Vicenç Altaió: El somni de la subversió
Vicenç Altaió: El somni de la subversió
(2025, Galàxia Gutenberg)
Emparentado de lejos con el mítico anarquista Mateo Morral (1879-1906), Vicenç Altaió se presenta a sí mismo como “traficante de ideas”, pues a lo largo de su vida ha puesto su creatividad al servicio de museos, galerías y revistas de arte, libros de poesía y de vanguardia, y dirigido instituciones de gran influencia artística como el Centre Arts Santa Mònica, el Espai 10 de la Fundació Miró o el KRTU de Barcelona. Ha sido también actor, encarnando el papel de Giacomo Casanova en Història de la meva mort (2013, Albert Serra). En El somni de la subversió, Altaió reconstruye sus recuerdos durante la horquilla que va desde 1971 hasta 1985, la cual cubre el primero de los dos volúmenes que ocuparán sus memorias.
Aquella fue una era de disidencias que arrancaba con los últimos años del franquismo y se extendió poco más allá de la Transición, cuando del arte se hacía un arma política y no mera exposición de los egos individualistas. Al respecto, El somni de la subversió puede leerse como reverso o complemento de Los 70 a destajo: Ajoblanco y libertad (Planeta, 2017), de Pepe Ribas. Si bien éste se expresa para, por y desde la contracultura anarquista, Altaió lo hace desde el distanciamiento que otorga la poesía de vanguardia. Ambos casos encarnan una primera fuente fundamental para conocer la Intelligentsia radikal de la época y sus inmediatas consecuencias morales, sociales y políticas en aquella España gris del momento.
Fue sin duda un prolífico período de valentía creativa, cuando no había miedo al compromiso. Como ejemplo, vale la pena señalar que el propio Altaió defendió un trabajo de final de carrera puesto hasta las cejas de hachís para disertar sin tapujos sobre la filosofía de la Estética, con música de Pink Floyd de fondo; contra todo pronóstico se saldó su pericia con una matrícula de honor. Ésta iba a ser la línea gamberra a seguir, como bordó la polémica campaña “Barcelona més que mai” que representaba a la Moreneta de Montserrat con el gorila albino Copito de Nieve sentado en su regazo, a modo de Niño Jesús. Pero, a pesar del escándalo generado, consiguió su propósito de agotar las existencias del primer número de Àrtics que se anunciaba con la susodicha campaña: 3500 ejemplares en muy pocos días.
Àrtics es, junto a Èczema, Cave Canis y Tarotdequinze, algunas de las revistas de poesía y arte de las que Altaió estuvo al frente (o detrás, según se mire). A su alrededor fue estrechándose un círculo de amistades que iban repartiéndose el pastel a medida que se iban creando instituciones y cargos de dominio público en el sector, como también promocionando artistas autóctonos a nivel internacional. Es el caso de Perejaume, que se ganó su propio estudio de arte en un antiguo caserón por haber pasado con éxito una prueba de iniciación como las que describe Goethe en sus cuentos masónicos (Melusina, La serpiente verde) o Mozart en La flauta mágica. En este caso, y sin abandonar el género operístico, se trataba de acertar el título y el autor de aquella música que se escapaba por una ventana: Tristán e Isolda, de Richard Wagner (pág. 223).
Altaió parece haber sacado provecho del acelerado aprendizaje de sus primeros años moviéndose a sus anchas por el mundillo del arte. En sus cuitas como embajador de la cultura vanguardista de Catalunya, coincidió en Francia con la implementación de los programas de dinamización cultural promovidas por el ministro socialista Jacques Lang durante la presidencia de François Mitterand. Lang es quien tuvo la idea de institucionalizar el Día de la Música y crear fondos públicos para favorecer la compra de arte contemporáneo nacional y divulgarlo por todas las regiones del país, tanto en espacios públicos (plazas, jardines, parques, rotondas) como en museos y edificios que cubrieran algún espectro de tipo cultural (bibliotecas, colegios, teatros, etc.). Siguiendo esta premisa, además del apadrinamiento de J. V. Foix y Joan Brossa (a quien se puede ver en la foto de al lado junto al artista Alfons Borrell y el autor del libro, en la Galería Joan Prats de Barcelona), la labor de Altaió afianzó la fama de muchas personalidades del arte y la música como Carles Santos, Victor Nubla, Jaume Plensa, Miquel Barceló (del que hace una maravillosa presentación en las págs. 188-189) y el citado Perejaume, entre muchos otros.
