Montserrat Figueras

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Montserrat Figueras
“La voix de l’emotion II”. Alia Vox, 2014

Secuela de una previa antología de Montserrat Figueras La voix de l’emotion (Auvidis, 1997)–, este disco-libro de casi 300 páginas reúne un total de catorce nanas (Jose embala o menino), madrigales (Aquí me declaró su pensamiento), villancicos (Senhora del Mundo), romanzas (Ojos pues me desdeñais), arias (Lettera amorosa), lamentos (Lagrime mie d’affanno) y odas a la Virgen (Maria sitzt am Rosenhag) que dan fe de la mística devoción y de la calidad humana de esta cantante, fallecida hace tres años. Profusamente ilustrado con fotos que resumen toda una vida –¡qué bonitas son las de Albert Aymamí y Jaume Figueras!–, La voix de l’emotion II se acompaña además de un documental biográfico en DVD dirigido por Carlota Casas y producido por Lavinia (Jordi Ferrerons y Joan Arañó) y CIMA (Centre Internacional de Música Antiga).

Jordi Savall se encarga de la edición y compilación de este abanico de colaboraciones con quien fuera más que amada esposa, musa y amiga, durante nueve lustros. Algunas de ellas se remontan a 1980, otras son más recientes. A su lado, relucen entre otros los nombres de Dimitri Psonis, Rolf Lislevand, Fahmi Alqhai, Andrew Lawrence-King, Driss El Maloumi y por supuesto los demás miembros del clan Savall: Jordi, Arianna y Ferran.

Montserrat Figueras fue ante todo heredera de una erudita influencia musical que se extiende desde la corte de Alfonso X el Sabio hasta las lindes balcánicas, que sigue por la América colombina hasta el éxodo judío por tierras de Oriente, y que va desde la Baja Edad Media hasta los postrimerías del siglo XX, un mestizaje de tradiciones musicales que engloba más allá de todo el Mediterráneo y que vara su barca en costas de medio mundo. En su incansable búsqueda musicológica, la añorada soprano persiguió siempre con ahínco el rastro ancestral de todas las culturas que habitaron la península y la sembraron allende mares y montañas: castellano antiguo, catalán-occitano, sefardí-musulmán, gitano-romaní, latino y céltico, etc., convergiendo en un solo lenguaje sin fronteras (la música) las religiones de toda la conflictiva historia del mundo occidental. Ese errante espíritu en pos de la fuente originaria caracterizó sin duda el buen hacer de Montse como investigadora y artista. Como rezó Manuel Forcano en las sentidas exequias que compuso para su funeral, “cuando eres raíz, deseas la tierra”.

El particular signo de su identidad era la naturalidad del canto frente a otros modos que priman antes la tensión y la filigrana vocal que la claridad en la verbalización del texto cantado. El estilo de Montse estaba más pendiente de la transmisión de la emoción que del tipo de canto sostenido (y a veces físicamente inaceptable) propio de la ópera. Fan fiel de la maestría de Victòria dels Àngels, de quien adoptó buena parte de su repertorio, Montserrat prefirió ahondar en los inicios barrocos del belcantismo clásico, que ella situaba acertadamente en Caccini.

“Voz de la melancolía” (según Renaud Machart), “voz de la emoción” (para Rui Vieira Nery) y “dama de luz” (Carles Duarte) son algunos de los epítomes que le dedican a Montse entre las páginas del disco-libro, traducido al francés, inglés, catalán, castellano, alemán e italiano. André Tubeuf, parafraseando a Nerval, califica su voz de angelical, “suspiros de santa y gritos de hada”. Para el citado Duarte, Montse estaba dotada vocalmente de “la transparencia mágica del cristal”.

Quien fuera Sibil·la y Santa Teresa (Alma buscarte has en mi), Eurídice en L’Orfeo, Cherubino mozartiano o la mismísima Mare de Déu por medio del canto se valió de un genuino stile recitativo muy agradecido para todos los músicos que la acompañaron, principalmente su marido en la viola de gamba solista que, secundándola, imita il canto chi parla de ella. Nótese especialmente en Anchor che co’l partire de Bovicelli y el madrigal de Ginés de Morata. Pero también en la vitalista y alegre Su la cetra amorosa de Tarquinio Merula, aderezada con saltarinas líneas de clavecín y corneta; o en Soleta jo so aci de Bartomeu Carceres (una indisimulada invitación al adulterio conyugal). Destacan los aires arábigos tan queridos por Montse (con la exótica incorporación de tabla, cítara y sarod, por ejemplo), los apasionados versos de la Lettera amorosa de Claudio Monteverdi y el leve efecto de cascabeles con que se abre el disco, semejante al tímido trino de un pájaro que hubiera detenido su vuelo en el alféizar de la ventana mientras van sumándose el resto de instrumentos a tan letárgica melodía.

MontserratFigueras Sin embargo, es en las canciones de cuna donde más apreciamos a Montse, tan elegante en el Wiegenlied a piano de Max Reger en contraste con la tenebrosa oscuridad de la que le sigue. No en vano, una de las tesis fuertes que defendía Figueras era el del valor de la nana como primer vínculo amoroso en la cultura del bebé, quien simboliza en la voz melodiosa de la madre el sentido de la protección y la paz. Ese atávico contacto con el ser emocional es parte esencial de la psique colectiva y justificaría la necesidad humana de la música. Por eso, el melómano no es quien más música ha escuchado, sino quien –por y con ella– sabe conmover el alma a través de la experiencia estética. Éste es el punto primigenio del que parte el arte y pensamiento de Montserrat Figueras, un aprendizaje que se constata en el legado familiar.

Pese a su ausencia, su alma no sólo impregna enseres, libros, instrumentos, partituras y objetos personales en el hogar de Bellaterra (Barcelona), sino también el gesto, la mirada, las palabras, la obra entera de todos los Savall que la recuerdan con veneración frente a las cámaras del documental. En lo cotidiano y en lo artístico, su presencia es inevitable, como demuestra un momento de intensa emoción como es el de las impros vocales que tejen madre e hijo en la intimidad de su casa.

Sin ser exhaustivo en su extenso catálogo discográfico –con más de 70 referencias–, el documental revisa algunos de los momentos más significativos de su carrera, como sus primeros pinitos en el Cor Al·leluia y el ensemble Ars Musicae donde conoció a su marido. Éste admite que, más allá de su voz y su perfume, le enamoró su capacidad para domar aquel rebelde asilvestramiento del joven Savall. También se recuperan aquí los largos años que pasaron en Basilea (Suiza), lugar en el que nacieron sus hijos y donde entablaron amistad con muchos de los futuros miembros de Hespèrion XX –como Lorenzo Alpert y Hopkinson Smith–. Fue una época de exploración y descubrimientos, rompiendo moldes estilísticos en cuanto a la interpretación de música antigua se refiere.

Hasta entonces, la exclusiva sobre el rigor científico e historicista parecía en manos de músicos ingleses. Pero la introducción de percusiones y ritmos más próximos al sentir colorista mediterráneo aportó una frescura inédita y libertaria. Al respecto contribuyó sobresalientemente la expresividad vocal de Figueras, en las antípodas de la mal acostumbrada seriedad de los medievalistas isabelinos. El documento ofrece dos revolucionarias muestras de ello: Vecchi letrose, non valete niente de Adrian Willaert y la festiva Trompicávalas amor de Juan Hidalgo. Después llegaría el día del reconocimiento, regresando a sus tierras de origen a mediados de los ’80 al frente de La Capella Reial de Catalunya con el fin de difundir obras del cancionero autóctono más vetusto: el martorellense Joan Cererols, el LLibre Vermell de Montserrat, el Cant de la Sibil·la, etc.

Tras su fallecimiento, su viudo ofició un concierto-homenaje recreando la Sibil·la con la voz pregrabada de Montse, como si ésta emitiera su mensaje severo desde el Más Allá. Siendo la música un principio vital para ella, a nadie sorprendió que, sabiendo de su fatal diagnóstico, rechazara toda clase de terapias agresivas si éstas podían afectar a su calidad vocal. Por el contrario optó por morir cantando, aceptando estoicamente el destino marcado. Hay en el documental un instante que subraya la tristeza de su marcha, y es un ensayo de Savall en soledad, tocando Les Pleurs de Sainte-Colombe con su silueta recortada sobre fondo negro. Se diría que el maestro llora ahí sin lágrimas visibles, haciendo del sollozo callado un bello telar sonoro. +info | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno