Arcattia: Entre guerras
Arcattia: Entre guerras
Foment Mataroní, 22ª Temporada de Música
13 de septiembre, 2025 (Mataró)
Según nos muestra la historia de la humanidad, hablar de períodos de entreguerras es una falacia. Desde antes de los hechos narrados en el Antiguo Testamento y en las épicas homéricas, el ser humano es y ha sido de naturaleza belicosa. Pero, a pesar de ello, también ha sido capaz de crear arte. Esta es la tesis de la que parte el programa Entre guerras que el violinista Quim Térmens, a la cabeza del trío Arcattia, defendió en el Espai F del Foment Mataroní.
Las propuestas de Térmens siempre son bien agradecidas por su estilo ameno, las introducciones didácticas con las que enmarca cada pieza seleccionada y los retos que brinda a la concurrencia para descubrir o conocer autorías y obras de escaso recorrido por las salas de concierto. El caso de Entre guerras no iba a ser una excepción, estructurando el repertorio elegido en dos partes claramente delimitadas por su enclave cronológico. Por ello, una mitad estuvo dedicada a las músicas compuestas en los convulsos tiempos de las revueltas napoleónicas, mientras que para el resto del temario se recurrió a tres autores –Jacques Ibert (1890-1962), Grazina Bacewicz (1909-1969) y Dimitri Shostakovich (1906-1975)– cuya obra fue proscrita durante años por sus ideales antibelicistas.
Joseph Haydn (1732-1809) también se opuso a la ocupación de las tropas francesas al final de su vida. Pese a formar parte del bando enemigo, se dice que el propio Napoleón Bonaparte (1769-1821) envió a la casa del compositor un destacamento de su ejército para que nadie le importunara en sus últimos días. Esta anécdota pone en evidencia la alta estimación que un admirado Napoleón profesaba al músico vienés. No obstante, para homenajearle en esta ocasión, la pieza elegida fue el Trio en Do Mayor, escrita mucho tiempo antes de los sucesos narrados. Entre el Allegro inicial y un fugaz Menuetto destacó un bonito Adagio en el que Térmens y Joan Morera se intercambiaban el tema principal en un dinámico diálogo con sus respectivos violines.
Luego fue el turno de Chevalier de Saint Georges (1745-1799), uno de los primeros compositores negros de los que se tiene constancia en la historia de la música clásica europea. Hijo de un rico terrateniente francés y una esclava de origen africano, Joseph Bologne –que era su verdadero nombre– fue educado con todos los derechos de un ciudadano parisino en un ambiente refinado y de extremada sofisticación, hasta ganarse ciertos favores en los círculos republicanos de la corte como campeón de esgrima. Fue a él a quien se le encomendó liderar la legión de soldados negros que luchó para extender los ideales de la Revolución Francesa.
Sin embargo, se sintió traicionado cuando Napoleón, al erigirse emperador, se desdijo de sus intenciones para abolir la esclavitud. Aún a pesar de haberse labrado un gran éxito con sus óperas –una de ellas con libreto de Choderlos de Laclos (1741-1803), el autor de Las amistades peligrosas– y como virtuoso del violín –por algo se le llamaba “el Mozart negro”–, su rebelión contra el poder le cerró las puertas de muchos auditorios, muriendo en la indigencia. El trío Arcattia interpretó en su memoria el Allegro de la Sonata nº 3, op. 1, de cariz más bien amable, pero de gran complejidad para los dos violines.
Cerrando “el bloque napoleónico” se recuperó íntegra La Bataille de Marengo, op. 8, de Bernard Viguerie (1761-1819), lo más parecido a un poema sinfónico que compuso entre 1800 y 1805 para conmemorar la victoria francesa frente a las tropas austriacas comandadas por el General Michael Friedrich von Melas (1729-1806). Napoleón acababa de ser nombrado Primer Cónsul de la República Francesa tras el golpe de Estado de 1789 y ya estrenaba mandato con ganas de marcha (militar, se entiende). La pieza de Viguerie describe fielmente y sin necesidad de palabras todo el desarrollo de la batalla, desde los aires de pomposa suficiencia en los temas que hacían referencia a los oficiales franceses, hasta los tonos plañideros empleados para los lamentos de los heridos. Para el sonido de los cañones, Viguerie se bastaba con el recurso de los tremolo de violín, mientras que reservaba el spicatto para efectos sonoros como el trote de la caballería. Para hacer partícipe al público asistente, Térmens convidó a pronunciar en voz alta cada una de las fases de la batalla a medida que se iba desarrollando la obra, restando así la gravedad que, hasta entonces, se le presumía al repertorio precedente.
Por suerte, este desajustado divertimento no ensombreció “el bloque contemporáneo”, abriéndose con cinco miniaturas que Jacques Ibert compusiera en 1935. La influencia del grupo de Les Six –entre los que sobresalían Arthur Honegger (1892-1955), Darius Milhaud (1892-1974) y Francis Poulenc (1899-1963), sin contar el paso efímero de Erik Satie (1866-1925) y las labores de Jean Cocteau (1889-1963) como secretario y representante artístico– se hizo más notoria en el primer Allegro de la serie, de estilo juguetón. Originariamente escritas para instrumentos de viento, en este arreglo para violines y chelo de las Cinq pièces en trio parecía subrayarse la posible inspiración que pudiera haber contribuido en la formación de otros grandes de la música francesa. En el Andantino, por ejemplo, asomaba la ternura lánguida que Jean Constantin (1923-1997) compusiera para Los 400 golpes de François Truffaut (1959). Y ya puestos a seguir con su estela musical en las bandas sonoras del cine francés, la cuarta pieza podía incluso recordar algunas de las fórmulas de Alexandre Desplat.
Ibert también era capaz de tejer felices juegos de fugas y contrafugas en el brevísimo Andantino, emulando el hipotético vuelo y canto de un pájaro desde la perspectiva estética de Olivier Messiaen (1908-1992), pero también podía acercarse a lo que sería una parodia como las que haría Benjamin Britten (1913-1976) jactándose de la música barroca de Jean-Baptiste Lully (1632-1687). El enérgico Allegro quasi marziale con el que se cerró la colección de piececillas de Jacques Ibert hacía imaginarse el citado Lully con la excitación que se le supondría en caso de haberle metido una guindilla en el chocolate del desayuno…
Ibert tuvo que exiliarse de su país al posicionarse contra la Francia de Vichy, mientras que Grazina Bacewicz prefirió quedarse en Polonia para promover conciertos clandestinos con las músicas consideradas “degeneradas” (Entartete Musik) por el régimen nazi. Su carácter oscuro y combativo se puso de manifiesto en el desasosegante Trio (1936) que interpretaron los Arcattia, sobre todo al remarcar los pasajes largos con notas muy agudas y lacerantes del arco. Tras entrar a saco con una melodía de tintes folklóricos pero de retorcida complejidad y cambios muy abruptos, la obra fue transcurriendo hasta un tercer movimiento saltarín y travieso, estirando un tema que no se acababa de resolver porque los tres instrumentos iban pisándose los unos a los otros, según dictaba la brutal partitura de Bacewicz.
Y, cómo no, un concierto centrado –al menos en su segunda mitad– en las músicas prohibidas por razones políticas había de terminar con un recuerdo a Dimitri Shostakovich, pendiente éste siempre de que no le detuvieran de madrugada por no ser del agrado de un melómano intolerante como Ióssif Stalin (1878-1953). Los Arcattia escogieron tres piezas de las cinco para dos violines y piano –aquí sustituido por el chelo de Lluis Heras– que Shostakovich concibió entre 1933 y 1935, es decir, cuando todavía no vivía inmerso en la paranoia. Por ende, tanto el Vals como la Polka que sonaron sugerían un músico feliz y sarcástico, que ironizaba con la propia noción de alegría acelerando los ritmos en lo que podría haber sido un reel irlandés, preludiado por una bella y triste melodía que, tratándose de Shostakovich, siempre sabe a poco cuando se le relega al mero complemento de un repertorio que pretende combatir todas las guerras desde el escenario. Tal vez merezca más espacio y atención, en detrimento del bloque napoleónico, que quizá precise de mayor independencia.
Iván Sánchez-Moreno | +info | Relacionados




