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XXIV Bienal de Flamenco. Sevilla 2026

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Varios artistas, diferentes espacios.

Empezamos la Bienal de Flamenco de este 2026 en Sevilla con el baile de Macarena López. En «Sobre todas las cosas» la artista se pregunta; ¿Qué pasa cuando una decide dejar de sostenerse solo con el cuerpo? La respuesta es un espectáculo moderno y desenfadado en que se mezcla flamenco (por supuesto) con performance, textos originales (la sevillana se plantea muchas preguntas) y músicas populares que mezclan sin rubor, a Pepe Marchena con Juan Luis Guerra.
Cris López (Entre orillas, LaboratoriA) se ha encargado de la dirección y composición musical, y Ernesto Artillo del acompañamiento artístico,
En el escenario junto a Macarena López, dos bailadores: Iván Delgado del Río e Iván Amaya. Aún que al principio parecen discretos acompañantes, van ganando peso y acaban resultando parte esencial del espectáculo.
Pero, sin duda, es Macarena López la que nos conduce durante sesenta minutos por un viaje muy personal, presentándose como una joven indecisa, pero con la fuerza de los que creen en sí mismos. Los pasajes sonoros beben de lo más flamenco, seguiriya, caña o el momento terrible de la soleá, pero también, gracias al trabajo de Cris López, buscan romper moldes jugando con la música de los extrarradios de las ciudades, donde siempre se inventan vidas nuevas. También el vestuario es irreverente con el flamenco clásico para acercarnos a la realidad de una mujer que vive en su tiempo y con sus desafíos personales.

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La segunda noche nos esperaba la bailadora cordobesa Olga Pericet. Presentaba, en un Teatro Central llenó a rebosar, su nuevo espectáculo «Perspectivas de un baile sonoro«. La bailadora, después de 35 años de espectáculos de desafíos constantes, -recuerdo especialmente «La Leona«, ha querido volver al formato clásico; guitarra, cante y baile, «quiero recurrir al Recital Flamenco para darle un nuevo giro personal dentro de la escena contemporánea en la que vivo. Y así encontrar, si los hay, huecos deshabitados«
En la guitarra y composición musical, José Manuel León, que ya le acompañaba en «La Leona«. En el cante, muy gitano, se encuentran, el jerezano Miguel Lavi y Gloria Montesinos de Sant Adrià del Besòs. Dos cantaores de voces roncas que supieron estar cerca de Pericet para cerrar coreografías únicas. Ese círculo en que se fueron encontrando los dos cantaores con el baile y esas castañuelas tan tremendas fue emocionante.
Podría haber sido un concierto típico, en que cante, baile y guitarra repasarán los palos habituales, pero lo que vimos en el Teatro Central fue algo más. La iluminación, la manera de presentar cada momento. Los vestidos, no solo de Pericet, sino también de Montesinos, la facilidad con que la cordobesa usa los complementos; abanicos, palillos, el mantón, esa energía interminable, hicieron del espectáculo un continuo carrusel de emociones. Para terminar, amigos, maestros, discípulos, se unieron en el escenario (casi veinte personas) y se marcaron una fiesta por bulerías, en que se cantó y, sobre todo, se bailó, homenajeando a Olga Pericet. ¡Se lo merece!
Pocas artistas saben ser contemporáneas pareciendo clásicas.
En mi tercera noche, me acercaba al gran escenario del Teatro de la Maestranza (1700 espectadores) para ver al carismático Manuel Liñan. En su anterior espectáculo, el genial «Muerta de amor«, que giró por todo el mundo, Liñan recibió algún que otro palo por su manera de entender el baile, así que ahora ha decidido mostrarse más radical. «Este espectáculo no es una investigación ni experimentación, sino un reconocimiento, es mi propia aceptación» El bailador granadino quiere bailar sin complejos, y es lo que hace durante dos horas, BAILAR, bailar como si no hubiese un mañana. Los cinco cantaores (Juan de la María, José Manuel Fernández, Miguel Heredia, Manuel de la Nina y Sebastián del Puerto) y la guitarra de Francisco Vinuesa, son compañeros fijos, pero a lo largo del concierto se sumarán hasta casi cuarenta artistas en el escenario. ¡Una locura!
Había anunciado Liñan que habría sorpresas y no tardaron en aparecer. Después de un arrebatador baile con un traje de cola preciso y un mantón que volaba increíble, aparecía Miguel Poveda, y le cantaba unas guajiras que no se olvidan fácilmente.
Después sería el bailaor Rafael Campallo, otra locura de baile.
Los trajes de Liñan, iban evolucionando de la feminidad más contundente, hacia el traje masculino, pasando por diferentes fases. El traje blanco y el homenaje a Mario Maya por cantiñas fue otro momento de gloria.
De repente uno de los cuadros que más me conmovió, un grupo muy joven de bailaores y bailaoras representando el famoso alegato de El Lebrijano sobre la persecución del pueblo gitano.
Tema al que también recurriría Tomasito; último invitado de la noche.
Con esa mezcla de rap, flamenco, y danza urbana, cerró con su «Sobreviviré«.
Vuelta al Teatro Central para conocer una joven pareja de bailaores que deberemos seguir muy de cerca. La malagueña Águeda Saavedra y el gaditano Juan Tomás de la Molía. Han titulado a su espectáculo «Te atrevo«, y nos habla del «umbral donde dos presencias negocian posibilidad, acercamiento, distancia y reconocimiento» Un viaje emocional que nos irán detallando con una variedad de estilos de baile increíbles.

