Ludovico Einaudi / The Royal Albert Hall Concert

enaudiLudovico Einaudi
«The Royal Albert Hall Concert»
Ponderosa / Resistencia (2010)

Internacionalmente conocido fuera de Italia por su anterior Divenire (Universal, 2007), resultaba demasiado premeditado lanzar un recopilatorio. Pero a pesar de sus limitaciones en labores de composición, este hijo de editor tira de live a falta de material nuevo, quizá por miedo a repetirse. La fórmula no es que mejore sustancialmente por venir arropado de una banda de cinco músicos y una orquesta de cámara de quince, sino que al menos intenta disimular esa planície artística de sus discos de estudio que, contra todo pronóstico, le ha hecho de oro. Deudor del estilo minimalista de Wim Mertens, del encadenamiento de melodías semiimprovisadas a lo Keith Jarrett, y de los crescendi rítmicos típicos del Michael Nyman post-Piano –a quien por cierto Einaudi se le parece físicamente cada vez más–, tras las más de tres horas de concierto que embute en este último trabajo se puede afirmar con rotundidad que la referencia que mejor le va a estas alturas es ni más ni menos que… Anton Bruckner.enaudipic

¿Por su severidad formal? ¿Por sus arreglos wagnerianos? ¿Por sus barroquistas ornamentos sinfónicos? Nada de todo eso. La comparación viene al pairo por esa sensación de abrumador coitus interruptus que provoca su escucha: cuando parece alcanzar un clímax, vuelve para atrás con largos y anodinos pasajes de (muy) slow tempo –y para muestra, Bye Bye Mon Amour–. A falta de ideas para el desarrollo de los temas, Einaudi estira y estira y estira, añadiendo o restando instrumentos que no aportan sino volumen en líneas paralelas a las que marca el martilleo del piano (por ejemplo, remítase a The Tower). Por más que publique discos dobles, triples o cuádruples –y éste incluye, además, un DVD de excelente montaje, sonido y fotografía–, o que se acompañe de la mismísima Filarmónica de Berlín, y tanto si compone piezas cortas como largas, la música de Einaudi cansa al poco rato por su monótona autocomplacencia. Si su obra fuese un discurso, sin duda la prosodia lo haría seductor al oído, pero su mensaje seguiría sordo al corazón.

Al respecto, es sintomático oír su tarareo de fondo mientras toca –atiendan a Tu Sei– como hacía Glenn Gould para desdibujar nuevas fugas sobre lo interpretado. Sin embargo, en Einaudi la intención no responde a una estrategia creativa, sino a la necesidad de rellenar el vacío; ergo, de dar estructura a lo que no tiene esqueleto. El de Einaudirepetición con el lema gestáltico del “menos es más”. De hecho, la austeridad del estuche es un reflejo de la sencillez de su lenguaje. Quizá por eso actuar en el mítico Royal Albert Hall le venga algo grande. es un minimalismo de sofá, de aquél que confunde

El arte de Einaudi satisface como el agua a la sed; el sibarita liba otros licores, con aroma y sabor. He ahí la diferencia entre la música para ser escuchada y la música que suena de fondo. ¿Dónde encaja la de Einaudi, si la etiqueta de minimalista merece otras reservas? Tal vez la de música ambient, que nació a partir de la musique d’amoblement de Erik Satie para reaccionar contra la pomposa música programática, la cual tenía por objetivo defender frivolas reivindicaciones como: una asumida falta de contenido; el goce de su audición por el puro placer sin fin; la función atmosférica, decorativa. La música de ambiente, por tanto, era tan inocua como invisiblemente agradable al espacio, como los enaudipic1discretos visillos de las ventanas cuyo color aséptico tamiza la luz del sol en el interior de la casa. De servir para algo, dicha música tan sólo busca “hacer bonito”.

¿Es éste, entonces, el secreto de Einaudi? Cabe matizarlo. El piano, que es el instrumento que debería asumir aquí el protagonismo, se sustenta en melodías forzadas a base de ritmo, relegando al resto de músicos. La cuerda, por ejemplo, desaprovechada en preludios innecesarios que no desentonarían en los títulos de crédito de un amable telefilm de sobremesa (óiganse Melodia Africana, I Due Fiumi o Stella Del Mattino para corroborarlo), queda reducida al mero papel de comparsa. Sin cuerpo, ni acentos, ni aderezos, ni lacitos. Tan desnudas son sus intervenciones que, de no estar nadie –ni siquiera el propio Einaudi– echaría de menos (exceptuando, claro, los inevitables aires vivaldianos en Primavera, única esencia de toda la pieza). No hay secreto, pues: la música bonita, si es tan estática, aburre si reservan su atención. Es como hacer el amor con el partenaire dormido: el gozo es sólo de quien empuja o de quien cabalga, pero sólo uno llega al orgasmo. Tal vez por eso Einaudi no ha recortado ni un minuto de los muchos que el público le aplaude antes y después de los bises. No en vano se despide significativamente con una pieza titulada Eros…  www.einaudiwebsite.com // Iván Sánchez-Moreno