Así, un sinnúmero de chascarrillos, anécdotas y sucesos van trufando las más de 400 páginas de estas crónicas, tan exhaustivas como detalladas y, quizá precisamente por eso, algo deslavazadas y de interés muy dispar. De hecho, son los primeros capítulos dedicados a la infancia y la adolescencia donde brilla más el estilo poético del autor, sirviéndose de frases cortas, magníficas y llenas de contenido lírico. A partir de su profesionalización en el medio cultural, la narración se vuelve más austera y apretada, lastrada por un exceso de nombres y apellidos que en ocasiones parece estar dándole un repaso a la agenda telefónica de un ministro. A pesar de ello, Altaió demuestra una gran riqueza retórica, un léxico precioso que muy seguramente le romperá la testuz a quien le encarguen la traducción del texto, originariamente escrito en lengua catalana.
Altaió, que inicialmente fue tentado por la psicología, pero sucumbió finalmente a los encantos de la poesía, no abandonó del todo aquella faceta, pues se confiesa lector devoto de Freud y Lacan por aquellos tiempos. Sus acercamientos a la alquimia –quizá de la mano de Carl Gustav Jung– le otorgaban una mejor comprensión de los versos de Blake, Dante y Rimbaud (pág. 96), pero también contó con la intervención de psicoanalistas para participar en varias performances (Myra Levy) y del préstamo de sus colecciones particulares de arte moderno (Joan Obiols).
El libro cuenta además con una gran profusión de fotografías y un índice onomástico para localizar las referencias que allí se citan, tales como las de David Bowie, Talking Heads y Sting, pero también se saca tangencialmente a colación a Jimi Hendrix y Jim Morrison por la revelación que significó para el autor su música y sus letras lisérgicas. De entre los músicos autóctonos, Altaió se explaya mucho más, ya sea hablando de las veladas musicales en Zeleste (de la mano de Sisa, la Orquestra Marisol y otras patums de la onda layetana) o de popes del folk contestatario como Ovidi Montllor, Lluis Llach o Maria del Mar Bonet. La alusión a Sisa –a quien le une su fascinación por Francesc Pujols, filósofo boletaire a quien Altaió cita a menudo– no sólo remite al estreno de la Nit de Sant Joan (Edigsa, 1981), sino también a la traducción al castellano de sus letras, entre oníricas y surrealistas, que Altaió compaginaba con la de las obras de Yukio Mishima.
El somni de la subversió, con el subtítulo de Memòries d’un traficant d’idees, permite también asistir a la introducción del minimalismo en todas sus vertientes artísticas, tanto en música como en poesía, pintura o teatro. Se entiende así la relevancia de nombres como los del mentado Carles Santos y el de Pascal Comelade entre otras tantas primeras banderas del minimalismo como Wim Mertens, Laurie Anderson o el estreno de las Civil WarS de Philip Glass y Robert Wilson y, de entre todos, la imponente presencia de John Cage, a quien Altaió dedica algunas de sus más jugosas páginas (y quien aparece en la foto de al lado firmando una dedicatoria para la revista Àrtics a finales de julio de 1985). En el libro también hay sitio para otros músicos de relumbrón como Mestres Quadreny, Salvador Brotons y hasta Iannis Xenakis, del que Altaió glosa una psicodélica puesta en escena con rayos láser sobre las termas de Cluny, en el barrio latino de París.
Iván Sánchez-Moreno | +info | Fotos: Toni Cumella (Portada) | Carlos Pazos (Copito de Nieve) | Pau Giralt-Miracle (John Cage)