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A la guitarra Juan Campallo, en las percusiones Paco Vega y en el cante: Ismael de la Rosa y José el Pechuguita.

El espectáculo está dirigido por Manuel Liñan (De la Molía ha bailado en la compañía del granaino) y además de la calidad artística, merece especial atención todo el trabajo de luminotecnia.
Empiezan los bailaores, cada uno bajo un foco de luz alternativo, mostrándonos dos estilos de baile totalmente diferentes, sincronizados cada pocos segundos por la guitarra de Campallo.
Juegos de movimientos escénicos, en que participan los seis artistas, nos hablan de las fases de acercamiento o lejanía entre la pareja.
Los tonos grises ganarán color, los cantaores y la guitarra, tendrán sus momentos de lucimiento, los disfrutamos y son necesarios para que los bailaores puedan cambiar de indumentaria. El baile clásico se alterna con acciones de libertad interpretativa difícil de olvidar. De la Molía por el suelo, llevando el compás a la perfección, con manos y pies, son ejercicios que a determinadas edades ya no son posibles ¡ Qué energía!
Momento álgido, el trabajo de luces y efectos conseguidos con las sombras de los bailaores, por momentos reales y en algunos momentos con efectos difíciles de entender -desde la lógica – pero muy impresionantes.
Tampoco resulta fácil bailar en pareja, llevando un traje de cola, Águeda Saavedra lo consigue y mueve con soltura esa larga cola, enredándose «sin enredos» en el cuerpo de su compañero de baile. O arrastrar a tu compañero de baile, tumbado en la misma cola del vestido.
Para terminar cambio de roles. Intercambian la ropa y los zapatos y asumen (recordad que en la dirección está Liñán) el desafío de bailar como si fueses tu partenaire. Un final emocionante, lejos de la juerga tradicional jerezana, la sencillez de la pareja enamorada saliendo de escena sutilmente. Un espectáculo diferente y perfectamente estructurado.
Y llegaba la noche más esperada, la presentación en el Teatro de la Maestranza, del nuevo proyecto de Israel Galván. «Bolero de Blanco y Negro«, el enfant terrible del baile flamenco se mete de lleno en el Bolero de Ravel. Sabíamos que fue el encuentro de Galván con el pianista italiano Andrea Rebaudengo el origen de todo este desafío, pero de momento tenemos en el escenario a Juan José Amador cantando boleros, que seguro habías escuchado a Moncho, acompañado por la percusión de José Carrasco (sustituyendo a Los Mellis), Galván va bailando, como desfragmentado esos boleros. Todos vestidos de negro, con flores blancas en el pelo, y esos botines que ya le conocemos a Galván – blancos y negros- herencia de Vicente Escudero. Rompe el tercio una joven artista francesa, Ilona Astoul, que ejerce de maestro de ceremonias o de cupido (según se vea).
De repente se levanta un segundo telón y aparecen dos pianos de cola, negros, y dos pianistas de riguroso esmoquin blanco, el ya citado Rebaudengo y el holandés Gerard Bouwhuis. Unos minutos en que los pianistas repasan otras composiciones de Ravel, el público espera paciente, el anhelado baile de Galván, que tarda en llegar, de momento pequeñas dosis.
La pequeña Astoul, ha decidido quedarse en escena y empezar una pelea de bombetas que repican al compás del baile de Galván y de las percusiones de Carrasco. Una luz caída del cielo nos trae otra sorpresa, Búfalo Bill – anuncia Astoul – se trata de la actriz Nathalie Seseña, otra escena  surrealista que te hace tomar partido – o la rechazas o te rindes incondicionalmente – El público de Galván lo tenemos claro.
Como clausuró
Seseña, refiriéndose al bolero, «o te gusta o no te gusta«.

Estaba claro que el Bolero de Ravel, llegaría pronto o tarde.
Vuelve a crecer el fondo del escenario, una fábrica de producción, los dos pianos empiezan a reproducir los 17 minutos del Bolero, al fondo, muy lejos, Galván empieza su baile, desafiando paciencias, sin prisas. Le costará llegar a la tarima que ha usado toda la noche, y más le costará llegar a esa plataforma que conecta el escenario con las primeras filas de espectadores, pero merece la pena verlo acercarse sin prisas, por qué el bailaor sevillano tiene una ventaja que pocos poseen, ese abanico increíble de posturas, gestos, detalles, que le permiten ser original en cada momento. No llega nunca la traca final, por qué no es el objetivo del espectáculo.
Y cuando todo parece terminado, y con el telón caído, en un rincón, como un ciego y su lazarillo, Juan José Amador y Astoul siguen a su aire, es el momento de que el bolero «Bésame mucho» se vaya fundiendo con el de Ravel, y ya, con el telón levantado y todos los artistas de nuevo en escena nos regalen esos besos de despedida. + info | Fotos: Laura Leon

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