M de Música

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M de Música. Del oído a la alquimia emocional
Josep M. Romero Fillat Alba, 2011

Un siglo de música diegética o extradiegética en el cine nos ha acabado pasando factura. Bien lo sabe Josep M. Romero Fillat, responsable durante mucho tiempo de la edición sonora de varios canales de TV, quien ha recopilado aquí innumerables anécdotas y m-de-musica-picreflexiones acerca de los usos (y abusos) de la música en la pantalla. Su análisis no sólo se circunscribe al ejemplo de los leitmotivs –como las árias de ópera en Toro Salvaje (Martin Scorsese, 1980), el silencio en 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968) o los violines histéricos de Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960)–, sino también las cortinillas musicales de algunos espacios televisivos (el recurso de los temas minimalistas y marcadamente rítmicos de los telediarios, las fanfarrias y marchas para los deportivos, etc.), el muzak o música de ascensor, las pugnas comerciales y hasta políticas por los copyright de algunos sonidos (el grito de Tarzán, el rugido del león de la Metro-Goldwyn-Mayer, la voz del Pato Donald o el ruido de motor de las Harley-Davidson, como apunta Peter Szendy en Escucha, publicado por Paidós hace ocho años). No faltan otras amenas consideraciones sobre sistemas estereofónicos en salas de proyección que se han incorporado a nuestra propia sensibilidad como oyentes, como es el caso del Dolby o el THX del chanchullero George Lucas, o los montajes sonoros de los foley effects en los dibujos animados (¿qué sería del humor grueso de los porrazos y tartazos de los cartoons sin onomatopeyas ni música de psiquiátrico como la de Carl Stalling?), los fade out en los flashbacks narrativos o el reciclaje de la música atonal para las pelis de terror (¡pobre Schoenberg, en qué le han convertido!). Hay lugar incluso para pseudo-explicaciones psicológicas sobre los earworms o “gusanos musicales”, pequeñas neurosis obsesivas de cancioncillas que se nos quedan “pegadas” como si de una molesta mosca se tratara; o del efecto Mozart, vinculado al método Tomatis de musicoterapia. Pero no se asusten, no se trata de un manual técnico, sino de una colección de curiosidades que también incluyen referencias a las músicas de género, como por ejemplo los encargos para los jingles de Windows de Fripp & Eno, la perversa y tópica relación entre mafia y big bands de jazz o la utilización de la flauta shakuhachi como arma defensiva en el Japón medieval. Con un escueto prólogo del director Manuel Huerga, M de Música –título que juega con el clásico de Fritz Lang, M el vampiro de Düsseldorf (1931)– resulta una lectura entretenida y fresca, que entra rápido sin dejar mucho poso. | Alba | Relacionados | Iván Sánchez-Moreno

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