Paolo Magaudda – Oggeti da ascoltare

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Paolo Magaudda

“Oggeti da ascoltare” , Il Mulino, 2012

Los objetos tecnológicos de reproducción musical se han convertido en parte de nuestra cultura cotidiana desde hace generaciones. Por otra parte, intentan convencernos de que en realidad son los medios digitales los que han revolucionado las formas de consumo musical. Pero este cambio no es algo tan nuevo: la industria fonográfica ya supuso una transformación importante a principios del siglo pasado con la implantación de los discos de pizarra (luego vinilo) en el hogar, sentenciando la hasta entonces única vía de contacto con la música como era la asistencia a una sala de conciertos o un teatro de ópera.

PaoloMagaudaPaolo Magaudda, sociólogo de la Universidad de Padua, explora en Oggeti da ascoltare las relaciones personales que mantenemos con estos aparatos para la escucha musical. Pero no lo hace limitándose a su propia disciplina, sino incurriendo a menudo en aspectos de interés psicológico, musicológico y antropológico como la articulación de los sentimientos estéticos, la identidad de género, los modos de almacenamiento y coleccionismo (y el fetichismo derivado de la atracción por el objeto en sí) o la propia adquisición de los últimos avances como signo de status social.

Aunque el subtítulo del libro sugiera otra idea muy distinta –Hifi, iPod e consumo delle tecnologie musicali–, Magaudda no solamente se concentra en el objeto material, como tampoco en el análisis exclusivo de las competencias activas del usuario. De hecho, parte de la sospecha de que los objetos también disponen un determinado tipo de agencialidad. Por eso cabe atender sobre todo al estudio del consumo musical como una meta-práctica que trasciende en lo simbólico-social a través de los discursos implícitos en cada forma de uso tecnológico, según el autor.

Al respecto, conceptos como los de alta fidelidad (Hi-Fi), la figura del audiófilo –como aquél que siente tanto (o más) placer por la calidad del sonido que por la música misma– o la epistemologíaa de la desmaterialización objetual que implican los nuevos formatos son algunos de los temas que se discuten aquí, siguiendo otras sendas antes abiertas por teóricos como Walter Benjamin, Theodor Adorno, Jacques Attali, Simon Frith, Trevor Pinch, Tia DeNora o Antoine Hennion, por citar unos pocos.

Estos últimos cultivan –como parece también sugerir la lectura de Magaudda, aunque sin desarrollarlo del todo– la propuesta de entender la música como una tecnología del yo, como ejemplifica el diseño particular de cada espacio ecológico de la escucha en el hogar doméstico. Pero Magaudda también aventura una hipótesis polémica: que cada nuevo formato apunta directamente a un público target muy concreto, por lo que se incorpora dentro de su propio discurso vital a través de la publicidad y la mediación de los propios productos que va creando ex profeso.

Piénsese en quienes eran los primeros compradores compulsivos de CDs a principios de los ’80 (los puristas de música clásica que buscaban la “mayor pureza” de la grabación). O la nueva cosecha de usuarios de iPod (más individualistas, independientes y aislados de la realidad). O los singles que en los ’50 se comercializaban con canciones de rock rápido, baratos y de valor tan efímero como su propia cotización (temporal e incierta) en el mercado. O el auge de los radiocassettes adheridos de serie al automóvil, que perpetuó durante décadas nuevos modos de conducción (más personalizada, con banda sonora ad hoc, costumizando así el ambiente por el que se circulaba, al gusto del consumidor).

El de Magaudda (a la espera de traducción en castellano) es un libro, en definitiva, que despertará emociones encontradas en todos los románticos que languidecen de melancolía y éxtasis cuando oyen crepitar la aguja del pick-up entre los surcos de sus frágiles discos de plástico, o de aquellos otros que rebobinan sus viejas cintas con un boli Bic, para no gastar las pilas. ¿Es más íntimo su vínculo con la música por el mero hecho de tocarla con las manos? La pregunta tiene enjundia, porque si la trasladamos de contexto podría traducirse en el debate entre los amantes que defienden la profilaxis o prefieren el coito a pelo. Quizá la respuesta no la hallen entre estas páginas, pero seguro que acabarán con la certeza de que lo suyo es una neurosis del tamaño de un caballo percherón.  +Info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno