Quartet Delarc

quartet-delarc.jpg Quartet Delarc
El Vendrell (Tarragona), Auditori Pau Casals
11 de enero, 2009

Tan sólo una vez coincidieron Beethoven y Mozart, al que le pidió sus servicios como profesor. Desafortunadamente, más allá de esa ocasión no volvieron a reencontrarse nunca. Así, resulta particularmente atractivo comparar las obras para cuarteto de cuerda de ambos autores e imaginar cómo podrían ser hoy las piezas de Beethoven si finalmente la relación docente se hubiera fraguado en realidad.

El Cuarteto Delarc ofrecía esa posibilidad en su concierto de debut en el Cicle de Joves Intèrprets del Auditori Pau Casals. Integrado por alumnos del Trío Guarneri y pupilos de Amparo Lacruz (del Cuarteto Casals), pese a su juventud el Cuarteto Delarc ya ha sido galardonado con prestigiosos premios de renombre –Cambra de Barcelona, Acordes de Cajamadrid, el Podium de Sant Joan de Vilatorrada, etc.–. En su presentación en el pueblo natal del célebre violonchelista catalán, los Delarc programaron el Cuarteto nº 15 en re menor de Mozart y el Cuarteto nº 9 en Do Mayor de Beethoven.

Si al primero lo revistieron con una gravedad que le venía grande al espíritu burlón de su autor, que quedó algo apagado por estar demasiado pendientes de la partitura sin dar riendas a la imaginación en libertad, a Beethoven le despojaron acertadamente de esa severidad tan tópica a su carácter. Poco amigo de las bromas, éste compuso su cuarteto con un aire dramático manifiestamente afectado, de una emoción agresiva y forzadamente tristona del que parecía reírse (y que la prodigiosa interpretación de los Delarc supo transmitir con liviana agilidad). Esa característica entre la seriedad y la ironía se hacía más evidente en el Andante con moto quasi allegretto del segundo movimiento donde, casi a ritmo de vals a la Ponchielli, la intervención del primer violín de Carlos Montfort –llena de torceduras y requiebros de la melodía hasta retomar el tema en forma de cabalgata– adquiría un rico protagonismo que colindaba con gracia entre el tono jocoso y plañidero, con el temple marcial del chelo de Jordi Gallèn marcando el fondo. Igualmente, el arranque mismo con fuoco de la Introduzione ya denotaba la buena complementariedad de las cuatro voces, como el magistral y veloz Allegro Molto del movimiento final, de gran colorido y amplio volumen.

En el Cuarteto nº 15, por el contrario, se echó en falta ese talante frívolo que se ha hecho marca de la casa en la obra mozartiana. Aunque sonaron sueltos –sobretodo el sensible violín de Montfort, relegando a papel más discreto el de Natalia Brzewska  la viola de Laura Erra–, mancó algo de swing en el primer y segundo movimientos –Gallèn tocó fuerte, quizá demasiado enérgico–, a partir de la mitad recuperaron ese brío perdido. Sin embargo primó ante todo el miedo al riesgo. Tratándose de una composición que se presta al juego de disonancias (como en el inicio del Allegretto final) y a los oleajes contrafuguísticos (como el Minueto que el autor cuela en medio del tercer movimiento), imperó la frialdad y sobró tirantez en esta primera parte. No así en la segunda, dedicada enteramente a la pieza de Beethoven, vislumbrando en su ejecución reflejos de lo que puede ser un más que prometedor futuro. Ánimo. // Iván Sánchez Moreno