Lokua Kanza

nikol2.jpg Lokua Kanza
“Nkolo”
World Village, 2010

Hace ya unos cuantos años en una entrevista preguntaban a Youssou N´Dour acerca de cual era su cantante favorito. Sin pestañear señalaba al congoleño Lokua Kanza. Y es que es difícil no caer rendido a esa voz embriagadora, que acaricia y lleva en volandas hacia zonas oníricas de las que sería mejor no regresar. Kanza no solo se asoma al micrófono, también templa la guitarra y lo hace francamente bien. Suyos son discos de una exultante belleza como Wapi yo RCA,1995 o Toyebi te Universal, 2002. Y esa genial alianza entre otros dos titanes de las cuerdas vocales, como son el camerunés Richard Bona y el martiniqués Gerald Toto, que se personificó en un rotundo disco de la colección No Format. Su carrera está jalonado de logros y menciones. Uno de los últimos galardones cosechados por el músico de Kinshasa ha sido el ser premiado como mejor artista masculino de la diáspora en la segunda y última edición de los Ndule Awards. En la portada del álbum el artista posa vestido de blanco impasible y subido a un banco de madera con el mar al fondo. Toda una metáfora de la placidez que encierran estos surcos. En esta ocasión se ha valido de colaboradores como Kool Matope y Fally Ipupa; su propio hermano René Lokua; un coro de cincuenta niños de Kinshasa, que restalla con fragor en la canción Famille; así como del batería de Wenge Musica Masion Mère, Kakol; y del antiguo guitarrista de Wenge BCBG, Pathy Moleso. Quizás una de las principales novedades de Nkolo sea la utilización del portugués (siguen presentes el lingala y el francés). Mas su savoir-faire se mantiene afín a las constantes que dibujaba en sus anteriores discos. Ya los arrullos femeninos de los coros y el burbujeante mbira (piano de pulgar) que engalanan Elanga ya muinda, el primero de los cortes, anticipan una suerte de Shangri-La para el oyente. Y esa cálida guitarra que acaricia junto al elegante soul que despliega Lokua en Dipano. Nakozanga recuerda algo las andanzas junto a Bona y Totó por los espectaculares juegos de voces que se simultanean con los quejidos de fondo. También hay espacio para la pura acapella y los experimentos vocales del tipo de las primeras Zap Mama, en Loyenge, donde las voces se conjuran con sortilegios en forma scats, trabalenguas y tirabuzones. Soki es una de las piezas más delicadas que se vale de instrumentación brasileña y una guitarra con arpegios cercanos a la bossa-nova. Lokua se metamorfosea en una especie de Milton Nascimento en Vou ver, donde recurre al portugués, arropado por un piano y una puntual y sutil guitarra. El único momento en que se muestra con más bríos y alborota el tempo relajado del cancionero es On veut du soleil, aunque sin abandonar del todo su brisa seductora. En Yalo vuelve a valerse del mbira (piano de pulgar), en un número casi vocal que dibuja otro de los momentos álgidos de esta antología. Mientras que en Oh Yahwe se atrinchera en un gospel africano, armado con su guitarra y unas algodonosas y etéreas voces, para sentenciar con un conmovedor y religioso epitafio. El disco, que ha sido grabado entre París, Kinshasa y Río de Janeiro demuestra que no todo está hecho para este ruiseñor africano. Con su excepcional talento lo mejor está por venir.Lokua Kanza relacionados  // Miguel Ángel Sánchez Gárate