Roger Mas & la Cobla Sant Jordi

 

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Roger Mas & la Cobla Sant Jordi | Festival Barnasants
L’Auditori, Barcelona. 24 de marzo, 2012

De un tiempo a esta parte están proliferando las revisiones en clave sinfónica que muchos artistas hacen de su propio repertorio: por citar algunos ejemplos, piénsese en blandurrios como Sting y sus Symphonicities (Deutsche Grammophon, 2010) o, por estos pagos, Antònia Font con su Coser i cantar (Blau/Discmedi, 2007). Lo de tamizar el cancionero a través de la sonoridad de una cobla tampoco es nuevo: justo el año pasado, Pascal Comelade hizo lo propio con la Cobla Sant Jordi, formación con la que Roger Mas ya había coincidido en su anterior disco, A la casa d’enlloc (Satélite K, 2010).

Es de aquí de donde germina la primera semilla de este proyecto que ahora nos ocupa, y más concretamente la pieza El dolor de la bellesa, particular homenaje de Roger Mas a la música western de Morricone –lo que él ha denominado “sardana de frontera”–, con las características letras poéticas y surrealistas que planean sobre otros trabajos más extemporáneos como Mística Domèstica (K Indústria, 2005) o dp (K Indústria, 2003). Animado por el amigo Xavier Guitó, quien se encargaría de todos los arreglos cobleros, el de Solsona estrenó en público esta nueva orientación de su obra el pasado diciembre, en su pueblo natal. La grabación de aquellos primeros conciertos –que ha editado en un tiempo récord el sello Satélite K (2012)– era la excusa para su segunda puesta de largo sobre los escenarios. Esta vez, en la Ciudad Condal y entre los actos organizados por el Festival Barnasants.

Roger y la Cobla Sant Jordi se ciñeron al mismo guión y orden que aparece en el disco, con muy contadas variaciones (como la inclusión del Tema d’Isàrnia). Dirigidos desde el piano por el citado Guitó (pequeño y peludito como el teleñeco Rufo) y secundados por los músicos Arcadi Marcet y “Pinyu” Martí (en el contrabajo y la batería, respectivamente), transformaron el temario de Mas de manera muy sutil en ocasiones, y en otras con un celo ornamental que según la pieza le venía algo grande. La incorporación de los metales y de instrumentos de doble caña daba un brillo inusitado. Decimos inusitado y no sin razón, ya que, contra todo pronóstico, el resultado lució un poco opaco, estéticamente hablando.

Fuera quizá por un exceso de amplificación que hizo un flaco favor a la voz de Roger, quien se veía forzado a castigarla para hacerse oír por encima de la cobla. O fuera tal vez por el tono fúnebre (empezando por el riguroso negro que vestían todos los músicos) que imprimió la velada, incluida una escenografía austera y apoyada únicamente en proyecciones de estrellas, oleajes, lunares y raíces. Este simbolismo tendría su justificación en el diseño de la carpeta del disco en cuestión, concebida por Oriol Malet a partir de un CD de barro realizado por Perejaume. No obstante, el aura pastoral que surca otros trabajos de Roger –como Casafont (Picap, 1999) o Les Flors del Camí (Picap, 2001)– quedaba aquí ahogado por el envoltorio, entorpeciendo su sentido original. Al respecto, las intervenciones de Roger Mas no tomaron un total protagonismo, sino que se limitaban a marcar las entradas y salidas de los pasajes cobleros.

Es el caso –evidente, por otra parte– del Introitus lacetanorum y El rei dels núvols, instrumentales que abrieron el concierto y que marcaron el tono del resto de las canciones. A partir de ahí se encadenaron versiones de Mikel Laboa (Haika mutil), Barbara (L’aigle noir, que popularizaría Maria del Mar Bonet en catalán), Fabrizio de Andrè (Amore che viene, amore che vai) y poemas de Maria Mercè Marçal (Si el mar tingués baranes), Rosalia de Castro (Negra Sombra) y mossèn Cinto Verdaguer (Caminant). En cambio, Muixeranga, basada en las secuencias Fibonacci –y que ya antes inspiraron a otros compositores clásicos como Béla Bartók y Sofia Gubaidulina, entre otros–, se alargó demasiado y dejó descolocada a mucha gente, al carecer de una breve introducción por parte del autor que diera pistas sobre su contenido y su forma de procesión de Semana Santa (como síntoma de lo dicho, alguien cantó un bingo en la sala). Por el contrario, un excelente ecuador de aires medievalizantes enlazó El Testament d’Amèlia con una revisión de Michela, bordada con una guinda de armónicos tibetanos a dos voces a cargo de Guitó y Mas. Ese marco fue sin duda el más aplaudido, pues lograba combinar lo tradicional, lo popular y lo antiguo sin miedo al rompimiento y la vanguardia. Pero, grosso modo, los arreglos se notaron algo apretados, hasta cierto punto conservadores y temerosos de pervertir el cancionero ajeno o molestar a los puristas.

Esa sensación se repitió en el tercio final y en los bises, donde ya todo aroma a psicodelia folk que podría haber asomado en L’home i l’elefant o en Valent com la lluna se esfumó en el intento de juntar copla y cobla (La bien pagá, de Miguel de Molina), el pasodoble Oda a Francesc Pujols y el momento culminante de la noche, con un tímido izado de estelada durante la interpretación de La Santa Espina, inmortal sardana de Enric Morera que Roger Mas presentó traviesamente como The Holy Thorn de Johnny Cash. Había nervios y mucha expectativa. Y quizá eso puso el listón demasiado alto antes de comenzar. Problemas técnicos y de ritmo aparte, siempre gozaremos del Roger Mas intimista y de cortas distancias de sus inicios, o bien del épico y místico como el que nos sorprendió con obras magnas (y todavía insuperables) como Les cançons tel·lúriques (K Indústria, 2008). | + info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno

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