Rumba para Bebo

RumbaParaBebo
Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona
Sala Barts, 29 de octubre de 2013

Muchas veces un acontecimiento programado no tiene el mismo sentido para quien lo programa que para quien asiste, porque éste busca otra cosa de la que teóricamente se le está ofreciendo. Pero la otra noche, los espectadores no venían a ver a uno u otro artista, realmente era un homenaje al gran Bebo Valdés lo que todo el mundo iba a rendir. Y por eso, que el concierto empezara casi con 45 minutos de retraso; que la sala Barts estuviese absolutamente llena, más de 1200 asistentes con las entradas agotadas, y que por ello hubieran ciertas dificultades para bailar; que en algunos momentos las personas que llenaban la platea tuviesen que comprimirse para dejar sitio a los bailarines oficiales del espectáculo; no tuvo ninguna influencia, porque todos estaban allí para recordar al viejo maestro, y las posibles incomodidades se obviaban con su recuerdo, y con la actuación de los numerosos músicos que iban pasando por el escenario y que también estaban dedicando su música al gran Bebo Valdés desde el reconocimiento y el amor, dando lo mejor de sí cada uno de ellos.

Para abrir la noche, y solo con su piano, Chucho Valdés interpretó Oleaje, un tema de su padre, con su forma característica de tocar el instrumento. Le habíamos preguntado el día antes, en la presentación del concierto, cuánto había de su padre en su forma de tocar: “Al principio, todo”, nos dijo, y luego nos estuvo explicando su paso por diferentes escuelas e influencias, hasta llegar a su estilo actual. Dejó luego el piano, junto a su banda, The Afro-Cuban Messengers, a Javier Massó Caramelo, para que interpretaran otro tema de Bebo Valdés, Con poco coco; y Caramelo le cedió los teclados a Lázara Cachao, una magnífica representante de la saga de los Cachaos, que interpretó Descarga del Bebo y, junto a Mayra Caridad Valdés, hija de Bebo y hermana de Chucho, Serenata en Batanga, ambas también del homenajeado; dejando paso a Chucho Valdés para que cerrara esta primera entrega de composiciones de Bebo Valdés con La rareza del siglo, donde entabló un dialogo con las palmas del público y el piano, que entusiasmo a los asistentes.

Llegó entonces uno de los mejores momentos de la noche, y eso que éstos fueron muchos, con la entrada en escena de Jerry González, Javier Colina y el piano, nuevamente, de Caramelo, para ofrecer la eterna canción de Consuelo Velázquez, Bésame mucho, en una versión a trio absolutamente insuperable, especialmente la trompeta de Jerry González que a pesar de su edad, llenó el escenario de sabiduría musical; el contrabajo de Javier Colina, al que recordamos en ese momento acompañando a Diego el Cigala y Bebo Valdés en la presentación de su disco en el Teatro del Liceo; y el perfecto complemento del piano de Caramelo.

Y luego llegaron al escenario Omar Sosa y el grupo Malongo para poner un poco de música de raíces africanas en el ambiente con Invocación. Con un Omar Sosa algo oculto por la profusión de percusiones y voces, pero que nos ofrecía una interpretación sobresaliente de este tema tradicional que cantaron y bailaron entre el escenario y la platea, en el hueco que abrieron entre el público, con un entusiasmo contagioso. Finalizaba así una primera parte virtual, porque el concierto se siguió desarrollando sin solución de continuidad.

Entonces asistimos al momento más íntimo del mismo, donde Mauricio Vallina, el extraordinario pianista que acababa de llegar de París después de participar en la Salle Pleyel, junto a otros catorce concertistas, entre ellos Martha Argerich, en la integral de los conciertos para piano/teclado y orquesta de Bach, interpretó las Tres danzas cubanas y las Tres danzas afrocubanas de Ernesto Lecuona, uno de los compositores preferidos de Bebo Valdés. Luego, junto a Paloma Manfugás, interpretaron a cuatro manos una de las Tres danzas de Ignacio Cervantes, bajo la respetuosa atención del público ante esas melodías que tanto le gustaba interpretar al maestro ausente, a pesar de estar deseando volver a moverse al ritmo de la música.

De nuevo Chucho Valdés, esta vez con Javier Colina, para ofrecer otro tema de su padre, Bebo’s blues, otro de los momentos álgidos de la noche, con un dúo, que de por sí ya justificaba todo el concierto. Y a continuación, salieron a escena, con ellos, Mayra Valdés y la percusión de los The Afro-Cuban Messengers, con cinco parejas de bailarines, para tocarnos Lágrimas Negras, una canción que no podía faltar, donde volví a recordar a Diego el Cigala, posiblemente el único gran ausente de la gala. Fue muy interesante el piano de Chucho, que empezó interpretando el tema al principio con las mismas notas que lo hiciera su padre, en su momento, y luego, poco a poco lo fue llevando a su terreno, confirmando de alguna manera aquello que nos había comentado el día anterior.

Y a partir de aquí empezó el camino hacia la apoteosis. Pan con timba abrió el principio del fin, con Lázara Cachao por Chucho Valdés y Jerry González, por Mayra Valdés. Y luego fue el turno de David Pastor y Eladio Reinón, junto a Caramelo y la banda, para interpretar Descarga Caliente, como la anterior de Bebo Valdés, otro de los momentos mágicos de la noche, especialmente por la trompeta de David Pastor que está en un momento de gracia permanente.

Salieron a escena Chucho Valdés y Jerry González para completar el grupo e interpretar Bebo, una canción que el pianista le dedicó a su padre, otra exhibición de buen hacer por parte de todos los músicos; que dio paso al final del concierto.

Nos explicó Chucho Valdés que, soñando, le vino una melodía a la cabeza, que escribió al despertarse, y que, aseguraba, su padre se la había dictado al oído. Y a esa canción le dio el nombre, con permiso de Jerry González, por aquello de la Rumba para Monk que éste compusiera, de Rumba para Bebo. Todos los músicos y bailarines a escena, todos cantando, tocando y bailando ese tema que definía lo que había sido la noche y la intención con que se había programado el concierto, seguir la consigna del gran Bebo Valdés: “El día que me muera, no quiero lloradera” Explicaba Chucho Valdés que, ya desde niño, siempre oyó a su padre decir que su funeral debía consistir en que la gente bebiera ron, comiera chocolate y bailara hasta el agotamiento. Y eso fue lo que ocurrió. La organización, que pese a los detalles que he comentado antes, demostró una perfecta capacidad para dirigir un espectáculo con más de cuarenta artistas, en el que no hubo ni tiempos muertos ni ningún tipo de descontrol, ofrecía a la entrada de la sala ron y chocolate y los músicos, una vez dentro, la posibilidad de bailar con sus interpretaciones. El tema Rumba para Bebo, que se alargó casi veinte minutos de paroxismo musical, incluso con algunos espontáneos que se subieron al escenario, fue el punto culminante de la velada, aquel en el que casi parecía que iba a aparecer en escena de un momento a otro, el Maestro, para agradecer a todos los presentes la fiesta que estaban montando en su honor y, por supuesto, añadirse a ella.

Unas imágenes de Bebo Valdés en la pantalla, con el fondo musical de My River interpretado por él mismo, despedían definitivamente al público, provocando más de una lágrima entre éste, pero no una lágrima de tristeza, sino de feliz recuerdo por lo mucho que nos dio aquel músico único, y por lo que su música nos seguirá dando. + Info | Texto y fotos: Federico Francesch | DESAFINADO RADIO