Rocío Molina

Caída del cielo. Mercat de les Flors. Ciutat Flamenco 2017.

Con Eduardo Trassierra a la guitarra española y eléctrica, José Ángel Carmona al bajo y cante, José Manuel Ramos “Oruco” al compás y percusiones  y Pablo Martín Jones a la batería y electrónica, Rocío Molina ha conseguido un quinteto que puede acercar este Caída del cielo a cualquier público con sensibilidad, pero además de ser un espectáculo que como danza vanguardista puede triunfar en cualquier país, en ningún momento deja de ser un espectáculo de flamenco, de un flamenco que bebe de la libertad de los que están en el cielo, Carmen Amaya, Camarón, Morente y Paco de Lucía. Seguro que muchos encontraran en el simbolismo que rodea el espectáculo todo un viaje desde el cielo hasta lo terrenal o a la inversa, yo no puedo explicarlo, porque no lo he sentido así, yo en este Caída del cielo he visto una serie de escenas que demuestran lo que ya muchos sabemos, que ahora mismo en el baile flamenco nadie propone espectáculos como Rocío Molina, con esa fuerza y ese respeto, con esa imaginación y esa entrega. Empezaron los músicos con un trallazo de sonido para que cuándo Rocío Molina apareciese, en ese silencio sepulcral, vestida de blanco con cola, el contraste fuese enorme. Durante toda la escena Rocío Molina se movía como esos muñecos que sostenidos en una bola inmensa en lugar de pies se balancean sin caerse nunca, pero debajo de la cola del vestido no había trampa, sólo muchas horas de trabajo. Vendrían unos cantes de Levante desnudos de guitarra y también Rocío los recibe desnuda (tapada púdicamente con sus manos, hasta que le traen un abrigo dónde refugiarse) poco a poco se viste (como el torero en la intimidad de su cuarto) preparándose también para un posible sacrificio. El mundo de los cantes abandolaos nos acerca a la tragedia. Es un espectáculo que cuenta con dos músicos dedicados a la percusión y en muchos momentos los cinco centrados sólo en las palmas, es sin duda un espectáculo de fuerza más que de melodía. Aunque al momento se quedan solos la guitarra de Eduardo Trassierra y el baile de Rocío Molina y los ecos de Albeniz o Granados se actualizan con el toque del guitarrista sevillano. Cambio de escena para que los palos de Cádiz quiten hierro al asunto. Y entonces con el cambio de vestido nos ofrecen una especie de sainete con unas bolsas de patatas fritas que nos hacen sonreír ante las ocurrencias de esta traviesa bailaora que no descansará en 90 minutos de espectáculo, ya que aunque haya momentos en que no baila, su cuerpo, su cabeza e incluso sus ojos no descansan nunca, siempre están mostrando algo. La percusiones, increíble el apoyo en el compás de “Oruco” (que ritmo tiene este hombre) no descansan y Rocío Molina se va hacía un rincón se introduce en una caja blanca llena de una especie de tinte, dónde hay un traje empapado que le ayudará en sus desplazamientos por el escenario a dibujar una especie de “Tapies” que se ira mostrando en la pantalla enorme de detrás del escenario, increíble esta escena. Una soleá le da más grandeza si cabe, una soleá por bulerías que sirve para que al final de la pintura se cierre con una fiesta por bulerías en un “corrillo tradicional”. Después de lavarle los pies como al “Mesías” un nuevo traje, ahora con flores y frutas para que Molina pueda comer unos racimos mientras todos juntos de nuevo en el centro de un escenario que ya es un campo de batalla fiel reflejo de lo que ha sido esta caída del cielo. Musicalmente alternan los tangos más cercanos a la Leyenda del tiempo, con un cierre de escena verdaderamente original, con los músicos con gafas de sol y chaquetas setenteras y Rocío más cercana a la discoteca que al tablao, claro homenaje a una época rumbera que muchas veces infravaloramos. Aún le quedó tiempo a Rocío Molina de entremezclarse por el público para ofrecer flores mientras corría escaleras arriba y abajo. El aplauso de todo el Mercat de les Flors puesto en pie en ovación cerrada durante 10 minutos era lo justo. + info | relacionados