Leonard Cohen

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Leonard Cohen
Palau Sant Jordi, Barceona, 3 de octubre de 2012

Yendo hacia el Palau Sant Jordi iba pensando en el concierto de Leonard Cohen al que me dirigía aquella noche e intentaba olvidar todo tipo de apriorismos, de conocimientos previos, de años de escuchar su música… Llegaba a conclusiones como la que me acercaba a oír a un señor de 78 años; que nos iba a cantar sus poemas para que los conociéramos y en un idioma diferente al nuestro, al menos de una gran mayoría de los espectadores; una música supuestamente íntima en un espacio para varios miles de personas; un día entresemana y con unas entradas a un precio no exactamente de crisis económica; en un concierto anunciado de más de tres horas de duración; conclusiones que me llevaban a pensar cómo se podría definir lo que iba a ver.

Ya dentro del pabellón, procuré seguir con mi intento de análisis, si no objetivo, sí que emocionalmente distante del bagaje personal, para procurar ver lo que ocurría con ojos imparciales… Pero ese intento de desafección duró menos de lo pensado, porque cuando Leonard Cohen empezó su concierto interpretando Dance me to the End of Love, no bailamos con él, pero si que caímos en sus redes, en las redes de aquel señor que se arrodillaba ante sus músicos, igual que su publico hacía una simbólica genuflexión ante él. Y aquí acabó la aventura de la objetividad, al menos del intento de absoluta objetividad.

Un escenario con una sobriedad muy estudiada, rodeado de enormes cortinajes desde el suelo hasta lo más alto de la escena que se iban iluminando con diferentes colores, empezando por una combinación alterna de rojo y amarillo que la gente acogió con satisfacción, y que fue pasando por una gama infinita de colores; entre los que se situaban los músicos, teclados y batería en la parte posterior, guitarras y violín a la izquierda del cantante, coros a su derecha y tras él el bajo, los nueve magníficos músicos que le acompañaban; dos pantallas gigantes de video una a cada lado, una de ellas con problemas intermitentes de imagen, puede que el único fallo técnico de la noche si excluimos el ya consabido rebote sonoro que el pabellón proporciona a todos aquellos músicos que lo frecuentan.

El segundo tema de Leonard Cohen fue The Future, canción de arrepentimiento, de plantearse el mundo en que vivimos, donde las hermanas Hattie y Charley Webb dieron su voltereta acrobática habitual, lo que le permitió luego presentarlas como cantantes y acróbatas

CohenBcn2Le siguió Bird on a Wire, acogida con aplausos por el público, en la que reivindica una libertad, la suya, que puede ser dolosa para los otros; Everybody Knows, hablando de lo amargo de la vida; y tras ellas Who by Fire, con una introducción de más de cinco minutos de Javier Mas con sus cuerdas. Javier Mas es uno de los activos más preciados de los directos de Leonard Cohen, quien lo robó hace cuatro años de la escena de nuestro país, después de escuchar su intervención en el homenaje Acordes con Cohen, organizados por Alberto Manzano en gira durante el 2006 y el 2007, cuando se pensaba que el cantante ya se había retirado de los escenarios, aunque luego volviese impelido por problemas económicos al ser estafado por su manager y acosadora Kelley Lynch. Fue en ese retorno cuando le pidió a Javier Mas que estuviese con él, un Javier Mas que tocaba la bandurria en el 73 con Raimundo Amador, y luego con María del Mar Bonet, que antes había empezado tocando en las calles de Londres temas conocidos, entre ellos algunos del propio Leonard Cohen. Tres veces interrumpió el publico con aplausos la introducción que Javier Mas hizo de Who by Fire, una de las canciones talismán del cantante.

Darkness fue el primer tema que interpretó Leonard Cohen de su nuevo trabajo, oficialmente la presentación del mismo era el motivo del concierto. Con una introducción no de banjo, como en el disco, sino de armónica, de la mano de Mike Scoble, manager de la gira, que salió a acompañar a la banda puntualmente, escuchamos al cantante afirmando “No tengo futuro…”. La omnipresencia del órgano Hammond en el tema, de la mano del magnífico Neil Larsen, creaba un ambiente, que se repetiría en muchos de los temas, que ayudaban a conseguir tanto el batería Rafael Gayol, como el bajo, a la vez responsable de la banda, Roscoe Beck un trio que dotaba de una base sólida al conjunto.

Más canciones reconocidos por el público: Sisters of Mercy;  Hey, That’s No Way To Say Goodbye, triste canción de despedida de un amor, a la que siguió Amen segundo tema de la noche de su nueva grabación, Old Ideas, con un tratamiento cercano al country, como en el disco, y donde Mitch Watkins, que suplía a Bob Metzger, baja a última hora por enfermedad, se pudo lucir en su solo de guitarra eléctrica, jugando con las octavas al estilo de Wes Montgomery, y apoyado por el sonido del violín, lo que acentuaba su proximidad a aquel estilo de música; un violín de la mano del inspiradísimo moldavo Alexandru Bublitchi que le cogió el relevo en el apartado de solos, premiado con los aplausos del público, que se irían repitiendo durante toda la noche en todas sus intervenciones solistas, como en el caso de Javier Mas.

