Rodrigo Cuevas

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Tradicionarius. Palau de la Música (Barcelona), 19 de marzo, 2021

Cuando se habla del folklore peninsular generalmente se recurre siempre al flamenco, obviando que el resto de autonomías presume también de sus propias músicas de raíz. Subsanar este estereotipo es una de las premisas de la que parte la manifestación estética de Rodrigo Cuevas quien, desde sus inicios, ha ido investigando el folklore asturiano combinándolo con una original pátina electrónica. Así lo plasma en Trópico de Covadonga, gira que tiene por motivo la presentación en vivo de su último y aclamado disco, Manual de cortejo (Aris Música, 2019). El concierto que nos ocupa fue el estreno público del ciclo Fronteres con el que el Centre Artesà Tradicionarius y el Palau de la Música aúnan fuerzas en tiempos de covid para paliar los problemas de aforo que la pandemia pueda sojuzgar. Fue éste el primero de los dos conciertos que Rodrigo preparó en el Palau, pero a tenor del éxito de aforo –lleno hasta la bandera– podemos augurar el mismo buen saldo para el concierto del día siguiente. Para su puesta en escena se valió de una solvente banda de cuatro músicos que ya han colaborado estrechamente con Rodrigo Cuevas en sus anteriores trabajos discográficos. No obstante, y ateniendo al hecho de co-acreditar el mencionado CD junto a Raül Refree (Rosalía, Albert Pla, Roger Mas, Lee Ranaldo, Bunbury, etc.), se echó de menos no sólo su intervención en el susodicho bolo sino, al menos, una mínima referencia a su persona, siendo aquél oriundo de la Ciudad Condal. Rodrigo Cuevas ronda a Raül Refree, reza el subtítulo del citado Manual de cortejo, y precisamente de eso va el álbum en cuestión. Ambos se embarcaron dos semanas por diversos pueblos asturianos para charlar durante horas con las mujeres más viejas que aún podían recordar las antiguas canciones de ronda que se estilaban entre las mocedades rurales en los rituales de cortejo. Fueron muchas horas grabadas y regadas con café con leche y galletas que dieron por resultado un soberbio trabajo de etnomusicología compartida en el que, por una parte, se reivindican los valores de la vida ancestral y, por otra, se modernizan viejas tonadas para recuperarlas del ostracismo y del olvido, así como personajes míticos del pasado como Alberto Alonso Blanco (1928-1976), artista del transformismo más conocido como Rambal, o la villana que se rebeló contra el caciquismo de su pueblo al negarse a pagar el diezmo a los señoritos que seguían beneficiándose de los privilegios feudales en pleno siglo XX. La filosofía del proyecto podría muy bien resumirse con una anécdota del propio Cuevas, quien recordó que sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, para rondar a la moza deseada, se desgarraban el alma y la garganta al cantarle alguna copla bajo el balcón, a la espera –a veces prolongándose durante años– de que ella concediera finalmente su mano. Hoy, por el contrario, basta un anodino whatsapp impersonal para montárselo improvisadamente con algún ligue sin nombre. Si el cortejo está en decadencia, que es la esencia del romance, habrá que empezar a entonar una misa de réquiem por lo que va siendo el alma humana. Partiendo de esta base, el título de Trópico de Covadonga no sólo homenajea a un clásico de la literatura erótica de Henry Miller (1891-1980), sino que recrea algunos de estos ritos de apareamiento en forma de rondas, coplas y bailes de cortejo redescubiertos tras escarbar durante horas en fonotecas como las del Archivo de Fuentes Orales para la Historia Social de Asturias (AFOHSA). De esta vertiente surgen piezas como Muerte en Montilleja o el Xiringüelu, presentes en el repertorio de la noche. La primera es una reinterpretación moderna de una ronda a ritmo de fandango, mientras que la segunda remite a un ritmo asturiano que Rodrigo demostró que se ajustaba al baile del perreo reguetonero. Por su parte, Ronda de Robledo de Sanabria conecta con lo más primitivo, como demuestran esos alalás que ponen los pelos de punta, esa concha pagana que Rodrigo sopló en mitad de sus alaridos primarios que, sin palabras ni necesidad de ellas, brotan desde lo más pulsional mientras imágenes de mujeres desnudas de hace ya más de un siglo se paseaban impúdicas por la pantalla al fondo del escenario. Esa ancestralidad que liga lo atávico del ser humano con las fuerzas más naturales y asilvestradas es lo que vertebraba en principio el hilo conductor del concierto. No obstante, cabe recordar que un cantautor es un artista que, durante sus actuaciones en vivo, habla más que canta, y Rodrigo Cuevas no iba a ser una excepción. Confiado a unos monólogos entre canción y canción en un catalán más que potable, y acompañado siempre por proyecciones de fotomontajes acordes con cada tema, Rodrigo hizo de su propia persona el centro de todas las atenciones. Esto no es ni bueno ni malo si responde a un criterio determinado, pero el hedonismo sin objeto también puede entenderse por un narcisismo exhibicionista que entonces tiene más de gratuito que de efectivo. Y es que 90 minutos sin pausa pueden lastrar algo el desarrollo de cualquier evento si no queda claro si el protagonismo lo detenta quien habla o aquello que cuenta. yH5BAEAAAAALAAAAAABAAEAAAIBRAA7 - Rodrigo Cuevas

