Oriol Malet

Nigromant
“El Nigromant” ,Bromera, 2011 | “Julia y Julio” ,Beascoa, 2009 | “Biografies perquè sí” ,Montena, 2009 | “La improbable biografía de Bernard Lafourcade”, Blur, 2008

Si a priori hay algo que llama la atención de Roger Mas i la Cobla Sant Jordi Ciutat de Barcelona (Sant Jordi Promocions, 2012) es sin duda su portada –o carencia de ella– y su diseño gráfico, a cargo de Oriol Malet –en concomitancia con Perejaume–. Artista fogueado en revistas y diarios de toda índole (La Vanguardia, Benzina, DeeJay, Jaque, La Musa Araña), Oriol Malet lleva ya unos años dedicando una buena parte de su talento a la ilustración musical, como prueban sus otros trabajos para Pau Riba, Triphasic, Nu-b, Roger Mas o Slander Fate.

Pero donde Malet destaca es sobre todo a través de los dibujos que orlan las páginas de novelas, relatos y cuentos. Aparte de los muchos galardones obtenidos por estos trabajos – como los de Número 5, el submarí perdut (Barcanova, 2011) y Un altre got d’absenta (Labreu, 2012)– y su implicación en la editorial Tria LLibres, BiografiesperquesiMalet es uno de los mejores ilustradores de literatura infantil y juvenil de este país. Como ejemplo hemos seleccionado cuatro títulos de su prolífica obra.

Comenzamos con la más fresquita, cronológicamente hablando. El Nigromant (Bromera, 2011), escrita por Tim Wilson, resulta un gratificante y arriesgado producto para los lectores más jóvenes. Malet inserta sus dibujos en el propio cuerpo de texto, de un pulcro detallismo que nos traen a la memoria al magnífico arte de Bernie Wrightson (Heavy Metal, Creepy) y el estilo cyber-punk de Jamie Hewlett (Gorillaz, Tank Girl). Como muestra de lo que decimos, remitimos a la soberbia portada que acompaña esta reseña. La contribución de Malet al libro es su mayor valor, aunque el escritor presente una truculenta aventura que plantea cuestiones difíciles para el público target al cual se dirige. En ella, un siniestro enterrador –que parece inspirado en el del film Phantasma (Don Coscarelli, 1979)– persigue con ahínco a unos niños en un pueblo estadounidense para evitar que resuelvan el misterio que origina sus pesquisas. Pero la investigación comienza a dar un giro de 180º cuando descubren que, además de enterrador, el tipo raro mantiene una doble vida como alquimista, satanista e infanticida. Hay que reconocer que pocas veces se expone la muerte a edad tan temprana en un texto de estas características, pero lo cierto es que los niños de hoy día ya están curados de espanto a través del cine. No en vano, la historia está plagada de escenas que parecen sacadas de películas como Noche de miedo (Tom Holland, 1985), Posesión Infernal (Sam Raimi, 1981) o En busca del arca perdida (Steven Spielberg, 1981) en momentos como la fuga de almas cautivas del final. También se cae en el cliché de explicar las razones de todo mal, como si no bastara mayor motivación que la del puro placer endorfínico.

En cambio, se nota que Julia y Julio (Beascoa, 2009), al alimón con Juan Trastos, fue un encargo mucho más agradecido en cuanto a la creatividad invertida en ello. Malet experimenta aquí con texturas, capas, contrastes y materiales de todo tipo, superponiendo fotos, papeles de distinto grosor, gasas, telas, cartones y fondos monocromáticos. La combinación de estos elementos con sus particulares ilustraciones de los dos protagonistas en su vida cotidiana es un sorprendente intercambio de impresiones. La propia composición del cuento orienta la atención de cada personaje enmarcándolo en una página entera, en diálogo directo con la siguiente, de tal manera que ninguno de los dos –ella albina, él ciego– cruza nunca sus erráticos caminos hasta que, cómo no, se encuentran finalmente –o más bien chocan, ¡y menuda ostia!–. Y, claro, surge el amor: a él le importa un bledo que ella sea albina, fea o enana; y a ella le encanta que no le juzguen por su físico. El cuento acaba aquí, pero intuimos que será mucho más difícil gustarle a nadie por su belleza interior que por la otra, en estos tiempos de amores tan efímeros y de desengaños tan duraderos.

