David Bowie. Starman, la biografía definitiva
David Bowie. Starman, la biografía definitiva
Paul Trynka, Alba Editorial 2012
El subtítulo del libro, La biografía definitiva, no es ningún farol publicitario: nos enfrentamos a un tocho de más de 600 páginas sobre casi medio siglo de carrera musical del Duque Blanco, más conocido como David Bowie. No obstante, ya sabemos que a toda “biografía definitiva” le pasa lo que a muchos discos dobles: que les sobra la mitad. Starman, de Paul Trynka, no va a ser una excepción, resultando en ocasiones demasiado farragoso por su exceso de datos –muchos de ellos irrelevantes o que poco (sino nada) aportan sobre el proceso creativo de Bowie, que es lo que de veras interesa por estos fueros–.
Por supuesto que Bowie es, a priori, un bocado muy tentador para cualquier biógrafo. Ser poliédrico donde los haya, a Bowie se le puede abordar desde múltiples facetas: como cantante y compositor, como actor de cine y teatro, como pintor, como constante recreador de sí mismo. Sin embargo, el que sea tan mutante y escurridizo puede ser también su principal escollo a la hora de hacer un seguimiento de su vida y de su obra. Al respecto, cabe recordar que Bowie ha sido, ante todo y ante todos, un personaje polimorfo, un baúl de disfraces, una colección de máscaras. Por ello quizá su vida importe menos que su obra, revelándose en los últimos años (desde la boda con Iman, para entendernos) como un tipo sencillo y conservador que prefiere ir de shopping a salir de gira, y que simultanea las galas benéficas con los paseos de pantuflas y boina calada.

Por el contrario, y en contraste con su etapa funky –a la que Trynka dedica un mayor espacio en el libro–, apenas se habla de otras incursiones musicales, como el cabaret de Kurt Weill, la música clásica (grabando con Philip Glass, interpretando a Prokofiev, versionando a Gershwin con orquestaciones de Angelo Badalamenti, etc.), o sus tibias incursiones en la instrumentación exótica durante su trilogía berlinesa con Brian Eno. También son escasas las referencias a sus labores como actor, ya sea colaborando con directores de prestigio –como Nicolas Roeg, Tony Scott, David Lynch, Christopher Nolan, Julian Schnabel, Julien Temple, Martin Scorsese, Jim Henson, John Landis o Nagisa Oshima– o sobre el escenario –Baal (1981), El hombre elefante (1980), estudiando mimo con Lindsey Kemp en sus años mozos, etc.–. Paradójicamente, la presencia de su hijo Zowie (Duncan Jones) se hace cada vez más patente a lo largo del libro, quien heredará su frustrado gusanillo por el cine: ahí está Moon (2009) para atestiguarlo.
Dejando a un lado los numerosos y descuidados errores tipográficos de la edición española, el libro ahonda más en los aspectos técnicos de cada producción detallando presupuestos, contratos, nóminas, gastos, inversiones, pérdidas y ganancias, sirviéndose de entrevistas con la gente del staff que rodeó a Bowie en su meteórica trayectoria. Pero ni su vida privada ni sus fundamentos creativos tienen una cabida significativa entre estas páginas. Por otra parte, la imagen que Trynka da de Bowie no es más desmitificadora que otras, como la que ofreciera Miles Charlesworth en el Libro Negro (La Máscara, 1991), mucho más mordaz y, en consecuencia, más atractiva sobre tan camaleónico y contradictorio personaje. En resumen, Bowie es y seguirá siendo un enigma difícil de descifrar, por más que biógrafos y fans alelados pretendan desnudarle del gesto y la laca. Y dado que muchos nos tememos su inminente deceso –hace tiempo que se apartó de la vida pública al sufrir un infarto de miocardio–, el esfuerzo de Trynka servirá para resituar a Bowie en el rincón más visible de nuestras estanterías. +info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno
