Wati Watia Zorey Band “Zanz in lanfér”

Wati Watia Zorey Band portada

Wati Watia Zorey Band
“Zanz in lanfér”. Air Rytmo, 2016

La condición de insularidad de la isla de Reunión y su situación geográfica tan estratégica en el Océano Índico ha ejercido de punto de encuentro entre culturas muy diferentes entre si. Al igual que otras islas situadas en el extremo sudoriental del continente africano, caso de Madagascar, Mauricio o las Seychelles, ha albergado a etnias tan diferentes como la arábiga, hindú, china, malaya y las procedentes del continente africano. Eso sin contar con la influencia de los colonos franceses que arribaron en el siglo XVII. Este crisol tan hibridado ha obrado como catalizador de una identidad propia a la que no escapa la música. Dentro de los géneros musicales que se dan en Reunión se encuentra la maloya, una música proscrita para los colonos dadas sus connotaciones subversivas y sus conexiones con el Partido Comunista de la Reunión. De hecho fue prohibida en la isla en los años setenta del siglo XX dado su carácter revolucionario e independentista. En este estilo musical tienen un papel predominante las percusiones locales (el roulér, o tambor bajo de barril que se toca con las manos; el kayamb, un sonajero fabricado con tubos y semillas de caña de azúcar; el pikér, un xilófono de bambú; el sati, una plancha de metal que se percute con palos; y el bobre, un arco con una calabaza muy similar al berimbau brasileño) y las voces cantadas en criollo. Quizás uno de los exponentes más conocidos de este estilo tan particular sea el popular Danyèl Waro, fundador del grupo Ziskakan. Aunque en el caso de Wati Watia Zorey Band este álbum tenga como faro musical la figura del malogrado Alain Péters, otra de las grandes instituciones de la isla. Con tan singular y onomatopéyico nombre se esconde la designación que utilizan los nativos de la isla para los extranjeros: zorey. Los once temas que componen el álbum tienen un alto contenido de psicodelia y abstracción por el tipo de arreglos y la utilización de instrumentos que poco tienen que ver con el tradicional maloya, léase la harmónica y la guimbarda de Thomas Puéchavy, que dota de una pátina de blues a las composiciones; el saxo de Rémi Sciuto; o el acordeón y la voz de Marjolaine Karlin. Si añadimos las percusiones de Salvador Douézy, la guitarra eléctrica de Arthur B Guillete y las voces de Rosemary Standley encontraremos una original vuelta de tuerca al género. Plime la misère suena a blues minimalista entonado por una suerte de coro eclesiástico. El tono reverberante de Caloubadia, con las voces y guitarras cargadas de delay otorgan un ambiente de lo más surrealista y dadá. Mangé pou le coeur o Romance por un zézère parecen tocados por la varita mágica del Tom Waits de Bone machine y sus fanfarrias espectrales. Mientras Rest´ la maloya suena a chanson francesa empapada de morriña oceánica. Como dice la nota adjunta en el disco, esta inusual orquesta ejerce como cronista “del descenso de un ángel al infierno”. Habría que añadir el adjetivo de catalizadora, dado el peculiar discurso con el que embarga al oyente esta rara-avis que es la Wati Watia Zorey Band+ info I relacionados I Miguel Ángel Sánchez Gárate

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