Hija de la posmodernidad, Biografies perquè sí (Montena, 2009) es una compilación de semblanzas donde tiene cabida todo tipo de personalidades sin aparentemente ningún hilo conductor. Pero en ese variado eclecticismo reside la peculiaridad del libro de Lewis York –pseudónimo de LLuís Llort–. Son textos JuliayJulioeminentemente didácticos, pensados para un público muy joven. Pero aunque el libro está poblado por voces muy plurales, el verdadero protagonista es el diseño de cada páginas, empezando por la elección tipográfica, la cual tiene aquí la misma importancia capital que la propia ilustración. Las caricaturas de Malet no buscan la parodia, sino la sencillez en el trazo y la referencia directa a la profesión de cada uno de los biografiados. Hay por supuesto músicos (Beethoven, Madonna, Bob Marley, Springsteen, Pau Casals, Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Billie Holiday, Frank Zappa, John Williams) y figuras destacadas de la empresa tecnológica de la música, como Thomas Alba Edison (por el gramófono) y Akio Morita (por el walkman y sus posteriores derivaciones portátiles). Se cuelan también otros creadores “menores” pero no por eso menos relevantes como el fundador de Amnistía Internacional y los inventores del Monopoly, el velero, la cinta adhesiva y los marcadores de páginas.

Si creen que esto es surrealista, esperen a ver el contenido de La improbable vida de Bernard Lafourcade (Blur, 2008), de Enrique Mochales. Relatos trufados de personajes tan friquis como los de La melancólica muerte del Chico Ostra de Tim Burton (Anagrama, 1999) o situaciones más raras que las que describía Julio Cortázar en sus cuentos, llevan al lector con absoluta y desarmante naturalidad a, por ejemplo, la lógica del azar de limpiarse el culo con la palabra de Dios, reciclada en papel de celulosa; o a inteligentes metáforas de la torre de Babel para criticar la desproporcionada distancia entre el funcionariado y el ciudadano que lo mantiene; o a creíbles biografías de antihéroes de ficción que, de haber existido, habrían cambiado totalmente el curso de nuestra Historia. Todo ello condensado en microcuentos de apenas una páginas, de prosa poética y muy ágil, acompañados siempre por una imagen alusiva al texto. Algunas de ellas están hechas de un solo trazo, que con el tiempo se volvería más y más detallista –como puede apreciarse comparando el estilo de El Nigromant–. Hay dibujos que son tan maravillosos que dan ganas de ponerle un marco, como un fantástico gato que observa impertérrito una pastilla para la tos –a Malet le chiflan los gatos; de hecho, dos de estos libros están dedicados a ellos–, o un ángel deforme fumándose un pitillo, o viñetas brutales como las de un cerebro en una maleta, un pollito de mirada amenazadora sobre un cráneo perturbador, etc.

Mientras un determinado tipo de gente nombra a Jordi Labanda y a Juanjo Sáez como ilustradores favoritos, otros muchos preferimos decantarnos por autores que, como Oriol Malet, se prestan tan dúctiles como excelentes en cualquier tipo de encargos. Sin perder un ápice de su propia personalidad ni cercenar su libertad creativa, la trayectoria de Malet –a todos los niveles– sirve de estímulo y de acicate para quienes, aunque sea de manera más humilde y en otros campos distintos al suyo, perseguimos un sueño o un proyecto de vida. No pierdan la oportunidad de visitar su website, porque es un divertidísimo juego de espejos que no les va a dejar indiferentes.  +info | Relacionados| Iván Sánchez-Moreno