Ute Lemper | XIII Festival Mil·leni

Lemper
Ute Lemper
| XIII Festival Mil·leni
18 de enero, 2012 Palau de la Música (Barcelona)

Ute Lemper volvió a la Ciudad Condal y al mismo recinto un lustro después de su anterior concierto para el mismo festival, con un programa casi idéntico a aquél –basado sobre todo en el cancionero de Weill, Piaf, Brel, Hollaender y Piazzolla, además de piezas de autoría propia–. La alemana sigue exprimiendo con gusto los géneros de corta distancia como el cabaret, la chanson y el tango, pero para esta ocasión ofreció una suerte de unplugged de su aclamado but one day… (Decca, 2002) sin anotar ni un solo guiño a los préstamos ajenos del muchísimo más reivindicable Punishing Kiss (Decca, 2000) –con temas de encargo de Cave, Costello, Waits, Walker y Divine Comedy– y el Songbook dedicado íntegramente a la música de Michael Nyman (Decca, 1991).

La alemana ajustó el repertorio a un mínimo formato con acompañamiento de piano y bandoneón, sugiriendo una descontextualización del tango entre Berlín y París de entreguerras. El inicio, al son melancólico de un improvisado bandoneón, ya fue toda una declaración de intenciones, entrando ella muy seria y marcando con sus tacones una fúnebre procesión. A partir de ahí, la artista puso sobre las tablas Lemper-picgrandes dosis de histrionismo (y elegancia) para tapar la falta de fuelle, aunque fuese el bandoneón el instrumento protagonista. El resultado, todo sea dicho, fue algo anodino y reiterativo.

Más recitado que cantado, este Último Tango en Berlín –que así se titula el espectáculo– sigue el hilo conductor de un exilio ficticio y personal a caballo entre el primer y el segundo cuarto del siglo XX, cuando las grandes ilusiones y esperanzas de la República de Weimar se desvanecieron en el aire como humo de colores, dejando en el ambiente un insoportable olor a podre, azufre y pólvora. Imaginemos la historia: Pongamos que un vagabundo, quien antes fuera un rico amante, mete en su maleta esas promesas de un mundo mejor. Pongamos que él se llama Johnny, Surabaya Johnny, y que en su memoria guarda los nombres de otros tesoros que ha ido acumulando a lo largo de su vida (Jenny, Lola, María de Buenos Aires…). Pongamos que abandona –por desamor– Europa y se embarca –por amor– con rumbo a América, donde la añoranza se mezcla con alcohol y las lágrimas fluyen después de cada risa, sin poder ni saber evitarlo. Pongamos que, por un tiempo, se establece en la capital argentina; que conoce los turbios ambientes de arrabal; que se labra una vida nueva (otro nombre, otra cara: pues destrozada quedó la anterior a base de reyertas, peleas y cicatrices de cuchillo). Pongamos que, un día, se descubre a sí mismo preguntándole a su olvido qué contenía aquella valija hueca que yace maltrecha bajo la cama. Pongamos que el eco del recuerdo tan sólo le devuelve un tibio aroma de colores, con sabor de mujer, imperceptible casi, ininteligible, en una mezcolanza de susurros en castellano, inglés, francés y alemán. Pongamos que, tras sentir el aguijonazo de una epifanía en el fondo del corazón, vuelve a casa vía Amsterdam. Pongamos que al llegar a puerto empieza a seguirle el rastro inverso a todos aquellos adioses que fueron también las últimas palabras de sus viejos amores (No me dejes, no me dejes más / Es necesario olvidar / Quién se escapa ya, de olvidar el tiempo / El tiempo de los malentendidos y el tiempo perdido / A saber cómo olvidar estas horas / Y a quiénes mataban, a veces, a golpes de “¿por qué?” el corazón de la felicidad… / Ne me quitte pas / Ne me quitte pas…). Pongamos que hace frío, que el eco del recuerdo es traidor y demasiado frío, que ese clima es más gélido que cuando huyó; que esperaba un calor impagable en un cuerpo que sin embargo ya no late. Que ahora es distinto, que todo ya es un puro jazz (All That Jazz), un azaroso e incierto presente improvisado que amenaza ruina (como la ciudad y las gentes de Mahagonny). Que, una tarde, en el ocaso del día, él cambia su vieja maleta vacía por una navaja y que ahora le llaman Mackie, borracho de nihilismo y cegado por la desilusión. Pongamos que, en este escenario sombrío, baja un telón donde luce bordada una esvástica en este Berlín que anuncia otros lodos de los que beber.

Fin.

Pero entonces nos percatamos de que todo era ficción, que estábamos ahí, extasiados, contemplando encandilados a la hermosa Ute tumbada sobre el piano, con su bello vestido ceñido de lentejuelas negras, jugueteando con una consonante entre el paladar y la punta de su lengua, haciendo acrobacias con nuestra conciencia para hacernos olvidar por un rato que ese pasado es ya nuestro futuro. Gozamos ingenuamente de su voz y su divinidad para darnos cuenta de que así bajábamos la guardia de nuestras angustias e inquietudes. No lo sabíamos hasta que volvimos a casa, y descubrimos sobre la cama una maleta rota preparada para prender. | + info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno