Crónicas

Andrés Marín. «Arigatô Argentina»

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Sandaru. SFB El Dorado, 18 de junio de 2026

El bailaor sevillano Andrés Marín era el encargado de cerrar este trimestre tan completo en la SFB El Dorado.  La tarde no empezaba bien, el tren de Sevilla a Barcelona se había atrasado 2 horas, y los taxis no daban abasto, llegaron los artistas cansados y estresados, pero el espectáculo empezaba, con solo 20′ de retraso y fue un éxito. Marín ha estado en este escenario varias veces, creo que era la quinta, pero con este hombre, la sorpresa está asegurada. Lo habíamos visto hace un par de años con los hermanos Lagos, en 2021 con Pedro Barragán a la guitarra en aquel homenaje a Vicente Escudero, pero el que más recuerdo fue un espectáculo en diciembre del 2018 (era la primera vez que lo veía) traía como guitarrista a Salvador Gutiérrez, al cante Segundo Falcón y a la batería Daniel Suárez. Unos meses atrás había triunfado en la Bienal de Sevilla con su Don Quijote, y en la Sandaru, volvió sobre sus pasos, yelmo incluido (en este caso una bota en la cabeza).

Pero volvamos a este 2026, Andrés Marín venía acompañado por Alfonso Padilla López (saxos: tenor, soprano y bajo) profesor en el Conservatorio Superior de Música de Sevilla y miembro del cuarteto Ziryab y Antonio Torres Olmo al contrabajo. Torres Olmo tambien es catedrático en el mismo conservatorio y ha trabajado con orquestas de diferentes países, vale la pena constatar que tiene un instrumento fabricado en 1800 por el luthier Barbé «Père» con arco de similar calidad, supongo que no es el habitual para viajes, en todo caso el que usó, tanto con el arco como en «Pizzicato» el instrumento sonaba tremendo.

Presentaban Un aire de signos «Arigatô Argentina«, y a lo largo del concierto pudimos entender el título. Empezaban saxo bajo y contrabajo con arco, iluminados por un foco muy potente y el típico humo que se cuela en el escenario, consiguiendo una tensión interesante. Por cierto, el escenario no era el acostumbrado, un tablao enorme en el centro de la sala permite que haya espectadores en tres laterales, las gradas de siempre, un lateral y unas pocas personas en lo que habitualmente es el escenario, en el otro lateral, Padilla y Torres que ya están consiguiendo un climax muy particular, el saxo bajo no es un instrumento muy usual en estos eventos.

Por detrás de los espectadores del escenario clásico aparece Andrés Marín, va deslizándose entre ellos hasta llegar al escenario central. Vista un kimono negro (primera pista japonesa) encima de una camiseta negra, un pantalón corto y unas medias largas todo de mismo color, los zapatos de baile reforzados en punta y tacón con metal (de ahí esa potencia sonora) entre las medias y el pantalón, unos muslos descubiertos que le permiten percutir con saña (era impresionante el tono rosado que iba adquiriendo su muslo derecho) y es que el sevillano es un trabajador de la danza con lo que esto implica de esfuerzo físico.  En el escenario, una silla que apenas usó, y una sombrilla con cintas rojas (otro detalle) Según la cadencia, Padilla va cambiando de saxo, el bajo suele llevarse mejor con el arco en el contrabajo y el soprano con el pizzicato. El tenor tuvo un momento de gloria cuando Padilla lo hizo sonar sin soplar, solo percutiendo en las llaves. También el contrabajo nos sorprende continuamente, pasando de esos aires cercanos a Casals, a improvisaciones contemporáneas. Y que decir de Marín, parece que se mueva por impulsos, pero lo tiene todo controlado, excepto un movimiento que nos asustó con riesgo de caída, pero no fue nada, cosas de directo. Quiso darle la vuelta improvisando todo un baile subiendo por las escaleras de las gradas, con improvisaciones en cada escalón, ¡impresionante!

Se paseó por todo el escenario con esos movimientos tan precisos como los compases que defendió y al mismo tiempo con poses que de nuevo nos llevaban a esos personajes del teatro japonés, sobre todo cuando, avanzado ya el espectáculo se puso una máscara y un gorro blanco (como le gusta a este artista adornar su cabeza). Otro momento intenso; cuando se fue moviendo por el escenario, de rodillas y cantando una liviana. Otra demostración del esfuerzo físico. Respecto a la otra parte del título, Argentina, aprovecho una ligera pausa, para sentarse y escuchar una grabación con la voz de Argentina (la cantaora onubense). Hubo momentos en que pudimos relajarnos al ser la música más familiar para todos, con recuerdos del maestro Falla o el Zorongo (gracias Pedro, por tu memoria)  Para finalizar, había repartido Marín unos abanicos por el escenario, jugo con ellos, fantaseó de nuevo con el mundo japonés y se despidió de una manera original; un abanico rojo en su pecho iba latiendo dirigido a los espectadores. Una hora intensa que no dejó indiferente a nadie, tres artistas dialogando sin pausa, un espectáculo sin límites ni fronteras, porque se basa en la honestidad y en la pasión por el arte. + info  Fotos: Joan Cortès 

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