LLorenç Barber

lloren.jpg LLorenç Barber
Edificio Histórico de la Universitat de Barcelona
10 de diciembre, 2009

Un nuevo tapiz decora las paredes de la escalera noble del rectorado de la UB. Bajo el nombre bordado de Heloïse y sobre el escudo heráldico de la institución se proyecta ininterrumpidamente un breve film al son del incesante metrónomo de un viejo reloj. Tan viejo como la propia universidad. El eco de ese constante tic-tac resuena desapercibido en corazones y conciencias de todos los vástagos del saber que una vez se licenciaron entre sus tochos.

Como excusa inaugural, el desvelamiento de la instalación artística de Elena del Rivero tuvo como invitado a LLorenç Barber y su set portátil de campanas. Actuación apresurada la suya, pues apenas unas horas más tarde partía hacia Suiza para otro evento musical. Entendido como ejercicio sonoro, el show de Barber reciclaba muchos de los golpes de efecto que ya propuso el año pasado en el marco del Festival LEM.

Pero LLorenç Barber no es solamente músico. Es un hacedor de sensaciones nuevas, esa rara raza que últimamente tanto se echa de menos entre los artistas, alguien para quien el arte no es únicamente una plataforma de exhibición ni un chorrazo de plástica vacua, sino que comprende la estética como modo de experienciar la vida y como universo conceptual al uso de cada individuo. Su obra es siempre un sutil esbozo de algo que luego ya devendrá por sí solo en el interior de cada uno. Como un demiurgo, Barber ha creado a su alrededor un mundo de ideas sugerentes y hasta un diseño de los propios instrumentos como un luthier de los de antes. Como hombre preocupado por desarrollar su pasión hasta cualquier confín del planeta, Barber utiliza los espacios como campo de trabajo para urdir experimentos que tendrán sus consecuencias en la memoria de los presentes. Como un científico, la de Barber es una obra abierta que hace de la vibración de las partículas del aire por mediación del sonido una forma de actuar sobre oyentes y ambientes. Por eso, todo ofrecimiento de LLorenç Barber es un feliz convite para los sentidos -todos: pues en el organismo entero intercede Barber con las ondas que sus campanas emanan-.

Es tan importante la (pre)disposición del oyente como la intención y voluntad del artista para establecer una buena comunicación a un lado y otro del escenario, como lo es también el lugar en sí donde se desenvuelve la acción. Por ello, resulta "más íntimo" que el público rodee al artista con un abrazo de calor, mientras éste le envuelve con su música en el acto… Lo cual estaría muy bien si se deja a ésta respirar.

No fue el caso del pasado jueves 10. El sonido quedaba lastrado por tanta presencia física en derredor, amortiguando su libertad y sin poder aprovechar al máximo las posibilidades acústicas de la piedra y del foso mismo de la escalera noble. Repartidas por diversos rincones a lo largo de la escalera del rectorado, las campanas le servían a Barber para improvisar juegos de volúmenes y dimensiones, interactuando con la resonancia de las superficies. Por ende, era más conveniente escuchar a Barber en la lejanía que a cortas distancias, para así apreciar mejor los efectos que tramaba. Daría lento inicio al asunto el repique de unas campanas pregrabadas (las que antaño sonaron en ese mismo edificio), un detalle a priori ya cuestionable por desnaturalizar la experiencia. El compás del reloj marcaría simultáneamente los pasos de la anciana de edad indeterminada que protagonizaba el video de Elena del Rivero, cuyo fin coincidía con el descenso absoluto de la escalera en cuestión dando pie en ese justo instante a las artes de Barber.

Entre los murmullos nerviosos de la concurrencia, se fue desplegando un tibio canto diafónico que Barber cincelaba con el tintineo de campanas graves y el vaivén de una onda en la copa de otra. Reverberando entre metales, su voz fue agrandándose en armónicos sincopados tejiendo un espeso carillón que hizo desplazarse a un segundo plano el enojoso tic-tac del invisible reloj. Apenas media hora más tarde, la luz del hall que tamizaba de ocre el sitio impregnó también los últimos tañidos, impresionando un ocaso interior que Barber acabó con un lastimero quejido ensordecido por la cacofonía reinante en el lugar (que no por ser caco- va ser feo).

Heloïse Perfundet Omnia Luce es el título de la pieza de Elena del Riero que la música de Barber secundaba. Homenaje a esa "musa prohibida" del demoníaco cura Abelardo -el famoso bardo Golia del siglo XII y padre de la lógica moderna-, el lema que la nombra trastoca el canon suplantando la supuesta Libertas del original en lo que se pretende una denuncia por el peso del patriarcado en la relación docente universitaria: si bien el ideal simbólico parte de la noción de alma mater, en la práctica real se constata una evidente ausencia histórica de la mujer en casi todas las disciplinas que la academia acoge. De ahí la imagen de esa madre en el video que baja tan lentamente, desnuda pero nada frágil, valiente y decidida, pese a todo, con sus brazos abiertos y las manos extendidas, buscando ese abrazo no consumado por nadie.

Quizá no es casualidad que, de fondo, tras la figura de esta Heloïse a la que encerraron en un convento tras capar a su amante y pigmalión (y condenando aún más si cabe ese amor irresoluto) asomen las pancartas y las tiendas de campaña de la brigada de estudiantes que un año antes okuparon el sitio. De esa forma, entre las protestas de unos y la indiferencia de otros, la "Heloïsa que todo lo inunda de luz" saldrá a la calle para ser barrida por el olvido… o no. Quizá por ello tampoco sea casualidad el tibio aplauso de cortesía sin compromiso que recibió las palabras del Excmo. y Magfco. Sr. Rector para presentar el acto. Quizá descorriendo el telón que cubría la obra de la artista pretendieran tapar otras grietas (con aroma a salsa boloñesa). Y, pese a todo, Heloïsa sale a la calle, anciana, desnuda, ignorada, olvidada. Pero sonriente, llenándolo todo de luz. Pese a todo, insisto. Relacionados.  // Iván Sánchez Moreno