Pascal Comelade

comelade.jpg Pascal Comelade
Barcelona, L´Auditori
30 de octubre de 2008

De la implicación del ex–Bel Canto Patrick Felices y los músicos David Xirgu, Pep Pascual y Gorka Benítez nació The Art Eixample of Canigó, esporádico proyecto con el que Pascal Comelade homenajeaba a The Art Ensemble of Chicago y el jazz de Tete Montoliu. Con ligeros cambios y nuevas incorporaciones –como Iván Telefunken, responsable de las atmósferas galácticas y de tensos trazos de guitarras eléctricas y otros modelos (como esa otra con brazos y piernas acoplados, emulando una botella de Tío Pepe)–, la pandilla de Comelade recuperaba casi la misma fórmula y repertorio que hace un par de años en el Palau de la Música, con iguales golpes de efecto: Pascual recortando progresivamente las pajitas de refresco de las que obtenía sonidos estridentes; su momento de gloria con las campanitas de colores en Sense el ressò del dring con acompañamiento de xilófono; el “solo” del conejito metálico de pilas incansables y su tambor de hojalata (con un foco propio en mitad del escenario), etc. La adaptación a una banda de rock es un acierto para la obra de Comelade, porque aporta la ritmicidad que antes se sostenía exclusivamente en el piano, el cual adquiere ahora un papel más melódico. Sin perder la estética idiosincrásica del autor, la buena compenetración de los siete multiinstrumentistas de juguete mezclaba idóneamente acordeones, pianitos y pianotes con bajo, batería y guitarritas en miniatura a modo de mandolina (o tocadas en plan slide) entre improvisaciones solistas y otros géneros populares –valses, blues, pasodobles, rocanrroles y demás–. Sobre el escenario mantuvieron hierática actitud, como la de un grupo de niños concentrados en el juego, y entre el temario propio –la Sardana dels desemparats, L´argot du bruit, Love too soon (sin PJ Harvey, claro), etc.– fueron colando versiones de los Rolling Stones, la Teresa de Ovidi Montllor o guiños al Amarcord de Nino Rota antes del bis de rigor –un encadenado de piezas que empezó con la Cançó del lladre (sin Sisa) y acabó con Terminal Bé (sin Casasses)–. Pero el verdadero protagonismo de la noche recayó en el bueno de Pascual y su colección de cachivaches: zambombas, cencerros, martillos de goma, reclamos para búhos, tubos de obra, maracas y paellas, además de clarinete y saxo, desgañitándose con varias trompetas de plástico al unísono, soplando un pitorro de una tetera de metal en sordina, rascando dos conchas de mar, tañendo una sierra, “sonando” botes de jabón vacíos, transvocalizándose en Pato Donald, secundándose por autómatas de latón con platillos o explorando la azarosa sonoridad de un globo y su distorsión “natural”, como un Fred Frith catalán. Tanto se apoya Pascal en Pascual que al final el primero se eclipsó. Pero cómo iba a ser eso posible, coincidiendo en estas pocas semanas la presentación de dos discos de Comeladeel recopilatorio Monofonicorama best-off 2005-1992 (Discograph, 2007) y el álbum de covers de los Stones que la revista Enderrock regala con su último número– y dos libros –Lo piano vermell (Discmedi, 2008) y Els hereus de Francesc Pujols (Dux, 2008)– en los que directa e indirectamente participó. Quien tras dos horas de concierto se haya quedado con hambre de más, tiene Comelade para rato… // Iván Sánchez Moreno