Lee Scratch Perry

lee-perry.jpg Lee "Scratch" Perry
Discoteca Joy Eslava, Madrid
25 de abril 2009

Las viejas glorias jamaicanas asaltan nuestros escenarios para dejar constancia de que todavía no son momias a las que dar sepultura anticipadamente. Hace unas semanas Toots Hibbert, el cantante con más soul de la isla caribeña, dejó huellas de su paso, y si en aquella ocasión la banda de acompañamiento, unos requeteremozados The Maytals, no estaba todo lo que engrasada que se esperaba, en el caso de Lee Scratch Perry se pudo comprobar que llevaba unos músicos a la altura de las circunstancias. Y así fue porque con apenas una guitarra, un bajo y una batería como set instrumental, un conjunto que sonaba sólido y sobrio – apenas un par de comedidos solos de guitarra en la recta final del bolo – el artista de 73 años supo llevarse el gato al agua. "Scratch", que brilla ante todo por su faceta de productor (Bob Marley & The Wailers o Susan Cadogan se encuentran entre muchos de sus agraciados), no es un gran cantante ni falta que le hace, pues dispone de buenas dotes como maestro de ceremonias y solvente animador.

Afincado en Suiza desde hace años, donde dispone de unos despampanantes estudios de grabación, su look para saltar bajo los focos es el de un excéntrico: sombrero tuneado en un todo a cien, un micrófono veteado por todo tipo de abalorios y baratijas de bisutería infantil, unos anillos descomunales como morcillas de Burgos que sobresalen entre sus huesudas falanges, y unas chillonas medias de rayas dispuestas a competir en colorido con las de Pippi Calzaslargas. Su fama de personaje atrabiliario y desequilibrado, que en un arrebato de locura, y después de que su mujer le abandonara, quemó sus Black Ark Studios con el fin de librarse de las continuas visitas de indeseables fumadores de ganja y gangsters locales que intentaban sobornarle, parece amplificarse sobre las tablas con su delirante imagen kitsch a lo Paco Clavel.

Poco antes de salir a escena los roadies habían dispuesto estrategicamente en el escenario unas manzanas con unas varitas de incienso insertadas en las mismas, tal vez para darle a la velada cierto aire de misticismo. O bien para enmascarar el humo de los canutos y el tabaco, ya que Perry hace años dejó el vicio y aboga sobre todo por la salud de sus pulmones.

Tras una introducción con un número instrumental de esencias dub, en la onda del insigne The man Zion, el simpático bajista que no dejó de sonreir en todo el concierto, presentó con los honores de un rey a Mr Lee "Scratch" Perry, que ya avisaba de su presencia con sus ronroneos vocales desde el backstage. Lee se mueve sin alardes, de deja mecer suavemente como si ejecutara una tabla de tai-chi. Y hace partícipe al público de la cadencia hipnótica de su música, un reggae muy orgánico que llega edificado desde su prolífico tiempo con The Upsetters, la banda con la que cosechó mayor reputación artística hace ya algunas décadas. Poco tuvo que ver lo que ofreció en directo con lo que pergeña en discos más sintéticos y de corte digital como Techno party (2000) o Lee Perry meets Mad Professsor (2004). El setlist, a pesar de incluir contadísimas programaciones con emuladores de vientos que se disparaban puntualmente, sonó plenamente orgánico. Otro dato a añadir es que en la mayor parte de las ocasiones más que cantar recitaba a la manera de dj´s jamaicanos como U-Roy.

Perry incitó a la audiencia para que respondiera a sus arengas líricas con sonoros "yeahs" al final de cada estrofa, y el público encantado se regodeó con ello y entró en el juego a trapo. La abarrotada e hirviente lata de sardinas en que se convirtió la discoteca era un mar de sonrisas Profidén. El alquimista del dub hizo militancia de su condición de vegetariano y ex fumador y para ello entonó un explícito mensaje en una de sus letras: "no meat, no smoke" . Pidió un mechero a la audiencia para acompañar su música, lo que provocó que la sala se conviertiera en un mar de pequeñas llamas que se mecían sobre las cabezas. Así mismo hizo gala de ser un irreductible Peter Pan, y  en Lee´s Garden aludió a la ingenuidad de la que son acreedores los niños. También lanzó una arenga totalmente machista para presentar Pussy Man, ese clásico de su disco Panic in Babylon, al grito de "I´m the pussy ruler", en el que incluso regaló algún que otro maullido felino. Este quizás fue el único punto controvertido de la velada, que el respetable pasó por alto dado el alto grado de excitación que se vivía en la pista.

Más allá de su condición de extraterrestre o bicho raro Lee "Scratch" Perry transmite un halo de entrañabilidad sobre las tablas. Y por eso se dejó mimar como si fuera un frágil Daniel Johnston que necesita de afecto. Su música ejerce como un bálsamo de la eterna juventud. Quedó bien claro con el cariño que le brindaron los cientos de condicionales que le pedían más y más guerra. Y es que a sus más de setenta años todavía tiene cuerda y salero para rato. // Miguel Angel Sánchez Gárate