Valsos i Danses

orquesta.jpg Valsos i Danses
El Vendrell, Auditori Pau Casals
27 de diciembre de 2008

Tradición obliga. Algunas fechas van tan ligadas a liturgias e idiosincrasias que resultan tan anacrónicas como, de tan puro kitsch, incluso entrañables. Llegando el calendario a su fin, es inevitable simpatizar aunque sólo sea un poquito con los pacientes melómanos que sufren lo suyo viendo el legado cultural vienés –cuna de la música occidental moderna, según dicen– reducido a la nada anecdótica forma de los bailes de salón. Mientras los públicos más intimistas lloriqueaban a gusto a finales del siglo XIX con lieder románticos, otros se retorcían los meniscos con valses y polkas multitudinarias. Claro que adscribirse a un único estilo, sin embargo, comporta envejecer tan pronto como pasan las modas.
Eso ocurre cuando hay géneros que, como los antes citados, traen a la memoria imperios en decadencia, anuncios de cacao soluble y sopas de sobre, fiestas de Año Nuevo con champán y turrón, y campos de concentración. Y, por supuesto, hablar de valses es hablar de Johann Strauss junior (1825-1899)… y de la Marcha Radetzky, de Strauss senior (1804-1849).
Por eso, no podía faltar en el programa de la Orquestra Simfònica de Sant Cugat un extenso abanico de piezas típicas de dicho compositor: Die Fledermaus, Vida de artista, el kubrickiano Danubio Azul, etc. Después de su revisión de la ópera zarzuelera Marina hace unos meses, la orquesta liderada por el todoterreno Josep Ferré presentó un repertorio donde no sólo hubo cabida para Strauss, sino también para varios contemporáneos suyos –Ponchielli (1834-1886), Gounod (1818-1893), Waldteufel (1837-1915)–, además de autores autóctonos como Brotons o Rodríguez Picó. Entre los primeros destacó respectivamente una Danza de las Horas (de La Gioconda) a la que faltó swing y sobró bombo, y el ballet de Fausto que, de tan a saco, más que a azufre olía a pólvora –con una percusión tímbrica que asemejaba a aquello con la forja de Notung, la espada de los Nibelungos–, más una anodina interpretación de Los patinadores, de Emile Waldteufel. Pero más allá de unas obras de piloto automático y de estilo tachin tachin porrom ponpón, también se aventuraron con otras más arriesgadas que no obstante no desentonaban entre tanto material para pijos de la Corte austrohúngara. No sólo por las efectistas inclusiones fuera de programa de un breve jazz para big band y una poco más que graciosa pieza para palo de agua y orquesta de Leroy Anderson, o por la larga tanda de bises que cerró el concierto, sino por las composiciones de los dos catalanes añadidos al cartel.
Si de Salvador Brotons habían escogido una suite en la que se adaptaban varios villancicos populares –entre los que se colaban, entre otras, sendas versiones en clave fúnebre de El noi de la mare, El 25 de desembre y El cant dels ocells (muy acorde con el espacio donde se oficiaba la velada) antes de culminar en un brillante popurrí final–, de Rodríguez Picó se estrenó un fragmento de un encargo ligeramente inspirado en El ball de la cibada, cuyo tema retomaban los vientos y redimensionaban las cuerdas gradualmente, hasta verlo (o, mejor dicho, oírlo) transformado poco a poco en Quasi una polca a ritmos de la percusión.
Por desgracia, en la segunda parte primó más el espectáculo humorístico que el valor musical. Aunque los metales se prestaron comedidos y sin flatulencias, y la cuerda estuvo más o menos en su sitio, el abuso de golpes de efecto para épater les bourgeois lastró un poco la cita. Concebida para despertar la sonrisa y la complicidad de un público mayoritariamente de pelo cano, la mitad que arrancaba con la overtura de El barón gitano de Strauss caía en el exceso del almíbar y la permanente con laca. Desde el eterno numerito del músico de triángulo que espera su momento de lucimiento payasil hasta el atrezzo de barretinas, cabezudos, máscaras de cartón, disfraces de bandolero asaltaviejas, confetti y serpentinas que tiraban desde el fondo del escenario por no aburrirse mientras los compañeros pellizcaban pizzicattos, ya sólo faltaba la Marcha Radetzky para que, cómo no, los asistentes siguieran la pauta a palmadas. Y no, no faltó. Chimpón chimpón chimpón. // Iván Sánchez Moreno