Otra canción nueva, Come Healing, una balada gospeliana, con las voces femeninas como protagonistas, donde se pregunta sobre el valor del dinero para el espíritu. Luego, In my Secret Life, nos retrotraía al pasado momentáneamente para volver a su nuevo disco con Going Home, “Un manual para vivir con la derrota […] y renacer”, nos explica el texto. Waiting For The Miracle, otro de sus temas acogidos con aplausos por el publico, antecedió a un inspirado, casi mágico Anthem que puso fin a la primera parte, no sin el susto de muchos espectadores que creían finalizado el concierto, lo que obligo a un miembro de la organización, para acallar las incipientes quejas, a salir a escena para aclarar que aquello era solo un descanso.

Comenzó la segunda parte con una irónica Tower of Song en la que Leonard Cohen tocó el segundo de los tres instrumentos de la noche, después de su guitarra, un vetusto teclado eléctrico en el que hizo unos solos sencillos que levantaron al público, sobre lo que él mismo hizo broma. Luego, una de las canciones mejor acogidas de la noche, Suzanne, donde se acompañaba con su guitarra, el tema que popularizó en el 66 Judy Collins y que, en realidad, fue su puerta de entrada a su reconocimiento como cantante; tema que prácticamente empalmó con Night Comes On.

Llevábamos más de dos horas de recital y nadie, y mucho menos el cantante, presentaba signos de cansancio. Un Leonard Cohen vital, saltando en el escenario, arrodillándose repetidamente, en la enorme alfombra persa que dominaba la escena, ante sus músicos a los que presentó varias veces, como signo de respeto, y, sobretodo, un Leonard Cohen que mantiene su voz profunda e hipnótica, su forma de transmitir los textos, su complicidad con un público con el que esa noche conseguía una comunicación fluida, como si en vez de estar ante 12.000 personas, estuviese en un pequeño local rodeado de la gente. “Es un privilegio estar aquí, en Catalunya; no sé cuando volveremos a vernos, pero esta noche os daremos todo lo que tenemos” dijo en un momento de su actuación, y así fue.

CohenBcn3Y siguió en esa línea con su Heart With No Companion, con un ritmo muy marcado que contrasta en parte con una letra que comienza diciendo “Os saludo desde el otro lado/ De la tristeza y la desesperación”. Le siguió The Gipsy Wife, nuevamente con un inspiradísimo Javier Mas, y con gran protagonismo de las cantantes, especialmente The Sisters Webb y nuevamente del violín de Alexandru Bublitchi, en una de sus intervenciones más cercanas a la música zíngara, más que apropiada para el tema. Con The Partisan el público volvió a entusiasmarse, antes, durante y al final del tema. Un ritmo militar que iba subrayando la historia de ese partisano que luchaba por la libertad, un ritmo que se incremento en el siguiente tema, el también reivindicativo Democracy, “La democracia está llegando a U.S.A” repetía, mientras alternaba su voz con los sonidos del arpa de boca, tercer instrumento de la noche en manos de Leonard Cohen.

Con Coming Back to You volvían los temas amorosos, con un recitado suyo al principio, y las hermanas Webb interpretando la canción, con un toque armónico que nos recordaba a Peter, Paul and Mary. Una interpretación que fue premiada con más de un minuto de aplausos y que dio entrada a la voz de Sharon Robinson, la tercera voz femenina que le acompañaba, en el tema Alexandra Leaving, basado remotamente en El dios abandona a Antonio, un poema de Constantino Kavafis, que también fue largamente aplaudido.

Volvió Leonard Cohen cantando “Si quieres un amante/ Voy a hacer cualquier cosa que me pidas” desde I’m Your Man, para acabar el concierto, al menos aparentemente con Hallelujah y Take This Walz con un “Te quiero, te quiero, te quiero” en castellano esta vez volviendo al idioma original de los poemas de Federico García Lorca en los que se basa la canción.

Luego llegó la primera tanda de bises: So Long, Marianne, coreada por el público, y seguidamente otra de sus canciones fetiche, First We Take Manhattan, que interpretó ayudado por las palmas de los asistentes.

Parecía el final, pero Leonard Cohen volvió a aparecer para cantar Famous Blue Raincoat y  acabar con el único tema no compuesto por él, Save The Last Dance For Me, la canción de Doc Pomus y Mort Shuman que hicieron famosa en el 1960 The Drifters, y que relanzó en el 83 Dolly Parton.

El concierto había empezado con un baile hasta el fin del amor, y acababa con el ruego de que el último baile lo hiciéramos con él, con un Leonard Cohen que si bien había vuelto hacía unos años a los escenarios por razones crematísticas, ahora lo podíamos disfrutar posiblemente por el hecho de que le gusten esas giras; esos compañeros de viaje, sus músicos; ese público ya rendido antes de la primera nota; o, simplemente, por que él disfruta en el escenario tanto como nosotros lo hicimos durante más de tres horas, viendo y escuchando a una leyenda viva de la música como es Leonard Cohen. + Info | Texto y fotos: Federico Francesch | DESAFINADO RADIO  | Escucha el programa