Oriol Malet

Oriol
Los surcos del barro

Entrevista a Oriol Malet

Lo primero que llama la atención del último disco de Roger Mas (Sant Jordi Produccions, 2012) es la ausencia de título… y de portada. Claro que un disco sin portada es como una casa sin fachada, así que el asunto puede sonar a priori un poco raro. En efecto, los créditos del álbum –el conjunto que lo interpreta (Roger Mas y la Cobla Sant Jordi), el repertorio, los músicos y demás información sobre el proceso de grabación y post-producción– es lo que adorna externamente la carátula, mientras que en el interior se cuece (nunca mejor dicho) un disco de barro. Sí, sí, de barro. Ante la sorpresa de quien esto firma, se trabó contacto con el director artístico del proyecto: Oriol Malet.

Autor de los retratos que ilustran Mística Domèstica (K Indústria, 2005) del citado Roger Mas, Oriol Malet es también el responsable del diseño gráfico de la web de Pau Riba (www.pauriba.com), del cartel de la edición de 2005 del extinto FigaRock y de las portadas de Sol y sombra de El chico con la espina en el costado (Bankrobber, 2006), Hombres de agua del grupo Nu-b (Vicious, 2011) y Shaman del trío de jazz Triphasic (Universal, 2008), además de colaborar con revistas musicales como Benzina y DeeJay. 

El martorellense ofreció a quien esto firma una detallada explicación sobre el por qué del aspecto formal del último trabajo de Roger Mas: “La intención deliberada de producir una rareza como ésta, sabedores de que desafiaría los cánones del mercado discográfico habitual, empieza por la eliminación de cualquier título genérico. Se ha intentado poner de relieve que el concepto de un disco se desarrolla siempre a muchos Oriol-Maletniveles, tanto por lo que respecta a los músicos y los técnicos como por la parte gráfica”. La implicación de todo el equipo parece que ha sido absoluta, involucrándose incluso en los detalles más mínimos durante los ensayos de la cobla. “Podría decirse que quisimos mostrar que un planteamiento tradicional y la vanguardia pueden darse la mano, y que en un mundo extremadamente comercial como el de hoy una osadía como este disco será valorado y asumido como un riesgo de gente muy valiente. Gracias a ello, la convicción de que se puede crear una obra como ésta ha animado a un periódico como Ara para que se encargue de su distribución”. El ejemplo parece admitir lo que tantas veces reivindicó el filósofo Francesc Pujols, haciendo de la ilusión una realidad.

Por supuesto, estamos hablando de símbolos, pues éstos sirven siempre como mediadores de un ideal. Los símbolos materializan los sentimientos, las emociones, las esperanzas, todo aquello que vehicula y sostiene de manera abstracta la esencia psicológica de una comunidad. Y, por descontado, no es ni casual ni un caprichoso azar estético el hecho de que Roger Mas se alíe con una cobla para revisar su propio cancionero y algunos himnos tradicionales de Catalunya. Por eso, el verdadero espíritu del álbum conceptual no está en la funda, sino dentro. No se puede juzgar el árbol por las ramas, y por tal razón el disco esconde un secreto. Así lo aclara Malet: “En el fondo, la carpeta es una pieza 100 % Perejaume. Buscábamos una imagen que tuviera valor por sí sola. De hecho, lo que se ve no es más que el envoltorio de una escultura de barro que se oculta en el interior, que es lo que realmente importa como símbolo. El resultado es una propuesta al más puro estilo poético y artístico del universo de Perejaume”.

Este prolífico artista, amante de la naturaleza, del paisaje y de las formas infinitas que se repiten en cualquier estructura del mundo, por ínfima que sea, esculpió el citado disco de barro, cuyos surcos se van levantando concéntricamente hasta dotar al objeto de una particular orografía terrosa. “Desde luego, el conjunto se aleja del esquema cubierta + contracubierta, y hemos optado por establecer un diálogo gráfico con la música creada, lo que nos ha llevado a una coherente elección tipográfica en blanco, sobre fondo negro. Toda la información que se nos ofrece fluye sin interrupción desde el principio hasta el final” –incluso superando los propios márgenes de cada superficie–, “desde la portada, hasta la contraportada, pasando por el interior y reservando para el libreto únicamente las letras de las canciones. Los bloques de información se diferencian entre sí tan sólo por el uso de distintos tamaños de los cuerpos tipográficos. No tuvimos reparos en poner guiones para llenar los posibles espacios que quedaran a final de línea, si hiciera falta, consiguiendo así esa Oriol-Malet-picbuscada impresión de fluidez y continuidad del texto”. El efecto visual, que no en vano recuerda al estilo narrativo de Francesc Pujols (uno de los referentes de Roger Mas), es magistral, pues lleva le lectura más allá de la idea de un corsé espacial y, por qué no decirlo, también territorial. A todas luces una decisión considerable y que no agradará a todo el mundo. Malet defiende de este modo la postura de Perejaume: “Bien es verdad que se ha pasado por el forro las normas típicas de la lectura secuencial de los créditos de cualquier disco, y esto es ya de por sí una declaración de principios en toda regla”.

Como todo símbolo es poliédrico, también los modelos del lenguaje pueden reajustarse a cada medida. Por ello, “el contrapunto que nos da la pieza de barro creada expresamente por Perejaume es el que descubre el espectador sólo cuando despliega la carpeta. La escultura parece evocar un campo labrado en forma circular, como la de los viejos discos de vinilo. A partir de aquí, el símbolo que representa dicha imagen se dispara hasta el infinito”. Sí, las posibilidades metafóricas son incontables, pero Malet ya se embala construyendo unas cuantas: “Inspira por lo que “no es”, y al mismo tiempo “es” un huerto en el qué plantar los frutos del futuro, como es también surrealista por ser redondo e infinito, pero de fango cocido, un material que se deforma y se redondea hasta convertirse en lo que ves y en lo que no ves”. De entre toda lectura metafísica, la de la música que quiebra el silencio es una de las más aproximadas. Pero como compact-disc sólo tiene sentido en su acepción digital: introducido en un equipo hi-fi, la tierra suena, la palabra se siente, la idea adquiere textura, el sentimiento se hace plástico, y el objeto pierde su significado material y se borran las fronteras de la realidad (¿política?, sí, también), mientras dure la experiencia de su escucha.

Ojalá esa sensación fuera eterna, pero el soporte del CD todavía no ha superado los 80 minutos. Bueno, hay una mar de ecos que la tierra amasa para hacerla grito, a la espera de que el ángel de la piedra despierte algún día. Cuando eso ocurra, sonará primero el flabiol, luego redoblará el tamborín. Y después                 + info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno