Cantes Malditos
Sandaru. SFB El Dorado. 13 de febrero del 2026
“Cantes Malditos” Everlasting Records, 2024, es otra apuesta por hermanar el flamenco con otras músicas, en este caso el blues del Guadalquivir. El cantaor granadino Antonio Fernández estaba grabando su nuevo trabajo cuando, de pronto, su guitarrista le dio plantón y desapareció de las sesiones en el estudio. Fue entonces cuando a su productor José Sánchez se le ocurrió llamar a un vecino suyo para sustituirle. Ese vecino era Pedro de Dios, guitarrista de Guadalupe Plata y de Pelomono. En este concierto les acompañaban Antonio García Cruz, el otro 50% de Pelomono, y el bajista José Antonio Sánchez.
Son muchos los aficionados que, ante esta mezcla de flamenco y rock o blues, piensan inmediatamente en Morente con Lagartija Nick, pero para mí, la base de lo que ocurre en este “Cantes Malditos” hay que buscarla en Sevilla en 1971, el grupo de blues y rock progresivo Smash, ya había editado Glorieta de los Lotos (Phillips, 1970) y el siempre visionario Ricardo Pachón (manager del grupo) convenció a Manuel Molina para que entrase en el grupo, Aparecieron como Cara A en un LP titulado “Vanguardia y Pureza del Flamenco” (Chapa, 1978), en cuya cara B aparece una selección de cantes del cantaor Agujetas con el guitarrista Manolo Sanlúcar. Una joya.
Bueno, dicho esto, centrémonos en lo ocurrido ayer en la Sandaru.
La batería imponente de Antonio García Cruz ocupando visual y musicalmente casi medio escenario. Antonio Fernández al cante, con esa sabiduría para compaginar sus cantes populares con las descargas sonoras de sus compañeros, a su lado la guitarra eléctrica, con ese slide en el dedo meñique de Pedro de Dios, fundamental para el sonido del Delta y en el bajo, discreto pero eficaz, José Antonio Sánchez.
Empezaron con “La zambra” cante doloroso, Fernández canta con profundidad, es un cante del Sacromonte y él lo conoce bien. La guitarra simplemente acompaña el llanto, hasta que inicia el compás binario, y la sección rítmica impone el paso. A partir de ahí la guitarra adquiere el mismo protagonismo que el cantaor.
Siguieron con la petenera de La Niña de los Peines, “Quisiera yo renegar”, esa voz tan aguda del cantaor, me recordó la versión que hizo Carmen Linares. Mucho espacio para la voz, con la batería reforzando la tensión de la petenera. Lenta y dramática, como merece la letra. Cuando le deja espacio, aparece la guitarra blusera y se funde con el grito del cantaor, espectacular.
Sin pausas, sin comentario alguno, el bolo continúa, “La muerte no me quiere” seguimos con la tragedia, por seguiriyas de los Agujetas. Canta Antonio, como si le fuese la vida, lleva continuamente la mano al corazón, para que no se le escape, y lo da todo. La guitarra echa chispas y cuándo el cantaor baja la voz, se esconde para no molestar.
El sonido, como siempre excelente, y además un juego de luces muy bien compaginado.
Una pequeña guinda “El Vito” que el público ya empezaba a tararear, un descanso de un par de minutos, para relajar la tensión, y seguimos con la tragedia. Nada menos que “La hija de Juan Simón” de nuevo al escucharla, la encuentro más cercana a Carmen Linares que no a Antonio Molina. Cosas mías. La versión es tremenda, el cantaor sabe muy bien como dramatizarla todavía más, la guitarra sabe hacerla suya (de nuevo el blues hermana bien) y la batería marca el tiempo que necesita.
“Al infierno que te vayas” la soleá penetra en nuestras almas, García Cruz ha añadido una pandereta encima de un plato, consiguiendo un sonido cercano a las castañuelas de un bailador. El cantaor está lanzado, imparable, compaginando muy bien el grito con la profundidad. Camarón ronda por el ambiente. Y los Smash, por supuesto.
Pero era normal que en algún momento recurrieran a Morente, “Soy un pozo de fatigas” una debla. A la que guitarra, bajo y batería le han dado un matiz blusero que le sienta muy bien, en este tema y en el siguiente, la música se alza por encima, consiguiendo un ambiente muy diferente al típico concierto de flamenco, aires morunos se mezclan con aquellos instrumentales de grupos de los 60’ como Los Relámpagos, cuando tocaban “La danza del Fuego”.
Un par de temas que no reconocí, y siguieron por malagueñas con “El jardín de Venus”, todo era posible. Quisieron terminar, volviendo al disco con “Fandango del coche fúnebre” con esa libertad que tiene el fandango en la entrada, para que la guitarra, en este caso eléctrica, se luzca a fondo. Por supuesto tenían que volver a salir, el público lo sabía. Y salieron Antonio Fernández (a pelo) y Antonio García Cruz con un palillo y un plato de la batería, lo suficiente para ese martinete final. + info

