Orange Blossom

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Orange Blossom
“Under The Shade Of Violets”, Washi Washa, 2014

No se equivocaba Robert Plant cuando, aún con la resaca post-No Quarter (1994, Altantic), invitó a los Orange Blossom a abrir los conciertos de su gira del 2007. Las afinidades musicales eran evidentes y sin duda verles en directo le habría puesto palote al ex-cantante de Led Zeppelin.

Surgidos a finales del siglo pasado de la escena electrónica francesa, los Orange Blossom pretendían seguir el mismo modelo de sus admirados Transglobal Underground, liderados por entonces por la carismática (y ahora recauchutada) Natacha Atlas. A saber: un poquito de música árabe, otra pizca de percusiones africanas, un puñado de guitarrazos y, por supuesto, muchas bases programadas para que el personal pudiera mover el bullate postureando con la world music en las discotecas del pueblo. El invento no estaba mal del todo, aunque la moda se embrutecería pronto en el país galo con los petardeos sonoros provenientes del territorio balcánico.

Han pasado veinte años desde el debut de Orange Blossom y en todo este tiempo tan sólo han entregado tres discos. Entremedias han sufrido bajas –la de Leïla Bounous, sustituida con acierto por la egipcia Hend Hassan– y varias reformulaciones estéticas de su lenguaje musical que, ay, en Under The Shade Of Violets (2014, Washi Washa) parece haber perdido un poco el norte.

La producción, a cargo de Eric Chauvière y el multiinstrumentista Carlos Robles Arena (piano, órgano, sintes, programaciones, guitarras, percusiones, batería y principal compositor), está ciertamente muy elaborada y cuidada al detalle. Pero si bien el anterior álbum de la banda –Everything must chance (2005, Bonsaï Music)– causó muy buena impresión y logró excelentes críticas, en esta ocasión carece de la frescura de antaño y eso que llaman “el efecto sorpresa” –recurso que, confesémoslo, se suele decir cuando todavía no han proliferado las malas imitaciones–.

orange-blosson-groupY no es que a Orange Blossom les falten razones para triunfar con este nuevo disco. Repiten de nuevo con el acompañamiento de un conjunto de cuerdas –The Cosmic Orchestra, dirigida y arreglada por Gilles Gras–, convidan a un significativo número de voces de todo el mundo y, además, el virtuoso violinista Pierre-Jean Chabot se luce en un par de temas. Así que, a priori, Under The Shade Of Violets presenta muchas de las cualidades que le reportaron los éxitos pretéritos a la banda. ¿Qué le falta o qué le sobra, entonces?

Quizá la respuesta nos la dé Hermann Hesse, de quien se apunta una cita en la carpetilla interior del disco. En ella, el autor revela que el secreto de la música no radica en el exceso de inteligencia ni en la demarcación cultural; que trasciende todas las lenguas, todas las ciencias, y que debe representar la esencia humana que es, en el fondo, su alma. Un texto de tal presunción ya nos hace sospechar que detrás de tan elaborado trabajo hay más pretensión que humildad. Por si acaso, seguimos insistiendo en encumbrar sus alabanzas.

Por ejemplo, diremos que el disco está inflado por un cierto aura melodramático que no desvirtúa el curro melódico y rítmico tan bien engrasado que configura cada canción; que a veces dichos desarrollos derivan por meandros progresivos y subidones que desean llevarse a toda costa al oyente hacia el éxtasis; eso sí, con mucha prisa y densidad. Casi se diría que empachante. Pero buena, muy buena música, al fin y al cabo; de gran calidad.

La docena de tracks oscilan por entre atmósferas cinematográficas –à la René Aubry–, pianos minimalistas –cortesía de Rassim Biyikli–, trallazos de rock industrial –Black Box– y varias fugas hacia el trip-hop –como Pink Man, que no desentonaría nada en uno de los últimos discos de Tricky pero que aquí está francamente fuera de lugar–. Lost, Pitcha y Maria responden a esa manida fórmula de arrancar de manera suave e inquietante y de repente desbocarse explosivamente hacia un crescendo imparable. Y para que no se ponga en duda que la etiqueta que conviene es la de la ethnic music, se salpica la cosa con algo de raï y hasta con algún leve guiño al sinuoso estilo jazzy de Mulatu Astatke (The Nubian) que luego se endurece hasta adquirir de repente un cariz violento, casi heavy

Cuando apercibimos que los Orange nos están queriendo decir muchas cosas (¡demasiadas!) al mismo tiempo, nos damos cuenta de que hemos sobrepasado el ecuador del disco y, con él, también nuestra paciencia como oyentes melómanos. Tanto giro de guión aquí y allá denota que se ha confundido eclecticismo con ambición. Después de covers no confesados de Erik Satie (Ya Sîdî) y extrañas hibridaciones entre la chanson francesa y la jarana yucateca (Mexico), la decepción se precipita con una batucada brasileña (Aqua) que cierra el disco y que no encaja para nada en todo el conjunto previo.

Es entonces cuando entendemos a qué se refería Hermann Hesse y que en algún recodo del camino alguien olvidó: no es necesario tanto ornamento para vestir el alma humana; basta con el silencio desnudo. +info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno