Mishima. El último samurái.


Mishima. El último samurái.
VVAA (2016) Alicante: EAS Editorial

Yukio Mishima (1925-1970) no sólo presta su nombre a un grupo indie. También es la excusa compositiva para una serie de cuartetos de cuerda de Philip Glass, inspira una de las canciones más bonitas de la historia (Forbidden Colours, de Sakamoto & Sylvian) y es asimismo uno de los principales motivos creativos de la banda Death In June, cuyo líder y vocalista (Douglas Pearce) colabora en este libro con un breve texto sobre la obra fotográfico-halterofílica del citado autor japonés. Mishima. El último samurái reúne otros nueve capítulos de diversa autoría, bajo la estricta batuta de Troy Southgate en labores de editor. Dicho tomo supone además el tercer volumen de la serie Pensamientos & Perspectivas de la alicantina editorial EAS, en cuyo catálogo constan sendos trabajos sobre George Orwell y J.R.R. Tolkien que ya reseñamos con anterioridad en esta revista. El siguiente monográfico en preparación corresponderá a la controvertida figura de Ernst Jünger, con las firmas invitadas de Fernando Sánchez-Dragó y, de nuevo, Troy Southgate –antiguo integrante de bandas ska como Distorsions y Banana Skins–. Volviendo al libro que nos ocupa, no debería sorprendernos que en este compendio figuren varios autores procedentes del círculo de simbolistas y hermeneutas que tienen a Carl Jung y René Guénon entre sus más encumbrados maestros de referencia. Dado el enfoque con el que se analiza la vida y la obra de Yukio Mishima, el código samurái va a centrar buena parte de las atenciones. Es el caso de Kerry Bolton y Troy Southgate, quienes avanzan algunos de los principales valores morales y estéticos que Mishima adoptó y adaptó en su literatura y modo de vivir. Southgate es más concreto en sus vínculos entre el amor y la muerte, tema recurrente desde la Antigüedad en la dualidad existencial ethos-thanatos: el Hagakure, libro de cabecera de Mishima, arroja, entre otros, consejos como los del uso de afeites para embellecer el rostro incluso después de haberse inmolado. Christopher Pankhurst será otro de los que insistirán en las bases epistemológicas de la idiosincrasia suicida de Japón, reflexionando sobre el ritual del seppuku con que Mishima glorificó el final de su vida. La voluntaria elección de su muerte no fue un mero capricho del escritor, pues se mezclan en ella condicionantes de orden filosófico, así como un evidente gusto por la épica y el sadomasoquismo. No en vano, una de las imágenes más imitadas por Mishima se basaba abiertamente en la iconografía clásica de San Sebastián, modelo confeso para su propia concepción del héroe mártir. Más allá de la semblanza biográfica que nos ofrece Wulf y la soflama de cariz ideológica firmada por John Howells –bajo el explícito título de Malditos japos: El pueblo al que está bien aborrecer–, el segundo hilo temático más importante en este libro es el que apunta Dimitris Michalopoulos al introducirnos en los fundamentos estéticos del Romanticismo nipón. En apenas una decena de páginas, Michalopoulos expone algunos de los principales rasgos del Völkgeist japonés no sólo desde una perspectiva psicológica, sino hundiendo también sus raíces en los antecedentes socio-históricos y mitológicos de su cultura. Por su parte, Vijay Prozak analiza la obra de Mishima escarbando en la filosofía nietzscheana y hasta en los mitos artúricos, mientras que Koichi Toyama hace lo propio ahondando en la influencia con que Mishima, para bien o para mal, contribuyó a la revolución del Mayo del ’68. Pero es sin duda la opinión pública del homenajeado lo que despertará mayor discusión tras la lectura de este ameno libro. Mishima vaticinaba que, con la abolición de la izquierda y la derecha, la alternativa resultante sería una falsa tendencia moderadora que podía descargar imprevisiblemente todo su peso hacia el totalitarismo del mercado capitalista, fuese éste del color que fuese. El fascismo, según la interpretación que aquí se desprende de las palabras de Mishima, nació en diversos puntos geográficos a lo largo del siglo XX como una réplica ultranacionalista que quería restituir al pueblo un idealizado sentido diferencial y tradicionalista frente a los ubicuos modelos de panuniversalismo que homogeneizaban dos potencias mundiales casi recién nacidas: EEUU y la URSS. Mishima no disimuló nunca su rechazo de ambas, acusándolas de carecer de una historia aristocrática plena –al menos si nos ceñimos a la idea de una nación independiente de los imperios que las amamantaban durante siglos–. Aniquilada la bestia negra del fascismo tras la II Guerra Mundial, era necesario restablecer el tenso status quo anterior a los dos grandes conflictos bélicos del siglo XX, autoproclamándose así EEUU y la URSS como representantes absolutos de la izquierda y la derecha durante la Guerra Fría. Pero la bestia negra nunca murió del todo, y ha esperado todo este tiempo para que se debilitaran las fuerzas de estos dos extremos enfrentados. He ahí, como prueba, el actual florecimiento de un nuevo/viejo facto tradicionalista que pretende legitimar el regreso de los valores ancestrales y de un pensamiento identitario que no ha tolerado el invasivo dominio de otras formas culturales con la excusa del aperturismo comercial del petróleo. A los barbudos con chilaba les está costando mucho más que a Japón abdicar de su pasado tradicional a golpe de talonario. Por el contrario, Mishima siempre sufrió por la humillación de su país tras su atómica derrota. A partir de entonces, la nación del Sol Naciente asumió no sólo su renuncia a los viejos códigos de honor samurái, trastocando toda una cultura que anclaba sus orígenes en el albor de los tiempos, sino también la de la divinización de su Emperador a cambio de reproducir a destajo las máquinas fotográficas de Kodak y destilar whisky escocés de marca. Como se puede apreciar, la estela de Mishima aún centellea con fuerza. + info | Iván Sánchez-Moreno