación de por qué gustaba de interpretar Smoke Gets In Your Eyes en fiestas de alto copete: era el tema preferido de Eva Braun. O su versión reggae de La Marsellesa con músicos jamaicanos, para incordiar a la extrema derecha francesa.

Siempre con un pitillo atornillado en la boca, Gainsbourg confiesa a lo largo de la película sus cuitas sentimentales –sintió por primera vez el amor a los 8 años, escuchando a Charles Trenet en la playa–, sus influencias literarias –Baudelaire, Boris Vian y, por supuesto, Nabokov, considerando su pública atracción por las lolitas–, y sus decepcionantes experiencias como actor y director de cine. Criticado por mucha gente por sus polémicas declaraciones, era reverenciado por igual gracias a su honestidad sin tapujos, comprometida absolutamente con el placer y el deseo. Con una frase resume esa asumida voluntad de ser el bufón de la corte: “Elijo la mofa para evitar el llanto”.

Tropicália (Marcelo Machado, 2012)

El tropicalismo surgió a rebufo del hippysmo, pero a diferencia de este –ismo –que, como todos, duró un tiempo muy limitado–, era mucho más complejo y profundo. Psicodelia, política, filosofía, nacionalismo, euforia, carnaval, utopía y, en resumidas cuentas, antropofagia cultural se dieron de la mano durante una época muy convulsa de Brasil. Sin apenas repercusión internacional en su momento, en la actualidad comienza a valorarse como se merece el arriesgado vanguardismo que latía en el seno de dicho movimiento.

Centrado casi exclusivamente en dos figuras capitales del tropicalismo como son Caetano Veloso y Gilberto Gil, este documental se enmarca entre 1967 y 1972, cuando estos dos artistas ya habían regresado de su exilio londinense tras ser condenados en su país natal por sus canciones contestatarias contra el régimen gubernamental. Combinando videos domésticos, grabaciones de TV y testimonios actuales de los protagonistas, Tropicália revisa el progresivo impacto que desató un conjunto de rasgos estéticos, sonidos nuevos y actitudes rebeldes que puso patas arriba una sociedad arrastrada al inmovilismo y, consecuentemente, al atraso frente al mundo. El movimiento –abanderado por Caetano, Gil, Gal Costa, Tom Zé, Os Mutantes, Jorge Mautner, Jorge Ben, Rita Lee, Elis Regina, Maria Bethania e incluso Roberto Carlos (cuando su principal letrista era ni más ni menos que Paolo Coelho)– fagocitaba estilos tan variados como el folk, el pop-rock anglosajón, blues, ritmos africanos, funky, samba, batucada, capoeira y mucha performance desenfadada y colorista, frente a gustos populares más conservadores, anclados en rancias orquestas de swing, coros duduá y cantautores de bossa nova, asociada ésta a una burguesía acomodada y despreocupadamente hedonista.

En un panorama así no es extraño que emergieran programas y festivales que, con la premisa de hacer competir bandas y artistas, servían de excusa para abrir otros debates más duros entre lo nuevo y lo añejo, entre modernidad y folklore, entre la izquierda y la derecha. Aunque parezca una sugerente idea para una escena de Berlanga, se organizaban manifestaciones contra las guitarras eléctricas y el pelo largo, o se cebaban con los arriba citados en salvajes campañas de linchamiento mediático desde la prensa o las propias universidades, confundiendo tradicionalismo con antiimperialismo. Más allá de lo sociológico, el documental de Marcelo Machado (muy sensible con respecto a la banda sonora escogida) reivindica nombres menos conocidos del movimiento como Rogério Duprat, un verdadero mago alquimista de la música y responsable de los arreglos orquestales del disco Tropicália (Philips, 1968), capaz de hacer de aquel producto bruto tan excitante y caótico toda una delicia sonora que iba a derribar las artificiosas fronteras entre lo culto y lo popular. Y es que siempre resulta más interesante contar la historia desde los márgenes de lo que quedó escrito, como es éste el caso.

Grandma Lo-Fi: The Basement Tapes of Sigrídur Níelsdóttir (Kristin Björk Kristjánsdóttir, Orri Jónsson, Ingibjörg Birgisdöttir, 2011)

Entre las propuestas freaks del festival destaca sin duda este film, dedicado a una simpática abuela islandesa –de origen finlandés– tan encantadora como extraordinaria. Sigrídur Níelsdóttir (1930-2011), que así se llama la anciana, grabó 60 discos y compuso cerca de 700 canciones sin saber absolutamente nada de solfeo y declararse una analfabeta total en materia de lectura de partituras. Tan sólo recibió clases particulares de piano cuando era niña, y ni tan siquiera de manera continuada. No obstante, al cumplir los 70 años su hija le regaló un aparatoso casiotone, uno de esos teclados de feria que le cambió literalmente la vida. A partir de entonces, la yaya ya no tenía tiempo para aburrirse.

Sigrídur dibujaba las portadas, escribía las letras, recortaba los libretos, empaquetaba las carátulas, montaba los estuches, hacía el reparto con un carrito de la compra… Ella misma diseñaba, editaba, maquetaba, encajaba y distribuía sus propios CDs, y todo sin disponer de medios internáuticos, de forma eficientemente artesanal. En fin, la película que se construye alrededor de su biografía es toda una oda a la paciencia, que podría tanto ensalzarla como el mejor prototipo de artista pop DIY (Do It Yourself) como elevar la ilusión y la ingenuidad al altar de la respetabilidad cultural. Sigrídur es el ejemplo más claro de que el artista musical no necesita de la industria discográfica para dar a conocer su obra. Como no se atrevía a tocar en directo, muchos de sus clientes –entre los que se encuentran Múm, Mugison y Björk, entre otros– le rindieron homenaje con un concierto de covers de sus temas.

Artesana de técnica tosca, grabando sobre cassettes recicladas con un equipo hi-fi muy rudimentario, Sigrídur se servía de instrumentos tan naíf como su propia música: xilófonos, silbatos, campanillas, armónicas de plástico, tambores de juguete, etc., además de los sonidos que producía con cachivaches de su cocina –ollas, batidoras, rayadores, botes, bandejas metálicas o incluso el agua del grifo, simulando riachuelos y cascadas–. O bien añadía registros de sonidos externos, apuntando con el micrófono desde la ventana de su pequeño apartamento y capturando a través de este medio la lluvia repiqueteando en el cristal, el granizo cayendo en el jardín o el canto de los pájaros por la mañana. Por supuesto también incorporó en su cancionero los innumerables animalitos que acogió en su casa: perros, gatos, palomas, cobayas, loros, y demás fauna.

Grandma Lo-Fi rememora una vida de cuento barajando imágenes de estilo documental con secuencias de animación stop-motion y otros pasajes de cariz experimental –verbigracia, emulando el rayonismo de Man Ray, esto es, castigando el celuloide de modo acorde con la banda sonora–, intercalando escenas de vídeo doméstico, subtítulos de karaoke, fotos de álbum familiar y coloristas collages que fueron su pasión en los últimos años (llegó a vender todo su catálogo en tan sólo cuatro exposiciones). Su particular obra gráfica servirá de fondo para los videoclips que interpretan algunas bandas islandesas versionando los éxitos de Sigrídur. Que gente rara hay en todas partes es una verdad a gritos, pero hay alguna que no parece ni de este mundo, como es el caso que tenemos aquí. | +info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno