Carola Ortiz
Carola Ortiz
Llar Cabanellas, Mataró (26 julio, 2025)
La puesta de largo de Cantareras (Microscopi, 2023) convocó un lleno absoluto en el recinto habilitado para tal fin durante las fiestas con que se recuerda anualmente a las patronas de Mataró. Era pues muy pertinente invitar por fin a Carola Ortiz ateniéndonos al contenido del citado trabajo, una recopilación de antiguas tonadas medievales de tradición oral que combinan jazz, folk y electrónica y que, narradas desde un punto de vista femenino, versan sobre la concepción, los rituales de festejo, el casamiento, el cuestionamiento del género y la muerte. Se trata en realidad de un escaparate de cantos antiguos que dan cuenta de los sentimientos de muchas mujeres rurales que han quedado por suerte recogidos en diversos archivos de toda España.
El punto de partida de Cantareras, como parece desprenderse del título, surge del concepto de “cànter”, palabra surgida de la mezcla entre canto, cántaro y útero y que asimismo designa precisamente el tipo de cántaro que se muestra en la foto adjunta. El de cantarera era un oficio ligado exclusivamente a las mujeres en muchos pueblos de la península ibérica, las cuales se desplazaban varias veces al día hasta la fuente, el río o el arroyo para llenar los cántaros de agua mientras cantaban para hacer menos monótono su trabajo. Eran estos cantos un medio de catarsis para exteriorizar sus penas y deseos, expresando en público lo que se guardaban en su intimidad sin ser represaliadas por ello. A tal fin, era habitual que acompañaran su canto con objetos cotidianos para percutir, como el cántaro mismo, cucharones, cazuelas y cacerolas, palos, botellas, paellas, dedales o morteros.
Pongámonos en situación para entender el marco del concierto. La Llar Cabanellas fue creado a finales del siglo XIX para acoger a personas de la tercera edad sin recursos ni familia. Durante más de tres décadas el lugar quedó abandonado a su suerte hasta que por iniciativa municipal se ha reabierto al público, embelleciéndolo para la ocasión con la excusa de acoger varios espectáculos contemplados en el programa de actos de las fiestas dedicadas a las santas Juliana y Semproniana.
Y es aquí donde Carola Ortiz, en la noche del sábado, sobre un escenario situado en la parte alta del recinto, hace su aparición fantasmal entre sedas de rojo sangre y llamas de luz áurea empuñando los versos de Coir figues a nes figueral, una tonada mallorquina que bien pudiera haber formado parte del repertorio de María del Mar Bonet pero que, por sus arreglos arabizantes, tampoco habría desentonado en un recital de Ofra Haza. Le seguiría Ahechao de las malas lenguas, una canción de raíces flamencas a la que Ortiz ha conferido una estética pareja a las músicas del norte de Europa por su tratamiento de la percusión y el ritmo, al estilo de bandas como Värttinä o Hendningarna.

Después de despachar un divertido alalá gallego (E Vira, E Vira), con La Mare de Déu arrancaba el bloque de canciones maternales, siendo ésta un homenaje a la abuela de Carola como representación de todas aquellas mujeres que habían trascendido a través de las nanas una cultura milenaria que se remonta a cientos de generaciones y cuya labor, con el paso al siglo XXI, parece haber quedado interrumpido para siempre. La interpretación se abrió con una introducción maravillosa que se planteó como un diálogo sin palabras entre Carola y las líneas de flauta baja improvisadas por Encinas. Los últimos versos de la canción hablan del nacimiento de Jesús, momento escogido por la primera para subrayar con el clarinete unas notas plañideras de klezmer con las que parecía subrayar la condición de judío renegado que se rebeló contra el Estado de Israel bajo el dominio del Imperio Romano. Poco ha cambiado hoy la historia, salvo porque el latín de entonces ahora es la lengua inglesa de Estados Unidos.
Le siguió L’angelet del vetlatori, una pieza tradicional valenciana que se suele interpretar y bailar durante toda la noche hasta ver salir los primeros rayos del sol. Su función primigenia era la de servir de velatorio para despedir el alma de los neonatos que no pudieron ser bautizados antes de morir. A pesar de los versos tan dolorosos que contiene y que redundan en la capacidad de reproducción que se secó con el tiempo –“Jo tenia un hort florit / de clavells i d’assuzenes / de roses i de gesmils / que em llevaven dols i penes. / Cada dia al matinet / quan el sol d’orient eixia / saludava al bon matí / amb el cor ple d’alegria. / Ara només puc plorar / llàgrimes de melangia / perquè un mal vent se m’emportà / el clavell que més volia. / No hi ha consol per a mi”–, el fin del ritual pretende hacer pensar que con la llegada del alba el alma difunta se convertirá en un pequeño ángel. Para destensar la tristeza infinita de su letra, Carola bromeó en sus últimos pasajes jugueteando con unos melismas aflamencados como lo haría Martirio.
La Cançó de pandero lliure fue la prueba de fuego con que Carola Ortiz demuestra su solvencia como compositora y arreglista. En esta pieza, la introducción de la dilruba –otra vez en manos de Miriam Encinas– se mantendrá como base constante para un ritmo de trip-hop entretejido por el contrabajo de Carla González y la batería nerviosa de Alex Guitart, con acercamientos al EDM de Skrillex o Björk por los coros etéreos de los que se acompaña, sin por ello perder la identidad musical de todo el conjunto. En este caso se trata de una tonada popular proveniente de Tarragona, cuyo origen se pierde entre finales del siglo XIX y principios del XX, y que solían cantar las mozas casaderas de los pueblos mientras pasaban luego el pandero con el fin de recabar dinero para algún festejo. Lo habitual era pensar que se trataba de su inminente boda, pero en el caso que nos ocupa la voz narradora no parece nada dispuesta a casarse aunque la fruta madura del árbol caiga por su propio peso –y tal vez por reservarla para amores del mismo sexo, según sugiere el verso que reza que “el pandero és de les mosses i bé que l’hem de compartir”–.
En contraste, la Canción de bodas, de nuevo ornada con sonoridades arábigas, hizo levantar los culos de los asientos para corear con palmas a la cantante, quien bajó del escenario para mezclarse con el público, como lleva haciendo últimamente hasta el abuso Rodrigo Cuevas en todos sus conciertos. La referencia a Cuevas no es baladí si consideramos las similitudes con la propuesta de Carola Ortiz, combinando música electrónica y folklore asturiano. La cantante de Argentona, en cambio, indaga en otras muchas épocas y territorios de la península, siguiendo las enseñanzas percibidas por Eliseo Parra.
El guiño a Martirio volvió a emerger al colocarse unas gafas de sol para el Pasodoble de las cantareras, el único corte instrumental del disco que aquí se interpretó con un toque menos ambient que el original pero adornado con una base mucho más chumba-chumba, detalle que no fue óbice para que una pareja espontánea no se arrancara a bailar. Atrevimientos como éstos son los que hermanan el proyecto de Carola con otros artistas que aúnan las músicas de raíz con nuevos formatos musicales, como el maridaje que planteó Roger Mas con la Muixeranga y la Cobla Sant Jordi en el 2012, la propuesta trap de Rosalía en El mal querer (2018, Sony) –supuestamente inspirada en las memorias de una mujer del siglo XIII escritas en occitano– o, salvando las distancias, el debut discográfico de Alexandrae –Gaudeamus Omnes (2020, Microscopi)– uniendo canto gregoriano y electrónica.
Finalmente llegaría la parte más oscura del concierto, centrada en la muerte y la soledad de las mujeres del medievo. Cuenta Serrana la matadora la historia de Isabel de Carvajal, también conocida como “la Serrana de la Vera”, curandera y recolectora de huesos que vivía en una cueva de Plasencia y que, durante las noches de luna llena, salía a seducir a hombres, a los que luego mataba para guardar sus calaveras. La canción de Carola Ortiz retoma el momento en que la hechicera convirtió en caballo a su último amante cuando éste trataba de huir, razón por la cual la cantante se enfundó entre las volutas de una niebla baja y enrojecida, haciendo rechinar los dientes de una quijada.
Con la asturiana Muñeira de Tormaleo Carola canta su derecho a la soltería –“El día en que yo me case quiera Dios que no aparezca ni cura ni capellán ni la llave de la iglesia”– sosteniendo un diálogo entre clarinete y contrabajo para tomar finalmente el alalá E Vira, E Vira durante el único bis con que congraciar al público tras una hora y cuarto que pasó volando. Quien esto escribe agradece mucho las introducciones didácticas de cada tema para contextualizar mejor los recursos y las decisiones estéticas, así como el seguimiento de la investigación que la cantante había ido trazando para dar con cada uno de ellos. Sin embargo, se echó de menos que añadiera algún tema nuevo o que, como mínimo, se rescatara algo del repertorio contenido en sus anteriores trabajos –Minimal Hits (2015, Músicas Colombianas), Sirin (2016, Temps Record), Spirala (2018, Balaio), Pecata Beata (2021, Microscopi)–, limitándose aquí a presentar íntegra y únicamente el CD Cantareras.
Antes de cerrar el concierto, Carola dedicó unos minutos a presentar la banda y rogar un aplauso para los técnicos de sonido, Joan Cabré y Guadalupe Puentes, cuya labor engrandeció la notoriedad de este difícil pero maravilloso repertorio del programa. Al cierre de la redacción, Carola Ortiz anunciaba nuevos directos en Montblanc, entre los fastos concertados por el Festival de Jordi Savall (día 11 de agosto), así como en el Liceu de Barcelona para el Wimen (19 de octubre). No se la pierdan.
Iván Sánchez-Moreno | +info | Relacionados | Fotos: Duna Vallès Mestre



