Luciana Souza

luciana-souza.jpg Luciana Souza
"Tide"
Universal Music France, 2009

Hace unos meses citábamos a la brasilera en la reseña del disco de versiones de Jorge Ben Tudo Ben-Jorge Ben covered. Allí quedaban patente sus excelencias como vocalista de altura dentro de la MPB (música popular brasileña). El elegante timbre que gasta Luciana Souza no tiene nada que envidiar al de iconos de la talla de Maria Bethania, Gal Costa o Marisa Monte. Su declaración de amor a la música de su país no arroja duda alguna en Eu quero samba, aquella canción que inmortalizara el genial Joâo Gilberto. Su letra desprende un cariño desmedido: “Eu digo adeus ao boogie-woogie ao woogie boogie e ao swingue também chega de rocks, foxtrots, e pinotes isso não me convém eu vou voltar prá cuíca, bater na barrica tocar tamborim.” Pero no queda todo en el samba y la bossa, porque Souza se mueve como pez en el agua en terrenos propios del jazz o el soul, como demuestra en Fire and wood. Así que ni corto ni perezoso el sello Verve le echó el guante para firmar su primer disco The new bossa nova. Si hay algo que caracteriza la tónica crepuscular en la que se desarrolla el disco es la cristalina producción que realza la ensoñadora voz de Luciana, un tanto que se apunta su marido, el productor Larry Klein (Joni Mitchell, Tracy Chapman, Madeleine Peyroux). Una de las canciones más sobrecogedoras e intimistas que destacan en el disco es Love – Poem 65, con letra del poeta E.E. Cummings, al que rinde su particular homenaje también con el conmovedor tema que da titulo al álbum. No se olvida nuestra amiga del carismático Paul Simon, del que viste con sus mejores galas doradas Amulet. Cualquiera diría que aquí canta Fiora Purim, la vocalista de Return To Forever. En Tide los susurros y el scat  (escuchen las prestidigitaciones vocales de Sorriu para mim ) alcanzan las cotas más altas a las que se puedan aspirar. Otro punto fuerte de este trabajo es la ambivalencia que se consigue al saltar del brasileño al inglés. En los diez cortes aquí conjugados no hay manos de hierro que valgan  porque todo son guantes de seda. ¡Y qué seda! // Miguel Angel Sánchez Gárate