Partitura en celuloide

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Breves apuntes sobre la 6ª edición de In-Edit Beefeater
Barcelona, 24 de octubre a 2 de noviembre, 2008

De un año a otro, el Festival In-Edit de Cine y Documental Musical ha crecido de 17000 espectadores a 4000 más. Y no es para menos. Con evidentes anzuelos como la revisión que Julian Schnabel hizo del Berlin de Lou Reed, el regreso de Peter Bogdanovich a la dirección –con un extenso reportaje sobre Tom Petty– y un repaso a los últimos días del cantante de Joy Division, el principal responsable de la muestra, Cristian Pascual, debe sentirse muy orgulloso. Entre homenajes a Pete Seeger, James Brown, Nina Simone, Caetano Veloso, Celia Cruz y el tango rescatado del olvido en el Café de los Maestros de Gustavo Santaolalla, también hubo espacio para ofertas más retorcidas como Marc Ribot, Blixa Bargeld, Arthur Russell (que se llevó el premio a la mejor película internacional) y el freak del periodismo gonzo Hunter S. Thompson.
Pero si el cupo de la world music parecía estar cubierto con expectativas muy altas, no le iba detrás el bloque clásico, bien surtido con propuestas que iban desde un documental sobre Seijo Ozawa al frente de la Orquesta Sinfónica de Boston hasta el seguimiento de un piano Steinway desde su fabricación. Atención especial merece además el monográfico dedicado a Albert Maysles, uno de los realizadores más prestigiosos del género documusical. Recordado por varias de sus obras maestras en cartel –Gimme Shelter (1970), donde se testimonia el sangriento altercado entre los Hell´s Angels y los Rolling Stones en aquel tristemente conocido concierto de Altamont; o What´s Happening! (1964), el histérico estreno de los Beatles en EEUU–, es en Soldiers of Music (1991) donde Maysles despliega lo mejor de su arte.
Emotivísimo retrato psicológico sobre Mrtislav Slava Rostropovich, el film es además de un acompañamiento testificador del retorno del chelista a su tierra natal (tras 16 años de exilio por haber refugiado en su casa a Solzhenitsyn), también un feroz alegato contra la represión gubernamental del arte. Así, con el deshielo que supuso la Perestroika de Gorbachev, se “perdonaron las culpas” del músico devolviéndole la ciudadanía soviética, lo que provoca en el protagonista una extraña mezcla de sentimientos contradictorios que van desde la inmensa alegría a la rabia contenida –a su mujer, la soprano Galina Vishnevskaya, le llegaron incluso a vetar el acceso al Bolshoi por la puerta de servicio, pese a sus 20 años de glorias a sus espaldas–. Si ya la bienvenida en el aeropuerto recuerda la desquiciada llegada de los Fab Four a América, la comilona familiar que le sigue luego parece rodado en el más puro estilo Berlanga. Y, por supuesto, los melómanos disfrutarían de lo lindo viendo al maestro ensayando fragmentos de Dvorak, Grieg, Barber, Prokofiev, Rachmaninov y, por supuesto, el también “silenciado” Shostakovich, además de un cacho de la Madama Butterfly en la garganta de Galina. De ritmo perfecto, el juego de cámaras y montaje hace de esta obra un título a reverencias entre los cinéfilos de pro y los amantes de la música.
Y, puestos a citar a compositores rusos, también conviene hablar de A Journey of Dmitry Shostakovich (2006), un fallido intento por reconstruir partes de su vida con la excusa de un crucero en transatlántico –el Lermontov, que por cierto se hundió– a EEUU,  reciclando imágenes de archivo, cartas y fotos inéditas. Centrada en sus problemas con la censura y los encargos alimenticios para el politburó, A Journey… recupera la voz original de Shostakovich y fragmentos sonoros de sus duros inicios en las artes escénicas (impagables son los sonrojantes testimonios de su Canción del Comité Antiformalista o las óperas La nariz y La chinche que vistió y decoró Rodchenko, otro de esos granos en el culo de Stalin). Utilizado como instrumento propagandístico al otro lado del océano y ejemplo de la caza de brujas que también sufrió la URSS, Shostakovich será uno de los principales autores escogidos por la batuta de Rostropovich para denunciar la represión de las artes bajo los regímenes totalitarios.
Y de un músico usado como ideólogo a su pesar de las masas, pasamos a otro que las atrae tanto como las repele: Philip Glass. El aclamado Scott Hicks (que se diera a conocer en 1996 con el biopic Shine) plantea en Glass (2007) un caleidoscopio de doce escenas más o menos independientes de la vida del compositor. Más costumbrista que preocupado por el proceso creativo, el film propone un intimista paseo por áreas privadas del músico minimalista: sus duros inicios en el SoHo –en tiempos de Einstein on the Beach compaginó su carrera con empleos de fontanero y taxista–, sus esposas, su querencia por la flauta antes que el piano, su inspirada estancia en Philville –un maravilloso complejo de casas al borde de un acantilado junto al mar en Nueva Escocia–, sus creencias religiosas (judío-cristiano converso que profesa el taoísmo, el budismo, el chamanismo y lo que se tercie), sus relaciones acomodaticias con el cine –hablan de su trabajo Woody AllenCassandra´s Dream), Errol Morris (The Thin Blue Line), Godfrey Reggio (Koyaanisqatsi) y Martin Scorsese (Kundun), entre otros–, su aprendizaje con maestros tan distintos como Ravi Shankar o Nadia Boulanger (ex–pupila de Fauré y mentoraPiazzolla, cuya técnica se basaba en la resistencia atlética frente al piano), etc. Glass charla distendidamente de su larga lista de amistades –Chuck Close, Allen Ginsberg, Robert Mapplethorpe, Bob Wilson, el Dalai Lama e incluso Frank Zappa, que le prestaba su furgoneta para ir de bolos por ahí– y se le ve nervioso en los momentos previos al estreno de algunas de sus nuevas obras –la 8ª Sinfonía, el intercontinental proyecto Orion o la ópera Waiting for the barbarians–. Salpicado por algunas ingenuas revelaciones megalomaníacas de los personajes que pululan alrededor del músico a lo largo del film, éste se resiente un poco de la disparidad de contenidos y de la redundancia en algunos temas, pero ofrece un bonito perfil ignoto del compositor en sus rutinas y círculos de confianza.
Plato aparte merece Step across the border (1990), hora y media de improvisación en blanco y negro sin guión ni narrador ni trama ni historia. Tan sólo Fred Frith explorando ruidos cotidianos por medio mundo –como ese poético diálogo que enzarza con un violín y las gaviotas de la playa, o el repiqueteo de unos fideos y unas semillas sobre las cuerdas de un koto japonés–. Porque más que un músico, Frith es un creador de sonidos tan fiel a sus colegas (John Zorn, Iva Bittová, Arto Lindsay y un interminable etcétera) como portavoz de una vastísima cultura –cita a Tarkovsky o Cartier-Bresson mientras artistas de la intelectualidad como Jonas Mekas o Robert Frank elogian su obra con pleitesía–.
Más allá del eclecticismo y el riesgo, esta edición de In-Edit ha servido también un especial homenaje a algunos músicos que hallaron en el arte una curación a nivel tanto mental como espiritual: Pat Martino, Edwyn Collins, Roky Erickson… Sólo por eso (y, claro, también por la calidad de los títulos seleccionados) cabría considerar este 6º festival como el mejor de toda su corta pero intensa historia. Y que dure. // Iván Sánchez Moreno