Magdalena Kozená

magdalena-kozena Magdalena Kozená
“Songs my mother taught me”
Deutsche Grammophon / Universal, 2008

 

“Estas canciones están en mi sangre”. Así de rotunda respondió Magdalena Kozená cuando se le preguntó el por qué del repertorio de este disco. Su madre solía cantarle muchas de estas nanas y temas infantiles del cancionero tradicional checo –de cuando entre Bohemia y Moravia coexistían casi un centenar de dialectos distintos, ligados a cada clan y villa–. Magdalena ya había revisado a algunos autores patrios –concretamente Dvorák, Janácek y Martinú– en el pretérito Love Song (Deutsche Grammophon, 2004), de los que ahora rescata más de una treintena de piezas cortas secundada casi siempre por el piano de Malcolm Martineau.

La especial querencia que Kozená siente por la obra de Léos Janácek (1854-1928) nace en la mismísima cuna, pues ella creció en Brno, localidad donde Janácek vivió toda su vida. En compositor acostumbraba a usar motivos del foklore de la región en sus óperas, y hallaba la inspiración en cada personaje, trino de pájaro y colores de las flores en los caminos y bosques cercanos a Brno. Sin embargo, nunca escribió rol alguno para mezzo –cuando necesitaba de una voz dramática, echaba mano de sopranos con una mayor capacidad vocal y expresiva, más impulsiva y emocional–. En cambio, nunca adaptó sus canciones folklóricas para ninguna tesitura de voz especial, lo que convierte ese apartado de su obra en un plato apetecible tanto para cantantes más técnicos como para otros menos dotados o de voces poco domadas. Por eso se hace interesante comparar la interpretación de Kozená con la que hace apenas un lustro grabó Iva Bittová con el Skampa Quartet, Moravian folk poetry in songs (Supraphon, 2004), mucho más asilvestrado y libre -como se constata en la versión de El pequeño banquito-.

Por el contrario, Dvorák (de quien se ha seleccionado media docena de temas) componía melodías más duras, algo más marcado por la influencia germánica –aunque la preciosa pieza que da título al disco tiene un aire ligeramente impresionista–. Antonin Dvorák (1841-1904) daba al protagonismo vocal una coloratura de violín, por lo que forzaba la voz hasta notas muy altas, algo que se constata en la oscura Canción del atardecer y los duetos con Dorothea Röschmann, donde Magdalena Kozená demuestra su excelente dominio sin el abuso de vibrato ni florituras a las que son tan dadas las divas belcantistas. Kozená, en cambio, se presta límpida y cristalina, con una dicción perfecta.

Siguiendo con esa tradición alemana del singspiel, se incluye a la colección una pequeña joya sobre versos de Goethe escrita por Jan Josef Rösler (1771-1813), autor muy poco conocido por estos lares, al igual que Erwin Schulhoff (1894-1942), pupilo de Debussy que incorporó formas de jazz y cabaret en su obra sinfónica y que murió desgraciadamente en un campo de concentración. El más joven de los autores aquí recogidos, Petr Eben (1929-2007) es quien rompe radicalmente con el resto. Hombre de extremada religiosidad, vertía en su música un elevado sentimiento de espiritualidad que explica el austero recogimiento y sencillez de las seis Canciones para laúd que se han seleccionado para la ocasión. Eben se basta de una guitarra –que tañe Michael Freimuth secundando a Kozená– para acompañar la voz en cortes trovadorescos y medievales, y también en melodramáticos poemas de desamor.

Y por último, en contraste con el estilo más moderno y melancólico de Vítezslav Novák (1870-1949), los poemas cantados de Bohuslav Martinú (1890-1959) se presentan más simples, de líneas vocales más fáciles pero también más ágiles. Con Martinú pasaba que, mientras sus contemporáneos se iban volviendo más innecesariamente sofisticados –y complejos para el intérprete–, él fue depurando progresivamente su música hasta dejarla casi desnuda. Con esa exquisita sensibilidad canta su obra Kozená, jugando con la alegría que inspira la danza de cortejo o las baladitas que hablan de amoríos –¡qué hermosa es la Esperanza que describe Martinú!–.

Cierran el disco dos de las Canciones silesias de Janácek que ponen los vellos como escarpias: la voz a punto del llanto de Kozená y el piano burlón de Martineau provocan en el oyente una sensación de extrañamiento sin consuelo. Acabado el CD, nos persigue por un rato ese misterioso hálito de sombras que se mueven por el paso invisible del viento para mecernos la soledad en bandeja de plata. En la contraportada, los ojos de la cantante se clavan en quien la mira con el mismo brillo con que su voz marca el corazón de quien la escucha. Y ya no hay escapatoria. El silencio de después no nos devuelve la paz interrumpida, nos hace entender la nostalgia en esencia. Esas sombras no eran tal, sino el perfume abandonado, el pendiente roto en el mueble, la bufanda que nos regaló para el frío. La ausencia tiene nombre de mujer y su voz se parece a Magdalena. www.kozena.cz // Iván Sánchez Moreno