Michel Krielaars: Al son de la utopía
Michel Krielaars: Al son de la utopía
Galaxia Gutenberg (2025)
Hubo en la historia algunas iniciativas políticas que defendían la contratación de los artistas como funcionarios del Estado. El Renacimiento puso ese privilegio en manos de mecenas que patrocinaban el arte por encargo para enaltecerse a sí mismos en la eternidad. El Barroco hizo otro tanto por y para el proselitismo religioso. La Unión Soviética fue la primera que sufragó con dinero público la necesidad social del arte. Pero todo exceso de control lleva finalmente a la censura y al totalitarismo, y este caso no fue una excepción.
Ésta es la premisa de la que parte este estudio de Michel Krielaars, recuperando la memoria de varios compositores e intérpretes que fueron tarde o temprano procesados por el mismo gobierno que los había glorificado previamente. La razón de dicho cambio de actitud no es otra que la de pensar u obrar de modo distinto a lo que estime el dictador de turno. Esto es lo que le ocurrió a la mayoría de los y las artistas que glosa Krielaars en Al son de la utopía (2025, Galaxia Gutenberg). El subtítulo del libro, Los músicos en tiempos de Stalin, nos permite encuadrar el período histórico escogido para englobar su pormenorizado estudio biográfico.
Al son de la utopía, en efecto, ofrece un compendio de breves semblanzas para introducirnos no sólo en la historia de la música contemporánea soviética, sino también en los entresijos que la sustentaron, la toleraron, la denigraron y/o la promocionaron, siempre por un interés político que trascendía lo meramente artístico y, por ende, la libertad de sus creadores.
El libro se abre con sendos capítulos dedicados a Sviatoslav Richter (1915-1997), Sergei Prokofiev (1891-1953) y Dmitri Shostakovich (1906-1975), para cerrar con el no menos célebre Mstislav Rostropovich (1927-2007), quien consiguió desertar de la URSS cuando ya estaba más que harto. Su padre también había sido chelista, concretamente uno de los discípulos más aventajados de Pau Casals (1876-1973). Su sólida amistad con el escritor Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008) y el citado Shostakovich no era bien vista por el régimen estalinista, así que no habría de sorprendernos que, tras la caída del bloque soviético, fuera siempre convocado para que tomara partido en las decisiones democráticas de Estado con el fin de evitar una nueva instauración de la dictadura. Esto, claro, sin contar con la llegada de Vladimir Putin, que lo ha puesto todo patas arriba.
Entremedias hay sitio para mencionar a Moiséi Vainberg (1919-1996), quien influyó notoriamente en su amigo Dmitri Shostakovich pero que sufrió una feroz campaña de antisemitismo con la que eclipsaron su vida y su obra; Aleksander Mosolov (1900-1973), precursor casi desconocido de la música industrial; el semiolvidado Vsevolod Zaderatski (1891-1953); incluso se le brinda un espacio a Tijon Jrénnikov (1913-2007), el lacayo censor de Stalin y principal heredero de la inquisición artística iniciada mucho antes por Andrei Zhdanov (1896-1948).
De entre todas las personas aquí biografiadas cabe destacar a Klaudia Shulzhenko (1906-1984), a quien el autor del libro denomina “la Vera Lynn rusa”. Fue Klaudia una intérprete muy querida por sus canciones sentimentales -el género llamado despectivamente Estrada y que por estos lares podría tener su parangón en la copla de posguerra-, resaltando de todo su temario El Pañuelo Azul, una canción que, en tiempos de la II Guerra Mundial, se convirtió en un himno popular a la altura de Lili Marleen entre los soldados alemanes.
Otro personaje a descubrir gracias al trabajo de Michel Krielaars es sin duda el cantante Vadim Kozin (1903-1994) que, a pesar de los favoritismos y agasajos que le rindiera el propio Stalin y de un cancionero basado principalmente en la tradición gitana de origen rom que había legado su madre, acabó condenado al ostracismo tras ser víctima de una despiadada campaña de desprestigio por su manifiesta homosexualidad. La razón de tal oprobio, por supuesto, era bien otra: su condición de delator de la policía secreta, garantizándose así una falsa presunción de inmunidad para procurarse desesperadamente la preservación de su imagen pública y mantener incólume su estatus.
No podemos pasar por alto a la pianista Mariya Yúdina (1899-1970). Acérrima defensora del discurso atonal, las vanguardias y, en definitiva, todas las músicas prohibidas por el régimen soviético, no tenía reparos en poner su carrera e incluso su vida en peligro dando todo su dinero a otros músicos que habían caído en desgracia antes que ella. Yúdina nunca abandonó sus férreos principios vistiendo sus hábitos de monja en todas sus apariciones públicas y blandiendo su fe como una forma de resistencia. Entre sus méritos, más allá de los artísticos -la lista de menciones, premios y galardones es infinita-, está el de enviar regularmente paquetes de comida a los prisioneros de los gulags siberianos, ajustándose a los preceptos del ayuno místico y la vida austera y espartana, más propia de una monja eremita que de una música consagrada, rozando siempre la fina línea que separa la dignidad y la indigencia.
Son más los nombres que trufan este libro –David Oistrakh, Leonid Kogan, la Asociación Rusa de Músicos Proletarios (la RAPM), etc.-, de amena lectura y profunda erudición, escrito con un estilo vivencial que se empapa de las virtudes del buen periodismo de investigación. Krielaars no sólo se documenta de lo poco que las purgas dejaron inscrito en los archivos públicos y las hemerotecas, sino que se sirve también de visitas a museos y bibliotecas, entrevistas personales y notas a pie de página en los libros de memorias y autobiografías de quienes pudieron exiliarse para contar otras verdades sobre lo sucedido.
El de Krielaars es, por tanto, un excelente repaso a varios músicos que la historia soviética trató de borrar o marginar del recuerdo, y que tiene su continuidad en otros ensayos recientes como Los últimos pianos de Siberia, de Sophy Roberts (2021, Seix Barral), Leningrado, de Brian Moyanahan (2015, Galaxia Gutenberg) o El sonido en el gulag (2014), de Inna Klause, entre otros. Tan sólo se le puede poner un “pero” a este sistemático estudio de Krielaars, y es la falta de un índice onomástico que ayudaría mucho a localizar nombres y referencias en sus más de 300 páginas. Lo que sí hay es un listado final que reúne todas las obras musicales citadas en cada capítulo.
Abríamos la reseña hablando del pasado y conviene ahora volver al presente. Un tiempo, el de hoy, en el que el respeto por la obra ajena brilla por su ausencia y las autoridades competentes no hacen nada para protegerla salvo aplicar impuestos laxos sobre el precio de compra-venta del arte. Bienvenidos, pues, a la verdadera filosofía de la estética capitalista.
Iván Sánchez-Moreno | +Info | Relacionados


