Orquestra Camerata XXI

wen-sinn-yang.jpg Orquestra Camerata XXI
Festival Internacional de Música Pau Casals
Auditori Pau Casals, El Vendrell (Tarragona)
1 de agosto de 2009

En la música, tan importante es el talento como el talante. Son contados los artistas que transmiten ese estado de epifanía que hacen de la música una experiencia sublime. Quizá haya mucho de predisposición por parte del oyente, pero sin duda es necesario que el intérprete consiga ese punto de conexión. Haydn sabía mucho de esos trucos para enganchar al público, y tal fue su éxito tras más de 30 años trabajando a las órdenes de su protector –el príncipe Esterházy– cosechó sus mayores mieles al abandonar la corte para aceptar mejores encargos comerciales en Londres.
De esa época se destaca la penúltima de las 104 sinfonías que compuso Haydn, conocida como “la del redoble de tambor” por el solo con que se abre la obra, al que siguen lo que parecen las notas iniciales del Dies Irae. Impresión nada gratuita, por otra parte, ya que el autor tenía más de 70 años y tal vez la estimaba como sinfonía testamentaria –también la gravedad del principio del segundo movimiento invita a hacer dicha lectura–. Pero, claro, tanto exceso sinfónico tenía que pagar factura, así que por brillante que fuera la interpretación de la Camerata XXI, a Haydn le continua haciendo falta algo más de generosa tijera. Pese a la agilidad de la orquesta y la ligereza de su versión –y por ello cabe alabar el trabajo de Tobias Gossmann en la dirección titular–, el minueto y el movimiento final se alargaron un poco y dejaron una sensación de reiteración del tema que otros futuros autores sabrían resolver con mayor presteza.
Es el caso del contemporáneo catalán Carles Baguer. Organista de la Catedral barcelonesa con vocación de cura, colgó los hábitos para dedicarse por entero a la música, componiendo tanto misas como piezas de cámara, ópera y hasta 19 sinfonías. Por supuesto, estaría lejos del récord de Haydn, pero estilísticamente no le iba a la zaga. Así lo demostró la Camerata XXI, rescatando un Allegro con brio de la Sinfonía nº 12 de este injustamente olvidado autor patrio. Sin la majestuosidad recargada de otros barrocos, Baguer sonó con gracia y salero, tocado con un vitalismo muy empático que caló en el público, a tenor de las sonrisas en sus semblantes.
Las mismas que irradiaban los rostros de los músicos al compartir el escenario con el violoncelista Wen-Sinn Yang. De origen taiwanés pero nacionalizado suizo, Yang se ha convertido en uno de los especialistas actuales más reputados de su género. Venerado por Colin Davis y Lorin Maazel –del que estrenó su Music for cello & orchestra en el concierto inaugural de la Olimpíada Cultural de Atlanta–, estableció en todo momento una hermosa compenetración con sus compañeros, ya fuera con la mirada como con su beatífica sonrisa. De amplísima expresividad, a Yang se le notaba visiblemente feliz de estar allí, recreando conjuntamente el Concierto para chelo nº 2 de Haydn. Descubierto relativamente tarde –el primero se creyó perdido hasta 1961, y la partitura de éste que nos ocupa fue durante mucho tiempo atribuida a Anton Kraft, dedicatario de la obra original–, el Concierto contiene en su movimiento inicial un espacio cadencial para tal libertad del intérprete, que Yang aprovechó para extraer la máxima sonoridad de su instrumento, desde lo más sutil a lo más regio. Seguramente Yang es un tipo cachondo, como podría aventurarse por la manera como hizo enmudecer a todo el mundo ante tamaño derroche de virtuosismo. Pero el suyo no es escaparatismo ombliguista, sino simpatía y desparpajo sin perder el respeto a la obra y al oyente. El vínculo de Yang
con la pieza fue como el de un niño con un juguete nuevo prestado: lo disfrutó a lo grande, gozándolo como la primera vez. Lo mismo ocurrió con el bis que regaló a la concurrencia, unas variaciones de un tema de Paganini que, lejos de dejarse llevar por el exceso y el capricho del big star, le sirvieron para lucir todo tipo de experimentos cromáticos y técnicos hasta que, tras un momento de desenfreno, cuando hubo deshilachado las cerdas de su arco, siguió exprimiendo las posibilidades de su instrumento a base de pizzicato. Sí, eso es el talante. Al respecto, lo fácil es tocar a Haydn con el piloto automático, pero tocarlo tan divertido es una tarea que honra a los buenos músicos que se preocupan por acercar su lenguaje al público.
Con esa idea cerrarían el concierto con el Intermezzo de Pietro Mascagni, fuera de programa y almibarado al gusto de la mayoría por culpa de los manierismos que otrora pusiera de moda Karajan. No deslució para nada en un concierto soberbio que tuvo en los vientos y el trabajo rítmico –y la percusión fue, como se intuye, fundamental para la sinfonía de Haydn– sus más celebrados aplausos. Las sonrisas de los integrantes de la orquesta también denotaban su agradecimiento y condescendencia con Tobias Gossman, un director que se diría del lado de los humanistas y que lleva al frente de la Camerata XXI más de seis. Que sea por muchos más para poder seguir alegrándonos como en esta exquisita velada. // Iván Sánchez Moreno