Rocío Molina

RocioMolinaTA2015
Temporada Alta

La Canal. Salt 12 de octubre de 2015

Estoy seguro que mucha gente no va a estar de acuerdo con lo que voy a decir, pero, y hablo no solo de percepciones personales, sino de mucho más, se está gestando una pequeña, o no tan pequeña, revolución dentro del mundo del flamenco. Y no una revolución, como otras que ha habido, con la asimilación de estilos ajenos o con la inclusión de instrumentos nuevos. No estoy hablando del flamenco-rock, de la salsa flamenca, del bajo eléctrico o la flauta, incorporada a los instrumentos tradicionales. Estoy hablando de un movimiento que desde el interior del género, esta revolucionándolo, para alegría de muchos y escarnio de otros tantos.

Para ir rápido, dejadme que os cite cuatro casos que he tenido muy cercanos, a los que he oído, he visto y con los que he podido conversar. Los cito por orden cronológico, según los he ido conociendo. El primero Raúl Rodríguez que con su disco y sus trabajos de investigación está subvirtiendo muchas de las teorías clásicas e inamovibles sobre los orígenes y la evolución del flamenco. Rocío Márquez, siguiendo la huella de gran Pepe Marchena, desde lo clásico, está llegando a lugares que transcienden lo ortodoxo y abriendo caminos hacia una Dimensión desconocida, perdonad la broma. Cercano a ella, también buscando con la voz nuevos caminos, está el Niño de Elche, que, posiblemente, ha dado un paso tan de gigante que a algunos les cuesta ver su relación con su etapa de cantaor clásico, digo clásico porque cantaor lo sigue siendo, sin duda. Y dentro del baile destacaríamos a Rocío Molina.

Afectos era el espectáculo que presentaba la otra noche en Temporada Alta, junto a la cantante Rosario La Tremendita; y formaba también parte del mismo el contrabajista Pablo Martín. Un espectáculo de más de una hora en el que el espectador es llevado en andas a través de esos cuadros que van desgranando con la interacción de su baile, su cante y su música, en un viaje iniciático hacia un mundo estético de una fuerza entre contenida y explosiva que recorre toda su actuación.

En el programa de mano, una frase, no sé si de ellas mismas o no, define lo que nos ofrecen: «Desafiar las verdades y creer en las mentiras es lo que los artistas nos ofrecen. Creen en algo que no es real, pero hacen que acabe existiendo». En escena hay una interacción entre las dos mujeres que bailan y cantan, pero también actúan, ¡y mucho!, con el contrapunto del toque, un toque casi siempre con contrabajo, en una sucesión de escenas que van de más a menos, pero no sé seguro si porque la obra va aumentando su fuerza, o bien porque cada vez te vas sumergiendo más dentro de ella.Rocio Moliona 2

Íntimo es el nombre del primer cuadro, que ellos dividen en tres partes. Recuerdos de Sevilla moro, empieza con el contrabajo solo en escena, que crea una atmósfera auditiva que da pie a un juego de la bailarina con una guitarra a la que humaniza por momentos hasta que otra guitarra suena y el cante hace su aparición: «Pensamiento, una gran virtud, por eso hay esperanza», oímos en este Cante de centil, segundo tiempo del cuadro, mientras la bailarina se prepara, se pone los zapatos, se echa por encima de su conjunto casi de gimnasio, una gabardina gris y empieza a interactuar de forma directa con los otros dos, en lo que llaman Estudio trio. Un primer momento donde los tres se dejan llevar de forma progresiva, con un final percutivo por parte de todos ellos.

El segundo cuadro, En ti mi pulso, con las dos mujeres solas, comienza con el Chiribi, chiribí, donde la cantante se mide en solitario con la bailarina, en un enfrentamiento que culmina con Rocío Molina, con un vestido de encaje sobre su conjunto negro, bailando dentro de un cajón de unos 50 x 50 centímetros y 10 de alto, donde el taconeo se une al choque de los zapatos con los laterales de la caja, con un efecto multiplicador, de una dificultad enorme. Culmina con la Bulería Enriqueta la Pescadera, así llamada en honor a la bisabuela de Rosario La Tremendita, también cantaora como ella. Una escena donde ellas dos se cantan y se bailan mutuamente.

