Sambayá

 

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“O norte do norte”, Youkali Music, 2018

Que el gran Chet Baker eligiera como último destino vital la ciudad de los canales holandesa, léase Amsterdam, no sería por azar. Quizás en ese aire bohemio y brumoso buscáse el sitio apto para reencontrarse con sus musas y relanzar su carrera desde esa ínclita pista de despegue.
Alejado de la tibieza de las playas cariocas, lo que se le podría presuponer a un disco de esencias brasileñas, el compositor, guitarrista y cantante Miguel Rubio, ha optado también por los Países Bajos como centro neurálgico para dar forja a O norte do norte. Quizás en esa antitesis de días nublados, y donde la lluvia manda, haya encontrado la inspiración adecuada para imbricar de soles, caipirinha y bossa nova a su nueva proclama discográfica, valiéndose de la morriña como resorte creativo.
En la jovialidad del título que da nombre al disco ya se aprecian indicios del tropicalismo que enarbolaron Os Mutantes, y ese sesgo psicodélico propio de Tom Zé, que se nota en el acabado de unos arreglos que aportan un tono lúdico y desenfadado, que no experimental.
Mudança, que empieza con un tempo pausado y sazonado de nostalgia, pronto muta a un ritmo luminoso cargado del groove de los teclados y el bajo, en un formato propio del Caetano Veloso más ácrata y manierista. De hecho hay algo en la voz de Miguel que remite al timbre del hijo pródigo de la canción brasilera.
Relógio de areia rezuma el intimismo y buen hacer de compositores y guitarristas contemporáneos como Márcio Faraco o Celso Fonseca.
Las flautas con que se inician Buraco negro y O canto das horas transmiten el hálito de Hermeto Pascual, aunque los derroteros posteriores deambulen por otros preceptos menos vanguardistas y más afables.
Eva es una balada donde manda la desnudez y el acompañamiento se vuelve más sutil y vaporoso.
El optimismo la y positividad rezuman en Na hora do compromiso.
Los murmullos infantiles y el xílofono de Cade Peter Pan? dan pie a una suerte de nana donde parece rendírsele homenaje a la ingenuidad y al País de Nunca Jamás.
El álbum acaba con Marta, una canción de amor más nocturna, en la que la voluptuosidad de unos arreglos jazzísticos de guitarra podrían rememorar el espíritu cool del Chet Baker más romántico. Ese que se quebró tras precipitarse desde la ventana del hotel Prins Hendrix.
En este caso, y paradojas de la vida, “el norte del norte” puede resultar tan cálido o más, si cabe, que “el sur del sur”. Que se lo digan a Miguel Rubio. + info I Relacionados

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