Manual de cortejo merece más que un culto al yo, pues detrás de ello hay un mensaje ético y estético que no quedó del todo claro. La bajona llegó con una parodia a Camilo Sesto (1946-2019) que, aunque graciosa, parecía fuera de lugar en el curso del concierto. Y es que un recital que se abre con El día que nací yo y que se cierra con el sensibilísimo canto de los Cesteiros no debería caer en la superficialidad tan gratuitamente. Sonaron también Rambalín, esa habanera preciosa que gana enteros con cada nueva escucha, y la Muñeira para a filla da bruixa, hasta una Pena en los bises con aire de batucada en la que los músicos fueron intercalando sus voces en una pelea de gallos a la antigua usanza, rondándose entre sí con pícaros versos. El momento de la algarabía podría haberse prendido con los rescates de alguna pieza de su pasado reciente, como su versión del Ritmo de la noche del grupo Mystic que lo petó en la década de los ’90, o alguno de sus soberbios covers de Tino Casal (1950-1991). Por lo visto, el interés de este Trópico de Covadonga no quería desmarcarse en absoluto del contenido del Manual de cortejo, lo que en parte encorsetó un poco el desparpajo natural de Rodrigo, que no dejó de calzar sus madreñas en todo momento. Huelga decir que un espectáculo como el presente hacía rememorar aquellas soirées vanguardistas de Laurie Anderson, quien amalgamaba en sus directos el espectáculo visual, el uso del spoken word y la expresión gestual con un importante tratamiento electrónico de la percusión, sobre todo en lo que concierne a cueros y maderas. Al respecto, el trabajo de Juanjo Díaz, Rubén Bada y Tino Cuesta fue magistral, secundados por la bella voz de Mapi Quintana en los coros. A la fiesta se sumaron también María Rozalén y la intérprete en lengua de signos Beatriz Romero, planteando la pregunta de por qué tan sólo intervino en dos únicas canciones y no en todo el recital, pudiendo así acceder a todo el concierto el colectivo de personas sordas. Cabe preguntarse si aquello tan sólo respondía al capricho o a la sincera voluntad de una propuesta inclusiva. De ser así, convendría señalarlo desde el principio. De lo contrario, la intención respondía tan sólo a un épater les bourgeois que podría herir alguna susceptibilidad. Hay que andarse con tiento con estas cosas. Es una lástima que quede para otra jornada retomar la particular revitalización que Rodrigo Cuevas ha dedicado a la copla en pretéritas ocasiones. Lo que él ha denominado como electrocuplé integra de manera inteligente el cabaret, el burlesque, y hasta la zarzuela con un fino sentido del humor, indagando en los rabales de la contracultura y la sexualidad. No es que la idea sea nueva, pues antes del revival de la copla que promovieron recientemente Silvia Pérez-Cruz, María Rodés o La Shica, el género ya había sido reverdecido por nombres mayúsculos como Martirio o Javier Corcobado a finales del siglo pasado. Si se le insufla de las sonoridades que el buen uso del revox con el que Brian Eno ya trajinó lo suyo y la exploración de las músicas autóctonas rarunas como han hecho Björk o Tagaq con la cultura inuit, combinando instrumentos orgánicos y electrónicos, el resultado puede parecer más genuino de lo que en realidad es. Faltaría ponerle al asunto el punto de astracanada que desde los tiempos del dandismo post-romántico han sido el fuelle del glam-rock para acá, en cuya estela se pueden citar tantos nombres que haría falta un libro entero. Rodrigo Cuevas sería uno más a añadir aquí, pero estamos convencidos de que pronto estará entre los primeros. + info | relacionados

fotos : Arnau Cristóbal

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