Ryuichi Sakamoto

Ryuichi
Ryuichi Sakamoto

Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona

Palau de la Música, Barcelona 18 de noviembre, 2011

Lo de Sakamoto viene siendo puro transformismo desde que abandonara las filas de la Yellow Magic Orchestra. Después de acaparar 1 Oscar, 1 Grammy, 2 Globos de Oro, 1 Premio MTV, varios papelitos como actor cinematográfico, además de componer bandas sonoras de éxito (para Bernardo Bertolucci, Brian de Palma, González Iñárritu, Nagisa Oshima, Pedro Almodóvar, la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona…) y diversas colaboraciones de enjundia (David Byrne, David Sylvian, Arto Lindsay, Rodrigo Leao, Caetano Veloso, y un largo etcétera), Sakamoto ha mudad tantas veces de piel que se hace difícil ubicarle en un sitio fijo. Por eso no nos sorprende nada que apenas hace unos meses se paseara por el Auditori de Barcelona entre los actos del último Sonar y ahora se presente en formato de trío acústico en un Festival de Jazz junto a Jacques Morelenbaum (chelo) y Judy Kang (violín).

En su autobiografía La música os hará libres (2011, Altaïr) –un título, por cierto, que recuerda peligrosamente a ese otro infausto eslogan a las puertas de un campamento polaco–, dice Sakamoto que antes que Sakamoto hubiera preferido ser Claude Debussy. En discos como BTTB (1999, Sony), 1996 (1996, BMG), Playing The Piano / Out Of Noise (2009, Decca), o sus incursiones en el ambient gafapástico junto a Fennesz, Alva Noto o Christopher Willits ya deja patente su querencia por los impresionistas franceses, usando el piano tan sólo para remarcar los acentos sobre un melifluo fondo sonoro. Al menos así sonó el Sakamoto que inició el recital, improvisando con las teclas a partir de una música enlatada en un laptop.

Antes, Sakamoto quiso ser John Cage y Luigi Russolo jugando con el azar, provocando sonidos imprevistos percutiendo sobre las cuerdas del piano con cadenitas, campanitas y canicas, sacando provecho del eco de las maderas y “dialogando” (en vivo) con el canto (grabado) de los pájaros. Este arranque del concierto ya nos puso en guardia a unos cuantos ante la amenaza experimental que asomaba sin disimulo. El murmullo de toses impacientes que surgió poco a poco entre el público ya avisó al japonés de que la improvisación empezaba a ser más larga que el aguante de muchos.

A partir de ahí, todo fue un baile de máscaras. Si primero quiso ser Debussy disfrazado de Cage, después se vistió de Arvo Pärt llevando la levedad hasta el extremo del aburrimiento. Donde antaño hubo ritmo, Sakamoto ahora tensa el tempo, desnudando tanto de abalorios sinfónicos algunas de sus piezas que dejó en evidencia sus propias limitaciones compositivas. De hecho, nunca fue un virtuoso, y quizá por Ryuichi-piceso se empeña tanto en las últimas décadas en trascender como un músico de new age para novias en celo. Agotados los clichés de un minimalismo mal entendido –que, de tan mínimo, convertía sus temas clásicos en miniaturas estiradas sin apenas desarrollo–, recurría infructuosamente al apoyo de sus acompañantes para que dieran color a un suflé sin volumen. Pero las variaciones casi no pasaron de ser un mero apunte, tan sutiles como la iluminación escénica que aprovechaba el reflejo de la luz proyectándose en los bellos mosaicos del fondo. 

A la hora de concierto no le quedó más remedio que repescar sus hits, empezando por Feliz Navidad Mr. Lawrence y continuando con Tacones Lejanos y guiños a Tom Jobim y Astor Piazzolla. Pero adoptar un estilo no significa entenderlo, y en el caso de Sakamoto la perfección técnica marcó una severa distancia con lo que en otras manos podría solventarse con arranques de pasión. El exceso de afectación residía aquí en los ademanes del pianista, aunque con tanta contención que anulaba cualquier conato emocional. Tal vez tenga razón Alessandro Baricco en sus Barnum (2011, Nortesur) cuando afirma que lo que hace Sakamoto es romanticismo para adictas a la peluquería. Así lo puso de manifiesto la segunda mitad del concierto, más rítmico pero de escaso relieve, donde el músico imitaba ahora a un Wim Mertens contemplativo, a un Michael Nyman para anuncios de coches, o incluso a un émulo de Steve Reich en la superposición de clusters armónicos.

Pero no será hasta la tanda de bises –y con profusión de fugas de espectadores antes de su regreso al escenario– cuando recuperamos al Sakamoto que más nos gusta, ese tan tremendamente dramático, tan melódico y ñoño sin caer en el kitsch. Primero engarzó una suite de leitmotivs de Hara-Kiri (2011), su última contribución al cine de la mano de Takashi Miike. Contrarrestó a continuación con una traviesa deconstrucción de El cant dels ocells, un atrevimiento en clave electrónica que seguramente hizo estremecer las polillas entre los cimientos de tan sacrosanto lugar. Y, sin embargo, Sakamoto conjuntó (muy bien) las vértebras de este himno universal con los modos “pajariles” de Olivier Messiaen, cerrando de esta forma un círculo con respecto al inicio del concierto.

Pese a todo, Sakamoto no consigue desprenderse de tu propia falta de genio, por más que se dedique a fagocitar lenguajes o suplantar roles que a veces le vienen grandes. A sus 60 años aún sigue buscándose, pero lo que en otros es un signo de honestidad, en él es un descrédito constante del pasado del que parece querer huir. Como si temiera que, al ser aquélla “música fácil”, fuese de menor calidad, lo cual ateniendo a sus virtudes, es un planteamiento equivocado: Sakamoto es un gran “vestidor”, un excelente sastre de trajes bonitos que no aprietan y que no desentonan, pero que no pueden competir con otros modelos expuestos en el escaparate. Pretender lo contrario, como tanto insiste desde que se le plateó el cabello, es un error que le va a pesar como a un cristo la cruz del calvario. En el fondo, seguimos añorando aquel vitalista petardeo de Heartbeat (1991, Virgin), Beauty (1989, Virgin) o Neo Geo (1987, Sony), por citar algunos de sus álbumes más coloristas. Ojalá no sea síntoma de maduración nihilista, pero si en definitiva el concierto fue en algo inspirador será en beneficio de insomnes contumaces. O, dicho de otra manera y tal y como lo anunció un vecino de palco: “tanta belleza me cansa”. | www.sitesakamoto.com | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno