PornoBurka

BrigitteVasallo
Brigitte Vasallo
“PornoBurka”. Colectivo Cautivo, 2013

Visto en perspectiva, aquel eslogan de “Barcelona, posa’t guapa” no apelaba tanto al moderneo postolímpico de la ciudad condal, sino al reaccionismo contra todo lo que se desviara del canon recién impuesto por los diseñadores, publicistas y pijoapartes que, más allá de los museos y las galerías de arte –que lo mismo sirven de salas polivalentes para montar exposiciones que fiestas privadas para jeques y concubinas–, aún cortan el bacalao incluso en las campañas humanitarias de la TV3. De esto habla, en parte, la primera novela de Brigitte Vasallo, periodista fogueada en los tiempos de la extinta Batonga y una de las fundadoras de la presente B-Ritmos. Esta inquieta activista cultural aúna en estas páginas dos vertientes de su peculiar currículo vital. Por un lado, su elevado conocimiento de las problemáticas de la mujer musulmán; por otro, una visión afiladamente crítica del feminismo de portada de revista, o al menos de ese mal entendido feminismo que pretende equipararse con un machismo con tetas.

PornoBurkaPara ello se sirve de un puñado de esperpénticos personajes en el marco de una urbe que se levanta cada día con la resaca de la guapura impostada, más preocupada por el qué dirán que por sus propios ciudadanos y capaz de alquilarse por horas a las empresas multinacionales para ferias y demás boatos con pase vip. Son todos ellos personas que sufren conflictos de identidad sexual, racial, ideológica, lingüística y hasta musical. Ya sean locazas retro-glam, feminazis con disociación de personalidad, o catetos que huelen a oveja, las páginas de PornoBurka están habitadas por figurantes de lo más variopinto, y que ayudan a la autora a tejer un escaparate de lo más trans: psicología transexual, inmigrantes de préstamo transnacional, tránsfugas laborales, gentes que se transmutan en Manolo Escobar (por cierto, fagocitado en pleno éxtasis por una Carmen de Mairena caníbal), etc.

De paso, Vasallo arremete contra la maldita normalización, que es aquí sinónimo de aburguesamiento, de igualdad, de acondicionamiento a un ideal de lo políticamente correcto. Así, Vasallo se opone ferozmente al perverso ejercicio de constreñir pensamiento y gusto estético bajo los fundamentos de lo que es (in)tolerable para una sociedad que se define a sí misma como democrática, cuando de hecho la diferencia, el individualismo y la borrosidad fronteriza es, en cambio, la tónica de cada día. Y para muestras, las que se exhiben en PornoBurka. En efecto, de esa tan cacareada interculturalidad que se pretende con tanto acicate fashion resulta al final una gran orgía de la que saldrán bebés mestizos con nuevos dilemas de identidad en el futuro. De haberlo.

Pese al pesimista panorama que nos pinta, la autora se ríe a carcajadas del pitote que se va organizando desde que en el Raval barcelonés (llamado Barrio Chino antes de ser limado de marginalidad y pobreza para sustituirlas por una bohemia de corte y confección) aparece tal día un burka. La que se lía en cadena es digno de una obra escrita por Tom Sharpe. Pero no va ser el padre de Wilt (Anagrama, 1983) la única influencia que asoma en PornoBurka: podemos también detectar la de Philip Roth –el de El lamento de Portnoy (Grijalbo, 1977)–, Martin Amis –por Dinero (Anagrama, 1992)– y, por descontado, Eduardo Mendoza –el de Sin noticias de Gurb (Seix Barral, 1991) o la serie surrealista del detective loco que inició en 1979 con El misterio de la cripta embrujada (Seix Barral).

Una cita de Michel Foucault da el tiro de salida y Juan Goytisolo firma el prólogo de un libro en el que, de manera ágil y distendida, la autora intercambia las voces de los personajes, hastiados por tanto copyright hasta en los nombres propios. Es en esos histriónicos monólogos interiores donde se luce más y mejor el talento de la escritora, aunque sea para declarar una incuestionable teoría sobre la directa vinculación psicosomática entre la calidad vocal de un intérprete y el grado de placer experimentado por el sexo anal, ejemplificada con el caso de Chris Martin (Coldplay). Sin duda, PornoBurka no dejará indiferente a nadie, sobre todo por los acertados dardos que lanza hacia el cogote de todo ese mundillo de clones gafapásticos que pueden hacerse pasar por falso argentino con tal de vivir de gorra. Decir que Brigitte es corrosiva es, a todas luces, quedarse corto. +Info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno