Trilogia de la Imperfecció: Nina


Trilogia de la Imperfecció: Nina
Sala Atrium  4 de marzo de 2017

Con Nina de Txèkhov, concluye la Trilogia de la Imperfecció, que la Sala Atrium ha tenido el valor de programar este año. Una apuesta arriesgada donde se unen tres de las obras más significativas del teatro de todos los tiempos. Obras con un denominador común: la mujer. Obras clásicas de las que, a través de la adaptación de las mismas, potencian las diferentes circunstancias en las que la protagonista, las protagonistas, se encuentran, reflejo de algunas de las realidades que el ser humano encuentra en su camino.

Tres actrices han dado vida a los personajes principales de las mismas, y si para Julia, basada en la Senyoreta Júlia de August Strindberg, fue Patricia Mendoza; y para Nora basada en la obra Casa de Nines de Henrik Ibsen, fue Mireia Trias; en esta última, que parte de La Gavina de AntonTxèkhov, la protagonista es Gal·la Sabatè, a quien acompaña en escena Jordi Llordella.

Un personaje que nos refleja la frustración de quien amando el arte, el teatro, en este caso, ve que la realidad es muy distinta de la visión utópica que tiene del mismo, porque otros muchos elementos ajenos a aquél, se cruzan en su anhelo de dedicarse a la interpretación, lo que le lleva a una situación límite.

Dirigida, como las otras dos de la trilogía, por Ramón Molins, de forma contundente y efectiva, quien también ha adaptado las obras, un ejercicio de gran dificultad del que consigue salir airoso; se ubica la acción en dos escenarios distintos superponiendo los tempos para explicar el recorrido interior que lleva a Nina a la rotunda decisión final.

Para ello se sirve el montaje, como ya hiciera en las anteriores obras, del recurso de la proyección audiovisual, que en algunos momentos resulta fundamental para el desarrollo de la trama, siendo incluso, en ésta, más importante que en las obras anteriores, con algunos momentos realmente inspirados, gracias a un juego de siluetas que, como sombras chinescas, complementan los hechos que los actores nos presentan. Nuevamente Joan Rondon es el artífice de que esto suceda.

Tanto Gal·la Sabaté como Jordi Llordella hacen creíbles sus personajes con una interpretación llena de matices que consigue trasladar al espectador los estados de ánimo de los mismos. Especialmente en el caso de Gal·la Sabaté, a la que la historia la lleva a por los caminos que van desde la inocencia a la desesperación, que nos logra ubicar en cada una de las circunstancias que la trasladan desde una situación a otra. También Jordi Llorella, a quien ya vimos en Julia,  consigue matizar esa pasión por las letras, que han destruido una madre castradora, y su amante: y por Nina y su rechazo, que le llevan a su autodestrucción. Aquí, como en las obras anteriores, también hay personajes que no aparecen en la escena, pero que son fundamentales en la trama. En este caso son la madre y su amante escritor, del que está enamorada Nina, los catalizadores de alguna manera de la acción, a los que oímos, desde una habitación contigua, los elementos que complementan el puzle dramático.

Si en Nora veíamos a la mujer que se siente como un objeto en un entorno que la oprime; y en Júlia eran las contradicciones las que la descolocaba y la llevaban hacia un final drástico; en Nina es la inocencia pervertida por el entorno, la frustración, lo que hace que la vida, para ella,  cambie de sentido. Tres retratos de mujer que, a pesar del tiempo transcurrido desde que fueron creados, son absolutamente vigentes, porque los sentimientos de ser manipulado, o de sentirse superior sin serlo, o de perder las ilusiones por culpa del entorno, son sentimientos aún vigentes y universales. +Info | Relacionados | Texto: Federico Francesch | DESAFINADO RADIO 

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