El tercer cuadro, Sal y ponte dama hermosa, empieza con una Solea, que arranca con la guitarra rasgueada  y un contrabajo melódico, hasta que llega la voz, inspiradísima en este caso, acompañada sola por el contrabajo en una de sus intervenciones más brillantes. Le sigue la Petenera de la Dama Hermosa, con la intervención también de la bailarina.

Empieza el cuarto cuadro, Café con Ron, con la Guajira de los encantes, con la guitarra de Rosario La Tremendita y la voz susurrada de Rocío Molina: «Yo he comprao un cariño, en la Feria del Amor, /que bonito era el juguete, pero que caro me costó», que luego es la cantante quien retoma el texto, mientras la bailarina juega con un güiro como corresponde a un canto de ida y vuelta, doblando el compás del baile respecto al del cante, y pasando ambas a jugar con las palmas en uno de los cuadros plásticos más interesantes, con la bailarina sentada, taconeando y ambas haciendo palmas, la cantante desde atrás, con los brazos paralelos hacia delante. Llega entonces la Rumba Café con Ron, nuevamente con el contrabajo, esta vez percutiendo sobre el instrumento, y ya con la voz y con el contrabajo sonando las cuerdas, en un tema irónico que van acelerando al final del mismo. Así llegan los Tangos, tercera parte del cuadro, con otra interesante intervención del contrabajo y la voz: «Yo no quiero que tú te vayas, / yo solo quiero que vengas», acompañando a la bailarina que evoluciona por todo el escenario, con movimientos muy libres y un taconeo persistente y muy acelerado. Uno de los momentos más aplaudidos.

Llegamos al final del espectáculo con el quinto cuadro, Afectos, que da nombre al mismo. Se compone de una sola escena, Bolero. La introduce Rosario La Tremendita acompañándose de un arpa de pulgar y cantando: «No puedo ser feliz (…) /Siento que te perdí (…) /No me dejes olvidar tu nombre, /yo te quiero recordar». Entra el contrabajo con diferentes loops, a un ritmo muy pausado. Rocío Molina empieza un baile de movimientos lentos y marcados, mientras Pablo Martín deja el instrumento ladeado, en medio del escenario y ellas dos lo van abandonando lentamente, para acabar así la función. Más de cinco minutos duraron los aplausos de los espectadores.

Rocio Moliona 1He querido explicar, a lo mejor demasiado detalladamente, todo lo que pasa en Afectos, para que se pueda ver la idea de que con poco, en cuanto a elementos, se logra una variedad de posibilidades que en todo momento crea situaciones innovadoras. El espectáculo tiene un fuerte componente estético que una iluminación cuidadísima, que crea espacios en la escena, por los que evolucionan los artistas, potencia; así como unos elementos también muy escogidos, como son el vestuario de la bailarina, que, siempre con un pantalón ajustado y un top de espalda transparente, de ensayo, se iba poniendo prendas encima: una gabardina, un vestido de encaje, una chaqueta, una falda, y que formaban parte del cambio de escena; unos taburetes, protagonistas en algunos momentos; un guitarra bailada, además de la que tocaba Rosario La Tremendita; el cajón dentro del cual taconeaba Rocío Molina; pequeños elementos de percusión… Todo ello en función del cante, con momentos de libertad que les daba otros matices a los palos flamencos que interpretaban; y del baile, donde se atisbaban modos que añadidos al baile flamenco, nos acercaban, en momentos concretos, a las danzas orientales, a las africanas, así como, en mayor medida, a componentes de la danza contemporánea ―incluso vimos, a lo mejor con una visión exagerada, movimientos que poseían la huella de William Forsythe―; además de ese toque de contrabajo que decíamos, todos ellos totalmente integrados. Un espectáculo donde la estética predominaba ― por ejemplo, esas poses de la bailarina, sentada en el taburete, cercanas a las modelos de los cuadros de Romero de Torres―; con cada uno de los movimientos de los artistas cuidados al máximo, incluidas las entradas y salidas de escena; con la música brillante, pero integrada en el todo de la función; y con un Pablo Martín sobresaliente, una Rosario La Tremendita, haciendo honor a su nombre, y una Rocío Molina pletórica, transmitiendo su arte con el cuerpo, las manos, la expresión de la cara, disfrutando, igual que sus otros dos acompañantes, y haciéndonos disfrutar a nosotros, con la sensación añadida de que estábamos ante un espectáculo que, de alguna forma, era parte de un camino hacia algo nuevo. + Info | RelacionadosFederico Francesch | DESAFINADO RADIO